Jardines de Kensington de Rodrigo Fresán

Poco sé de Rodrigo Fresán, escritor argentino radicado en Barcelona y autor de Jardines de Kensington. Conocí esta novela gracias a una colega escocesa cuya especialidad es la literatura de su país de origen y la obra de James Barrie. Hace poco más de un año esta colega me propuso que escribiéramos una reseña a dos manos de un texto académico bilingüe –español e inglés– sobre el mito de Peter Pan. Leyendo el texto en cuestión descubrí la existencia de la novela de Fresán y, al abordar el tema con mi colega, ésta me la recomendó como la mejor de las re-escrituras de Peter Pan, y ella las ha leído todas (al menos todas las que han sido traducidas al inglés).

Jardines de Kensington es mucho más que una re-escritura de Peter Pan. En realidad es una re-escritura de Peter Pan a través de una re-escritura de la vida de James Barrie. Su personaje principal, al igual que James Barrie, es un famoso escritor de novelas infantiles cuyo personaje más famoso, Jim Yang, es una especie de avatar del mismo Peter Pan. El alias de este escritor es Peter Hook, encapsulando así héroe y villano en un gesto máximo metaficcional, porque Jardines de Kensington es sobre todo eso, un espléndido ejercicio de metaficción historiográfica: autorreferencial en la ficción, en la historiografía, en la biografía. Más aún: es una exquisita interpretación de la obra de Barrie en el Londres del tiempo de Barrie, y del Londres un siglo después. Un extraordinario espacio ficcional donde las distancias temporales se acortan y las historias ficticias se entremezclan con las históricas y las biográficas de un modo alucinado y laberíntico.

Peter Hook, personaje y narrador de Jardines de Kensington, tiene una triple función narrativa. En primer lugar, es narrador en primera persona de su propia historia; en segundo lugar, es narrador de la historia de James Barrie y de su obra; finalmente, es un fino intérprete y crítico literario tanto de la obra de Barrie, como de la inexorable relación entre éste y su obra, una relación de una intensidad particular en este preciso caso de Barrie y Peter Pan.

Todo esto hace de la novela de Fresán una pieza extraordinaria, pues puede ser leída como una versión informada de la historia de James Barrie con la familia Llewelyn Davis; como un ensayo crítico de Peter Pan; y como una puesta en escena del mismo concepto literario de metaficción.

Un momento de lucidez literaria donde estos aspectos entran en juego es cuando el narrador especula –en un tono de certeza que deja poco espacio para la duda– sobre la valoración del mismo Barrie del personaje de Peter Pan. Según el narrador, Barrie

… no demora en descubrir que en la figura de este niño volador se encuentra la perfecta corporización de todas sus obsesiones: la infancia como territorio ingrávido y fuera de toda ley, la firme voluntad de detener el tiempo negándose a crecer, el verbo jugar en todas sus conjugaciones posibles. (p. 193)

La lectura de la figura del “niño volador” -en el sentido literal y figurado porque Peter Pan también vuela entre varios textos de Barrie– en tanto que “corporización” de las obsesiones del autor es una buena interpretación de la relación entre Barrie y su obra, y entre Barrie y Peter Pan, mientras que “la infancia como territorio ingrávido y fuera de toda ley” es en sí una elocuente manera de conjugar en una frase el mito mismo de Peter Pan.

Otro aspecto interesante de Jardines de Kensington es su destreza al pasar de la Kirriemuir y el Londres del diecinueve, al Londres de los sesenta y para yuxtaponer la rigidez Victoriana con la demencia londoniana de mediados del siglo XX. Las infancias de James Barrie y de Peter Hook corren paralelas a un siglo de distancia: niños solitarios abandonados de una u otra forma por sus progenitores y que terminan encontrando en la fantasía un medio de escape a la soledad y frustraciones que les produce una infancia solitaria a la sombra de un hermano muerto.

Jardines de Kensington es también un excelente registro social del Londres de los sesenta. La casa del Peter Hook niño –que por supuesto se llama Neverland– es el escenario de fiestas míticas en las que confluyen todos los ídolos de los sesenta de la escena cultural occidental: Bob Dylan, Woody Allen, Michelangelo Antonioni, Francis Bacon, Paul McCartney, Serge Gainsburg, Mia Farrow, Allen Gingsberg, Graham Green y así durante 12 páginas se nombran uno a uno y se ponen en cortas escenas hilarantes y/o absurdas a todos estos ídolos y celebridades que marcaron la historia cultural occidental del siglo veinte. Pero ¿cómo no, si la casa es precisamente el lugar del nunca jamás? El resultado es un especie de colcha de retazos compuesta por pequeñas anécdotas, ya ficticias, ya historiográficas, o ficticias e historiográficas de estos personajes icónicos de quienes todos hemos oído hablar. Es una colcha de retazos fantástica, en las cuatro acepciones del término. Entre estos personajes se encuentran

The Beatles (quienes al principio me recuerdan a un monstruo de cuatro cabezas y más adelante a cuatro cuerpos decapitados); Cecil Beaton (parece un mayordomo que sólo podría ser un asesino); Samuel Beckett (parece un asesino que sólo podría ser un mayordomo); Marisa Berenson (aprendiendo a jadear); Jane Birkin (enseñando a jadear como lo hace en “Je t’aime … moi non plus junto a Serge Gainsburg); Jaqueline Bisset (aprendiendo a jadear); […] David Bowie (con maquillaje de mimo y ofreciendo canapés) […] Cassius Clay (grita que él es ¡¡¡EL REY DEL MUNDO!!!; Clay lo grita en mayúsculas y con tres signos de exclamación a cada lado del grito); […] Catherine Deneuve (imita a Marlene Dietrich); Marlene Dietrich (imita a Catherine Deneuve y, de paso, le pregunta a Deneuve cómo es que no aparece en la portada de Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band; Deneuve finge no entender el francés de la alemana que sí aparece en la portada de Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band). (p. 203-206)

En suma, Peter Hook –o Rodrigo Fresán a través de Peter Hook– no deja ídolo con cabeza. Estas fiestas de Neverland son una radiografía de las celebridades en tanto que grupo social, una radiografía que desafía el tiempo, las generaciones, y las particularidades individuales. Para Peter Hook estos ídolos constituyen

una raza que se niega a crecer, que se hunden, prefiriendo morir antes que envejecer, optando porque la muerte los fosilice en un tiempo dorado y en un espacio irrepetible antes que tener que resignarse a seguir viviendo condenados a recordar pasadas glorias. (p. 214)

Finalmente, Jardines de Kensington tiene un lado oscuro, casi malévolo, que pone en evidencia la vanidad, el egocentrismo, y las pulsiones de muerte humanas. Su lectura de James Barrie como predador de la familia Llewelyn Davis ponen de relieve su vanidad y egocentrismo. Barrie es el invasor a quien sólo le importa a fin de cuentas su propio placer y que usa a George y a sus hermanos simultáneamente como motores creativos y audiencia. Por otro lado la encarnación dicotómica, à la Dr. Jekyll y Mr Hyde, de Peter Pan y el capitán Hook en Peter Hook, apunta al egocentrismo y la pulsión de muerte, pues éste no es sólo el famoso y reconocido escritor de cuentos infantiles –su lado Peter–, sino que también … bueno, tiene un lado Hook.

Esta novela de Fresán, escrita en una prosa fluida, con humor negro, inteligencia, y de una creatividad desbordante, ha reservado su puesto en el panteón contemporáneo de la excelente literatura posmoderna transnacional en español, un puesto que conservará más allá de la venida del nunca jamás.

Referencia

Fresán, Rodrigo (2011). Jardines de Kensignton. Barcelona: Debolsillo. 474 páginas. Edición aumentada y corregida.

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