El credo secular

Hace unos días por medio de Twitter osé decirle al caricaturista colombiano Vladdo que en uno de sus dibujos sobre los recientes ataques de Charlie Hebdo había atribuido erróneamente una cita a Voltaire. Adicioné un consejo que siempre les doy a mis estudiantes: uno sólo cita a quien ha leído. Verificar las fuentes es algo que, estoy segura, un periodista también aprende en su primer semestre de universidad.

La cita en cuestión es “no estoy de acuerdo con lo que dices, pero defenderé hasta la muerte tu derecho a decirlo”, palabras de Evelyn Beatrice Hall, la biógrafa inglesa de Voltaire. Aunque debo admitir que me divertí mucho, mi objetivo no era ensañarme con Vladdo, pues no es mi costumbre burlarme de la gente y mucho menos hacerlo en la palestra pública. Me lo permití precisamente por la vehemencia con la cual él y el círculo de letrados al que pertenece han defendido el derecho inalienable de cada individuo de burlarse de lo que le apetezca, sin consideración alguna por la persona –o comunidad– hacia quien esté dirigida la burla, y sin tener en cuenta las posibles consecuencias –personales, políticas, sociales, económicas, etc.– de la burla para sí mismos, la comunidad o el resto del mundo. A Vladdo no le gustó mi tuit, y le gustó aún menos que nueve personas lo hayan retuiteado, y otras once lo hayan marcado como favorito.

Esta anécdota es interesante porque me sirve como punto de partida para los temas que quiero abordar. En primer lugar encapsula la hipocresía detrás del discurso de aquellos que en Occidente –la Colombia urbana, ciertas partes de Europa, ciertas facciones de Estados Unidos– defienden a capa y espada la llamada “libertad de expresión”. En segundo lugar, es una mise en abyme del proceso de sacralización de esa misma libertad de expresión, proceso a través del cual ésta se convierte en dogma central de lo que llamo aquí “el credo secular”.

La cita de Hall dentro del contexto de la composición completa de Vladdo –que incluye otra de Camus y el dibujo de un lápiz empuñado en gesto de protesta ocupando la parte central del recuadro– implica un posicionamiento claro del autor con respecto a la misma. A través de la voz de Hall, que él atribuyó a Voltaire, Vladdo está diciendo que la libertad de expresión es un valor tan fundamental que está dispuesto “a morir” por el derecho de otros a decir lo que piensen, así no esté de acuerdo con lo que digan. Éste es el sentido literal de las palabras de Hall; y aunque Vladdo quizás diga ahora que deben entenderse en sentido figurado, lo figurado no cabe en el contexto de los recientes ataques a Charlie Hebdo porque los muertos son reales. Contrariamente a su “promesa” de defender el derecho de los otros a decir lo que quieran, así a él no le guste lo que los otros digan, Vladdo bloqueó mi cuenta de Twitter negándome toda posibilidad de interpelación.

Vladdo no es el único en enarbolar la libertad de expresión de forma hipócrita, lo que quedó claramente probado en la marcha del pasado 11 de enero en París. Como la gran mayoría de la comunidad tuitera lo notó, la comitiva estatal a la cabeza de dicha marcha contaba con la presencia de personajes de reputación planetaria en lo que se refiere precisamente a la violencia política legitimada por el Estado y a la restricción del derecho a la palabra. Un ejemplo es Benjamin Netanyahu, primer ministro de Israel que, como todo el mundo sabe, el pasado verano en respuesta a las chispitas mariposa lanzadas desde Gaza lanzó una de las operaciones más brutales de la historia del conflicto Israelo-Palestino en las últimas décadas: más de 2000 palestinos muertos y 77 israelitas. El número de niños –todos Palestinos, por supuesto– fue enorme, y cuando un clip radial Israelí nombró a algunos de ellos, fue de inmediato suspendido.

Quedémonos en los confines de Europa y tomemos el caso de Dieudonné, comediante infamoso en el mundo de la francofonía precisamente por sus chistes racistas anti-semitas. Días después del ataque, Dieudonné dijo a través de su cuenta de Facebook que él era más bien Charlie Coulibaly, apropiándose del apellido del hombre que secuestró y mató a cuatro judíos en la toma del supermercado que tuvo lugar un par de días después de la masacre en la revista. El resultado es que fue arrestado, y sus shows en Estrasburgo y Suiza fueron inmediatamente suspendidos. Yo no conozco a Dieudonné, nunca iría a uno de sus shows porque soy anti-racista, sé de cosas que ha dicho que efectivamente son anti-semitas, y a mí el racismo no sólo no me parece chistoso, sino que me parece inaceptable. Más aún, pienso que las representaciones racistas –en Francia, en Inglaterra, en Colombia, o donde quiera que sea– constituyen estrategias muy efectivas de abyección social.

Tal vez Dieudonné use sus remarcas como táctica para señalar que el llamado discurso de odio en Francia, que es ilegal, es sólo aplicable cuando está dirigido a la comunidad judía, pero no a la musulmana. No lo sé. Lo que sí sé es que su caso es uno de tantos que demuestran que la libertad de expresión no es el valor absoluto y universal que ahora, debido a los acontecimientos recientes, muchas personas quieren hacer creer. Cada país tiene marcos legales respecto a lo que puede o no ser dicho. En otras palabras: el gobierno de turno de cada Nación-Estado se otorga el derecho de ponerle límites a la tal “libertad de expresión”, y esto pasa no sólo en los regímenes dictatoriales de África o del Medio Oriente, sino en el pleno corazón del mundo occidental, como Francia, Alemania, y todos los otros países europeos. En Alemania y Francia, por ejemplo, el negacionismo es delito. Fox News va a ser demandado por la alcaldesa de París por haber dicho una sarta de sandeces mentirosas respecto a la ciudad. Y el ejemplo supremo del cinismo y la absurdidad es el caso de un adolescente de 16 años en Nantes que fue arrestado por parodiar una de las portadas de Charlie Hebdo porque supuestamente es apología al terrorismo. En fin, ejemplos hay millones. Entonces, ¿de qué libertad de expresión en términos absolutos habla Vladdo (y Hector Abad Faciolince y Felix de Bedout y Daniel Samper Ospina y etcétera)? ¿Viven este señor y sus congéneres en una dimensión paralela? ¿O es que sólo leen las noticias y columnas de opinión que producen ellos mismos?

La vehemencia con la cual los Vladdos del mundo –en particular los de Colombia– se han lanzado al ruedo para defender lo que ya está casi que convirtiéndose en la esencia misma de Occidente, apunta a la evidente sacralización de la laicidad y a la transformación de la idea de la libertad de expresión en dogma. Lo que me lleva al segundo punto: cómo la cita de Hall atribuida a Voltaire en la composición de Vladdo es una mise en abyme de este proceso sacralizador del secularlismo y de la idea de libertad de expresión.

Partamos de la religión, y lo haré de manera esquemática. Las tres grandes religiones monoteístas se basan en ciertos dogmas que pueden ser entendidos dentro de cada una como verdades absolutas y universales, y que son legitimados por entenderse como la palabra revelada al profeta –Moisés en el Judaísmo, Jesucristo en el Cristianismo, Mahoma en el Islam– y corporeizada en la Torah, la Biblia y el Corán, respectivamente. Es así como el hombre “elegido” es transformado en profeta, es decir, en ente legitimador por excelencia dentro de cada religión. La referencia de Vladdo pone en juego estos mismos elementos dentro del sistema de representación derivado de la Ilustración, de quien Voltaire es uno de sus principales exponentes (perfectamente comparable a uno de los profetas de las religiones monoteístas). Si Vladdo hubiera sabido que la cita no era de Voltaire sino de su biógrafa –lo habría sabido si hubiera leído a Voltaire– probablemente no la habría incluido en su dibujo, pues claramente Evelyn Beatrice Hall no tiene la misma legitimidad dentro de este sistema de representación que Voltaire.

Por otro lado, la parte central de la cita de Hall, “defenderé hasta la muerte tu derecho a decirlo”, resalta que la idea de libertad de expresión está jerárquicamente ubicada más arriba que la materialidad de la propia vida, que es precisamente lo que define el martyrdom en ciertos sistemas religiosos e ideologías políticas que instrumentalizan la religión para legitimarse a sí mismas. Al integrar esta cita a su dibujo, Vladdo está implícitamente avalando el sacrificio propio en nombre de una idea, una idea que para los fundamentalistas islámicos se llama “Allah”, y para los seguidores del credo secular “libertad de expresión”, lo que convierte a esta última en verdad universal y en elemento sagrado del sistema de referencia en el que opera. Esta sacralización de la “libertad de expresión” por medio del martirio se evidencia cuando una semana después de los ataques, Charlie Hebdo publica una nueva caricatura en un tono aún más provocador. No voy a hacer el análisis aquí, aunque valdría la pena. El gesto en sí señala que efectivamente los periodistas de la revista siguen dispuestos a morir por una idea, porque los comandos centrales de Al-Qaeda y sus fieles –soldados evidentemente entrenados– acaban de mostrarle al mundo, por enésima vez, que llevan a cabo sus amenazas, y que están preparados para esperar el tiempo que sea necesario para hacerlo. No hay que ser de izquierda ni de derecha para ver esto.

La cuestión de la instrumentalización de la religión que mencioné anteriormente me lleva al último punto: la simplificación excesiva de las causas y consecuencias, por un lado, del cambio en la línea editorial de Charlie Hebdo que se dio a partir del 2000 en el contexto de Francia y, por otro, del ataque a la revista que resultó en 12 periodistas muertos.

Un tuit de Vladdo –“¿Qué importa más: el respeto a un credo o el respeto a la vida? ¿Hay algún pretexto para matar a alguien por opinar? Yo no creo”– engloba las tres líneas de simplificación alrededor de las cuales se ha organizado el debate en los medios y las redes sociales en Colombia: la primera, la cuestión de la libertad de expresión –aquí llamada opinión– tratada previamente; la segunda, la reducción de las caricaturas de Charlie Hebdo y el subsecuente ataque a una cuestión de credo; y la tercera, la prohibición de querer entender los eventos so pena de ser tildado de cómplice del terrorismo.

Un ejemplo paradigmático de la reducción de todo este asunto a la cuestión religiosa lo ofrece Héctor Abad Faciolince en dos columnas: en la primera de ellas, titulada “Contra la sumisión”, es tan extrema su simplificación que el mismo autor lo reconoce en una segunda columna en la cual, respondiendo a comentarios del Papa sobre el ataque, admite que aplicó “una aritmética barata al Islam”. Lastimosamente estas palabras de auto-crítica sólo sirven de antesala para más simplificación y repetición, lo que se evidencia en la síntesis del mismo texto en uno de sus propios tuits: “Usted puede creer lo que quiera, pero yo puedo criticar sus creencias”.

Las cosas son muchísimo más complejas. Tanto las caricaturas de Charlie Hebdo como el ataque y las consecuencias del mismo se derivan e intervienen en las arenas política, cultural, y social, además de la religiosa. Todo esto es de vital importancia como para dejarlo fuera del debate. La reducción a la cuestión de credo parte de confundir dos cosas que deben ser entendidas separadamente: por un lado, las visiones religiosas del mundo y, por el otro, el rol que dichas visiones del mundo pueden jugar en la legitimación de sistemas específicos de dominación y explotación. No voy a entrar en detalles, pero al que le interese, un artículo escrito a finales de 2013 por un periodista que trabajó en Charlie Hebdo durante los años noventa da una idea de la historia de la revista, de los cambios en la línea editorial a partir de los eventos del 11 de Septiembre en Nueva York y del contexto francés contemporáneo. Este artículo, aunque no toma en cuenta el aspecto colonial que es igual de importante, ofrece una mirada desde adentro y tiene la ventaja de haber sido escrito antes de los ataques (para los que no leen francés aquí hay una traducción al inglés).

La tercera línea se deriva del proceso de sacralización de la tal libertad de expresión: el asesinato de los periodistas los convierte en mártires y esto a su vez los vuelve inmunes a la crítica. Así como para los musulmanes es un irrespeto –herejía sancionable con la muerte para los fundamentalistas islámicos– representar a su profeta Mahoma, para los seguidores del credo secular —La République en tête— cuestionar la línea editorial de Charlie Hebdo de la última década en el contexto contemporáneo francés se traduce ya en enlodar el honor de los mártires y, peor aún, justificar los atentados. (Nótese la diferencia importante entre justificación y explicación, y nótese también que el debate sobre la revista es de larga data.) Esta falacia ha sido también fustigada incesantemente por periodistas colombianos con enorme poder mediático. Vean por ejemplo el tuit de Felix de Bedout, que Sandra Borda acertadamente cuestiona.

El hecho de no entender la denominada libertad de expresión como un valor universal y absoluto NO implica que se condonen los eventos de París. Ésta es una de las argucias discursivas de los fanáticos del credo secular, una estrategia para forzar la voz disonante a adherir a un discurso al que no adhiere. Es una forma pseudo-astuta de hacer coerción para imponer en el otro la visión del mundo que ellos tienen, es decir, una forma moderna de estampar la bota colonial que sigue la lógica Bushiana de “si no estás conmigo estás contra mí”. Muchas personas (como yo misma) que entienden que la libertad de expresión depende de los contextos históricos, políticos y culturales y por ende no es universal ni absoluta, tampoco están de acuerdo con el castigo a muerte para los transgresores de ciertos límites –y aquí entran asesinos en serie, violadores, pedófilos, descuartizadores, fanáticos políticos, fanáticos religiosos– tome éste la forma del asesinato fuera de los marcos legales o de la pena de muerte legitimada por el Estado. Adentrarse entonces en las causas y consecuencias de ataques como el de París no es justificarlos, y cualquier adulto con una compresión de lectura razonable debería entenderlo.

La simplificación de los hechos de París a la cuestión religiosa y la sacralización de la “libertad de expresión” son líneas no solamente insostenibles desde el punto de vista argumentativo y político, sino que son peligrosas, pues por un lado cierran el debate y por el otro obligan a la sociedad civil y a los Estados a matricularse en uno de los dos únicos bandos posibles: los #JeSuisCharlie versus los #JeNeSuisPasCharlie. Como dije en una entrada anterior, esta polarización alimenta la tesis del Choque de civilizaciones vaticinado por Samuel Huntington, tesis ésta sobre la cual reposan los proyectos políticos de la extrema derecha de la Europa actual y de grupos como Al-Qaeda y el autodenominado Estado Islámico.

Así es que a los Vladdos y a los Abades colombianos les queda decidir si salen del camino desinformado y estrecho que han elegido hasta ahora para hacer algo útil con el enorme poder mediático que tienen, o si continúan contribuyendo con su granito de arena a que se desate una guerra de enormes proporciones. Vean noticias, lean sobre Nigeria y los efectos reales de la última caricatura de Charlie Hebdo allí, sobre cómo esta nueva provocación está sirviendo de apoyo a Boko Haram para construir consenso entre la población, y sobre qué posibles consecuencias tiene esto para el mundo. El mundo en el que ustedes también viven.

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3 thoughts on “El credo secular

  1. Pingback: El caso de Carolina Sanín, la ola antifeminista y la libertard de expresión | virago

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