21 Grams (2003)

Hace un par de días vi por quinta vez 21 gramos de Alejandro González Iñárritu y Guillermo Arriaga. Es una de las pocas películas que poseo, pues había sido, hasta hace exactamente un par de días, una película que me había gustado consistentemente desde su lanzamiento en 2003. Esta vez mi sentido crítico salió del letargo en el que parecía haber estado sumergido en las cuatro ocasiones previas y ahora la película no sólo me gusta menos, sino que la veo como una apología neoconservadora de un patriarquismo exacerbado, con propagandas proselitistas en pro de la familia y en contra del aborto.

La victimización de la figura femenina en 21 Gramos es tan endémica como su representación del macho en tanto que simultáneo victimario y redentor. La “felicidad” (al igual que la “miseria”), de los personajes femeninos en esta película gira en torno a, se define en función de, se materializa a través de sus respectivas parejas masculinas.

(Cristina, el personaje central)

Cristina Peck (Naomi Watts) resurge del escabroso mundo de las drogas y el alcohol gracias a Michael Peck (Danny Huston) y el kit familiar que incluye. El hombre, y lo que viene con él, las hijas, la casa, la familia, redimen a Cristina  quien deviene el emblema de la realización (post)femenina: una feliz madre ama de casa (esto en contraste con Jack Jordan (Benicio del Toro) quien es redimido a su vez del mismo mundo escabroso de las drogas y el alcohol, no por su mujer y sus hijos, sino por Cristo!).

La historia de Cristina en 21 Gramos es circular: Cristina lleva una vida de perdición, Michael la salva y le ofrece la realización de un sueño que queda destruído con su trágica muerte y la de sus hijas, lo que hunde nuevamente a Cristina en la miseria y la perdición, para una vez más ser rescatada por un hombre, Paul Rivers (Sean Penn), que la devuelve a la vida y a la esperanza plantándole una semillita de vida en su matriz. Aunque Paul muera, como es de hecho el caso, Cristina lo llevará siempre consigo. Así, en las últimas escenas de la película se nos muestra a una lozana, limpia, y purificada Cristina, libre de toda tristeza, rencor, dolor — y drogas por supuesto; una Cristina sentada al borde de la cama de una de sus hijas muertas, en un cuarto lleno de luz y tonos pasteles, vestida con un delicado cárdigan color palo de rosa, que acaricia su vientre ya redondo y que perfila en su rostro una sonrisa — bastante idiota por cierto — de esperanza infinita.

(Ahora Mary)

Además de ser circular respecto a sí misma, la historia de Cristina también se ramifica en la historia de Mary Rivers (Charlotte Gainsbourg), o más bien, Cristina encarna aquello con lo que Mary sueña. Para Mary, quien es originalmente la compañera de Paul, el único camino a la felicidad es tener progenitura “de” Paul — léase bien “de” Paul en vez de “con” Paul — pues a él sólo le quedan unas semanas de vida y la progenitura le permitirá tener algo de él siempre consigo — palabras textuales de la boca de Mary. Aunque Paul parece ser un perfecto desgraciado con ella, la felicidad de Mary nace y muere en la esperanza de engendrar de él. Es así como a pesar de lo rota que está la relación entre los dos, del hecho de que ella para él no parece ser más que su enfermera personal, y de que Paul siempre le ha sido infiel — es lo que le dice ella a él cuando éste desaparece durante varias noches un tiempo después del transplante de corazón –, Mary lo convence para que se sometan a un proceso de inseminación artificial. Es precísamente en la primera cita con el doctor que ha de inseminarla que el espectador descubre que Mary tuvo un aborto cuya no justificación en términos médicos escandaliza al doctor, y que le dejó secuelas serias en las trompas de falopio. Es Mary la única culpable de su problema de procreación, Mary por haberse practicado un aborto, que como todos sabemos, además de ser criminal, tiene riesgos elevados para la concepción, que es en el fondo la verdadera realización de toda mujer. El aborto de Mary fue por supuesto el error más grave de su vida, a pesar de que Paul y ella estaban separados en aquel entonces, y de que él no quería ni quiere tener nada que ver con ella, a pesar de que como él se lo grita en la cara, allí no hay nada y ellos no hacen nada más que pretender. Por supuesto Mary se arrepiente y está dispuesta ahora que Paul está al borde de la muerte de asumir ese hijo que el destino le proporcionó en su momento y que ella rechazó. Y así parece que lo hace. La última vez que se ve a Mary es empacando maletas para irse de casa y regresar a Londres, después, eso sí, de haber llevado a cabo la inseminación artificial, aún en contra de la voluntad de Paul. Una inseminación de Paul parece ser la única carta que le queda a Mary para poder soñar con un esbozo de felicidad.

(Y finalmente Marianne)

El último personaje femenino es Marianne Jordan (Melissa Leo) quien es la desafortunada compañera de Jack. Marianne asume con un estoicismo admirable — léase lamentable — la transformación de Jack de drogadicto y alcohólico en Cristiano enfurecido convencido de su propia fé y dispuesto a llevar su nuevo convencimiento hasta extremos insospechables (por ejemplo, cuando el niño golpea levemente a su hermanita durante una cena familiar, Jack fuerza a la niña a dejarse pegar nuevamente en la otra mejilla y al niño a hacerlo). Marianne asume este nuevo Jack, como se imagina uno que asumía el antiguo, y se deja maltratar, y humillar practicamente sin chistar, sin jamás hacerse preguntas, sin que su amor o deseo por él parezcan nunca menguar. Cabe anotar aquí que la única escena de sexo entre Marianne y Jack ocurre después del regreso de éste de prisión (por la vez número nunca sabremos cual). Marianne va a recibirlo llena de alegría y esperanza y él la mira pero la ignora y se va siguiendo otro rumbo, siendo finalmente su guía espiritual, que obviamente es alguien de sexo masculino, quien logra convercerlo de irse con ella de regreso a casa. Después de ese desplante ella le abre las puertas de la casa y sus piernas para acojerlo nuevamente en el hogar. Así, siguiendo la misma línea que Cristina y Mary, aunque con matices distintos, Marianne parece también locamente aferrada a la idea de familia y está dispuesta a todo lo anterior y a más — como a tratar de impedir que Jack se entregue a la policía después de haber atropellado a la famila Peck menos Cristina –, con tal de conservar su propia familia por más disfuncional que ésta sea.

Los personajes en las películas de González Iñárritu no tienen en general finales muy felices. Dentro de la lógica patriarcal de 21 Gramos Cristina, Mary, y Marianne — nótese particularmente la temática religiosa y la inherente simbología mártir en la elección de los nombres — no podían ser la excepción. Mientras Cristina y Mary pierden a sus hombres, Marianne sigue su vida miserable con Jack. Pero hay un bemol: todas terminan como madres realizadas (Marianne y Cristina) o en vía de realización (Mary y Cristina). Un final emblemático del discurso neoconservador y patriarcal que circula constantemente en las producciones culturales contemporáneas, de las cuales 21 Gramos, está lejos de ser la excepción.

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