Los juegos olímpicos de Londres y el orgullo nacional

Si bien Morrissey no era para mí en términos musicales lo que era Siouxsie, ni es un personaje cuyas posiciones políticas admire, debo admitir que hoy 7 de Agosto de 2012 subió considerablemente en mi estima tras haber declarado, según reporta The Independent, que se siente incapaz de ver los olímpicos de Londres porque el evento esta permeado por un jingoísmo agresivo. Obviamente su osadía le ha valido dardos de todas las direcciones, incluyendo sus propios fans y un par de ministros del partido laborista. Uno de estos últimos, un tal Kerry McCarthy, anota que Morrissey, “quien ni siquiera vive en Gran Bretaña, está completamente fuera de contacto con la atmósfera nacional” y que lo que el pueblo británico ha estado mostrando no es jingoísmo sino orgullo nacional.

Para mí la línea de diferenciación pragmática entre jingoísmo y orgullo nacional es fina. Siempre he tenido dificultades para entender la utilización de la palabra “orgullo” en lo que respecta a logros personales o de la gente cercana a mí, pero el que “orgullo” se asocie a “nación” es algo que encuentro absurdo, lamentable y peligroso. Claramente existe una diferenciación semántica entre las dos expresiones: el jingoísmo es un patriotismo elevado que promueve agresión a otras naciones mientras que el orgullo nacional (al menos en teoría) no. Sin embargo, en el caso de los juegos de Londres esta diferenciación semántica se juega en el terreno de lo figurativo. Si bien no es que en los medios británicos se promulgue una agresión a otras naciones en sentido literal, toda la mediatización gira en torno a las hazañas del Team GB y cada logro es alabado como único en su género y medido en función de los logros de las otras naciones. Más grave aún es el tono usado cuando algún deportista del Team GB no se desempeña al nivel esperado por los medios. El agravio parecería que tuviera el peso simbólico de atacar a un cisne (que teóricamente sigue siendo considerado un acto de traición a la reina) y la derisión con la que se trata al hacedor del agravio es intensa. De ello puede dar fiel testimonio Andy Murray, quien apenas empezó a tener el favor de los medios en la final de Wimbledon en julio, pero que hubo de vivir un viacrucis mediático antes de lograrlo.

La exacerbación patriótica británica desde el comienzo de los juegos ha sido evidente. Durante los primeros días pulularon las lamentaciones y críticas — los británicos tardaron como cinco días en empezar a contar en el medallero — y una cierta amargura se desprendía del anuncio de los logros de otras naciones en disciplinas en las que el Team GB había fallado. En aquellos primeros días la frustración era grande, como lo puso de manifiesto el reporte del triunfo de Ruta Meilutyte, la nadadora Lituana de quince años que obtuvo oro en los 100 metros pecho. Su logro fue alabado casi como un triunfo de casa sólo por el hecho de que Meilutyte cursa bachillerato en un colegio privado británico (public school) al que accedió gracias a una beca conseguida por su talento deportivo. Patéticamente en el artículo del que hablo se admite (¿tal vez con recelo?) que la chiquita es 100% Lituana y que no tiene ni siquiera un conveniente abuelo que la haga pasar por parcialmente británica.

Una ojeada rápida a dos períodicos –mis dos períodicos de cabecera son The Guardian y The Independent, ninguno exactamente el parangón de la derecha–  pone en evidencia hasta qué punto las pasiones nacionalistas parecen enardecerse cada día más: prueba de ello el hecho de que de repente la Union Jack (véase por ejemplo como ésto es reportado en The Independent) haya tomado en esta última semana y media una predominancia y un sentido no vistos en estos últimos años en los cuales se ha ironizado sobre el (Dis)United Kingdom. (En Escocia, por ejemplo, los deseos de secesión parecen cada vez más claros). Un escenario así es inquitante porque el nacionalismo siempre ha servido como motor de actos de barbarie, siendo su premisa de base la creencia en la superioridad –simbólica y moral– de una nación sobre otra. El convencimiento de este sentido de superioridad del Reino Unido se constata en numerosos ejemplos. Uno de ellos es un artículo de Daniel Hannan aparecido en el Daily Mail (Online) en el que se cuestiona el efecto positivo del multiculturalismo en los triunfos británicos. Según Hannan, los resultados de los juegos olímpicos de Londres no son una victoria para el multiculturalismo británico, como la BBC sugiere, sino para el patriotismo y los valores comunes británicos. Más aún, Hanann continúa, los juegos olímpicos celebran precisamente lo opuesto al multiculturalismo, es decir, un conjunto de “valores propios a Gran Bretaña” que hacen que este último sea “un lugar más agradable para vivir que, digamos, Somalia”. ¡Y que viva el colonialismo carajo!

Lo más increible de todo esto es que el Reino Unido está atravesando un período negro: los cortes presupuestales son escandalosos; el endeble estado providencia que quedaba después del huracán neoliberal Thatcheriano cada día está más desmantelado; las universidades están siendo privatizadas con las matrículas para los nuevos estudiantes pudiendo llegar hasta las 9000£ al año (en 2010 una matrícula en una universidad como Oxford era de 3700£ al año); los escándalos implicando a altos ministros de gobierno son dignos numeritos Berlusconianos: corrupción, relación estrecha entre gobierno y el gran magnate de los medios de comunicación Rupert Murdoch, y el gravísimo escándalo de las escuchas telefónicas de larga escala llevada a cabo por News of the World, perteneciente al mismo Murdoch que es íntimo de más de un ministro y tiene el privilegio de llamar a David Cameron de tanto en vez para seguramente hablar del clima (cabe anotar aquí que el imperio Murdoch apoyó al partido laborista de Blair, pero antes de las elecciones de 2010, después de un par de conversaciones “climáticas” con Cameron, decidió apoyar a los Tories).

El costo de los juegos de Londres se estima en 9£ millones (ver) que han de ser pagados por… el pueblo británico que canta y danza y se regociga bajo la mirada jovial y las sonrisas perennes de William y Kate, por la suerte que tienen todos y todas de ser nacionales de la grandísima Gran Bretaña, que ya tiene 52 medallas en los juegos de casa. Lo que confirma que al pueblo panem et circenses.

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