Charlie Hebdo, libertad de expresión e islamofobia

Ya van dos días desde los horribles sucesos de París en los que dos hombres asesinaron a sangre fría a dos policías y a diez periodistas en las oficinas de Charlie Hebdo. El mundo occidental ha estallado en un grito de horror y condolencia por tan estremecedor suceso, y es que no hay para menos, pues es un hecho abominable. Las cosas no paran ahí. Horas después del ataque en la revista, una mujer policía fue asesinada por otro sospechoso que hace poco se confirma está relacionado con la red de Al-Qaeda a la que –todo parece indicar– pertenencen los asesinos. En el momento en el que escribo, un hombre detiene a seis personas en un supermercado kosher en la periferia de París, donde al parecer ya han muerto dos personas. Francia está en alerta máxima, Europa está de luto, y por ahora ningún grupo revindica oficialmente los hechos.

Las implicaciones de todo esto en el corto y largo plazo son serias y pueden ser fatales si no se abre un espacio para que, parafraseando a Judith Butler, se reflexione acerca de qué se puede hacer políticamente con el dolor (grief) en lugar de un llamado a la guerra.* Desafortunadamente la discusión en los medios occidentales y en las redes sociales está tomando un tono monocromático que busca reducir la complejidad de la cuestión fundamentalista islámica a un simple “quieren acabar con la libertad de expresión”.

Yo me atrevo a opinar diferentemente. A los fundamentalistas islamistas les importa un soberano pito la libertad de expresión que es, entre otras cosas, un valor occidental. Lo que sí les interesa, en cambio, es tomar el control de lo que en términos decoloniales se conoce como “la matriz colonial del poder”. En otras palabras, Al-Qaeda, el autodenominado Estado Islámico, y todos los grupos fundamentalistas islámicos, quieren tomar el poder que durante tanto tiempo ha sido hegemónicamente detenido por Occidente. Pero para lograrlo necesitan una guerra, y para llevar a cabo esa guerra necesitan soldados. ¿Y qué mejor terreno para encontrar soldados que la Francia contemporánea que cuenta con la proporción más elevada de Musulmanes en Europa y que ha llevado por décadas políticas de estado que marginalizan sistemáticamente a esas mismas comunidades al interior del territorio nacional? Sin embargo, soldados para la guerra no se consiguen haciendo peticiones a través de Twitter o de Facebook. Se consiguen forzando el consenso, y una manera de forzar el consenso en ese pool de individuos es aumentando su vulnerabilidad y su desafección al Estado francés. Atizar la islamofobia sirve claramente la causa fundamentalista porque ubica a la comunidad musulmana entre dos fuegos: el xenófobo que los persigue, criminaliza, abusa, e incluso mata, y los islamistas mismos que pregonan y se ofrecen como únicos defensores de sus intereses. Como lo dice Juan Cole en su excelente artículo “Sharpening Contradictions”: “Al-Qaeda quiere colonizar mentalmente a los musulmanes franceses”.

Así es que centrar el debate en una fetichización de la “libertad de expresión” no sirve más que para oscurecerlo. Tampoco se puede creer que estos grupos están conformados por personas idiotas. Si lo fueran el 9/11 nunca habría ocurrido. Ni el ataque de Madrid. Ni el de Londres. Ni este último de París. Esos ataques son planeados por gente con formación, inteligencia, y estrategia militar. Grupos organizados que saben dónde y cómo atacar para obtener los resultados que quieren. Pensar que lo que buscan es que atestar un golpe mortal a la libertad de expresión es simplista además de ingenuo. Así es que no, los comandos centrales de Al-Qaeda –o quien quiera que sea que esté detrás de este último ataque– no están en este momento dándose golpes en la cabeza contra el muro porque en vez de silenciar a los caricaturistas de Charlie Hebdo lo que se logró fue darlos a conocer al mundo y que por ende el atentado fue un fracaso, como algunos han sugerido en redes sociales. Ellos saben perfectamente el tipo de reacción que un ataque así genera en Occidente, no sólo en los medios, sino en los Gobiernos, y en la sociedad civil. Tanto a los fundamentalistas islamistas como a muchos otros partidos y asociaciones políticas de extrema-derecha –desde el Front National de Marine Le Pen, la UDC en Suiza, UKIP en el Reino Unido, y el PVV en Holanda, entre otros, hasta organizaciones tan peligrosas como PEGIDA (Patriotische Europäer gegen die Islamisierung des Abendlandes)– les conviene atizar la islamofobia, pues ésta alimenta la nociva narrativa del Clash of Civilisations sobre la cual reposan sus respectivos proyectos políticos.

Es entonces a la sociedad civil de tomar cartas en el asunto y no dejar que el horror y el dolor nublen la capacidad para reflexionar sobre este evento teniendo en cuenta las complejidades que involucra. De otro modo se caería en dicotomías peligrosas que servirían solamente a desatar una guerra.

Vale la pena echarle un ojo a varios artículos en inglés que salen de este enfrascamiento del debate alrededor de la libertad de expresión y que abordan la cuestión desde un punto de vista crítico:

*Butler, Judith (2004). Precarious Life: The Powers of Mourning and Violence. London & New York: Verso.

Nota: En el momento de publicación de este texto los sospechosos ya han sido dados de baja por la policía francesa. Varios rehenes también son reportados como muertos.

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