La pose intelectual

Hace unos meses caí por casualidad en un periódico en línea llamado Universo Centro donde me encontré con un artículo de Andrés Burgos titulado ”Disney World para intelectuales”. Me dio risa, y lo que me dio risa no fue la visita de Burgos al parque, pues no me parece un acto risible ni irrisible, sino la auto-adscripción del autor a la categoría de “intelectual”. Una ojeada rápida a varios de los números confirma que efectivamente un aire de intelectualidad permea el periódico y el texto de Burgos epitomiza la actitud de la que quiero escribir aquí, ésta de “la pose intelectual.”

El texto de Burgos es una narración en primera persona de una experiencia personal cuyo propósito parece ser el de cuestionar el señalamiento a placeres insofisticados que no deben hacer parte de los placeres del intelectual. Como el título del artículo lo sugiere, Burgos propone que Disney World sí puede ser disfrutado por intelectuales –como él mismo– y cuestiona que organizar unas vacaciones para ir a visitar el parque sea mal visto por sus también intelectuales amigos. Mirando más de cerca el argumento se percibe que Burgos critica la pose intelectual que él mismo está asumiendo, como cuando afirma que en

“épocas de excesiva corrección política, demasiado hacer lo que se debe hacer, de esto o aquello pero nunca los dos, confesar que se disfruta de la banalidad puede equivaler a salir del clóset intelectual.”

Pero es que el intelectual no es intelectual por corrección política, y el goce de banalidades no es mutuamente excluyente con las prácticas intelectuales. La posición de Burgos pone de relieve una actitud tradicional y conservadora respecto a la política y la cultura. Por un lado considera que ciertas elecciones de lenguaje o de prácticas sociales hechas por intelectuales –y por no intelectuales igualmente– son actos de corrección política y no actos políticos. Por otro lado la división de la cultura que plantea es del corte elitista de primera mitad de siglo que mantiene una diferenciación neta entre alta y baja cultura. Finalmente, la metáfora del clóset intelectual da a entender que para Burgos y compañía, el ejercicio de pensar –que supongo es a lo que se refiere con ser intelectual– se hace por presión social y no porque se quiera pensar o se considere importante hacerlo.

Lo chistoso del texto no es lo anterior, sino más bien cómo Burgos argumenta su decisión de ir a Disney World. El texto construye tal decisión como un acto de oposición radical a una norma establecida, la norma tácita de que si se es “intelectual” no se desea ir a Disney World, y si tal deseo surge pues no se satisface. La implicatura aquí es que el ejecutante del acto resiste y desafía ese orden establecido, y que tal acto de resistencia remueve la venda de los ojos al que se empeña a ver el problema de una multitud de niñas –multi o monoétnicas– vestidas todas de princesa. El problema con este argumento y que Burgos parece no captar es que ir a Disney World no tiene nada de radical ni de contestatario.

El telón de fondo de todo esto es finalmente la cuestión de lo políticamente correcto, porque el acto se presenta como una irreverencia, como un acto políticamente incorrecto. Esta cuestión es también fustigada en el editorial de Universo Centro del mismo número (21). El debate sobre la corrección política –al menos en el mundo anglófono que es del que estoy un poco más enterada– es de larga data y ha sido cáustico. Es un debate que enciende pasiones y que confronta posturas políticas. Sin querer entrar en detalles ni esbozar las diversas posiciones al respecto, tal vez sea importante decir que aquellas personas que tildan lo políticamente correcto no sólo de aburrido sino de inútil, no son los radicales ni los irreverentes que pretenden ser. Muy al contrario, pues es precisamente el Establecimiento quien desecha con desdén las situaciones de injusticia hacia las que apunta la cuestión de la corrección política. Así es que la proclamación de Universo Centro –lo cual también hace parte del argumento del texto de Burgos– de defender “la controversia provocativa” (ver) en parte porque les “gustan las imputaciones deshonrosas” no tiene absolutamente nada de radical. Las actitudes que reivindican y que califican como políticamente incorrectas no son irreverentes por la simple razón de que concuerdan con la ideología dominante. Tampoco que tengan un “pornógrafo de cabecera”, y que consideren a las feministas como “mujeristas, evistas” poseedoras de voces “estridentes” y  “rayadas por la militancia” los convierte en figuras de resistencia y de provocación, pues estas posturas y elecciones precisamente lo que hacen es todo lo contrario, es decir, apoyar y reforzar el status quo. Porque el mundo es así: machista, racista, y conservador. Sólo que algunos asumen una pose que quieren hacer pasar como contestataria cuando es en realidad reaccionaria. Ésta es la que llamo aquí “la pose intelectual”.

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One thought on “La pose intelectual

  1. Pingback: La gruesa línea que separa la irreverencia de la llamada “incorrección política” | Virago

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