Entre orgasmo múltiple y eventual impotencia, escojo el primero

Leí la columna de Héctor Abad publicada el 30 de enero en El Espectador cuyo título  –“¿Es machista la maternidad?”– asume falsamente que el machismo es algo natural, y no social; y parte de la también falsa premisa de que la “maternidad” se limita al periodo de gestación, es decir, que empieza con la fecundación y termina con el parto. El contenido, por su lado, está plagado de definiciones erróneas, de ideas trilladas que no deberían tener cabida en un artículo de opinión escrito por uno de los intelectuales más respetados del país, de conclusiones ilógicas que siguen el mismo derrotero sobre el cual se han justificado y mantenido relaciones de dominación masculina que están lejos de extinguirse.

Abad aborda en esta columna dos temas conectados. El primero parece surgir de un desacuerdo entre él y Florence Thomas sobre la baja representación de mujeres en los concursos literarios. No voy a adentrarme en esa discusión, que a juzgar por lo que Abad relata, estaría más alineada con la postura de él que con la de ella. Lo que me interesa abordar aquí es el segundo tema, la explicación biológica de la superioridad de los hombres respecto a las mujeres en lo que concierne el “éxito profesional” y la conexión de este argumento con el asunto de la maternidad.

Abad afirma que “hay menos mujeres escritoras que hombres, […] menos matemáticas, menos ajedrecistas […] menos premios Nobel de literatura [y] de física” y pregunta a modo retórico y con tinte socarrón “¿Por qué será?”. La pregunta es retórica porque él tiene una respuesta, y el tinte es socarrón porque implica que si hay “menos mujeres” en las áreas que él denota es porque en realidad hay una relación causa-efecto entre diferencia sexual (que él parece asumir incontestablemente binaria) y capacidades intelectuales.

De manera simplista y conveniente, Abad ignora o escoge ignorar los efectos de la acumulación histórica del privilegio y de la exclusión. También ignora los trabajos que desde enfoques académicos informados han explicado las exclusiones históricas a las cuales han sido sometidas las mujeres, no por “los hombres”, como él falsamente dice que las feministas argumentan, sino por un sistema de sexo/género que ha estructurado a las sociedades jerárquicamente y que ubica a los hombres en la posición dominante y a las mujeres en la posición subordinada –lo que se denotaba como patriarcado en los años setenta, y ahora como machismo (más común en español) o sexism (en inglés)– y que es perpetuado tanto por hombres como por mujeres. No pienso entrar en detalles de estos trabajos históricos porque hay innumerables personas que ya lo han hecho y muy bien. Un buen ejemplo es este artículo de Estefanía Vela Barba, que @jeinzu compartió conmigo y con Abad, pero del cual este último no pareció haber acusado recibo y sobre el cual tampoco parece haber querido comentar.

Ignorar esta historia permite a Abad responderse a sí mismo su pregunta de la manera que le conviene. La respuesta que propone, sin embargo, no la formula como afirmación contundente sino que recurre nuevamente a la ironía socarrona para (dizque) desmontar el argumento feminista de que la explicación se encuentra en los procesos socio-culturales y no en una fatalidad biologista. Responde entonces diciendo que “lo curioso es que incluso donde esos prejuicios [los machistas] parecen haber cedido bastante, hasta el punto de que la escolaridad femenina llega a ser más alta que la masculina, la cuota femenina de “éxito profesional” (llamémoslo así) siga siendo más baja” (énfasis mio). El problema es que esta respuesta, que él presenta como argumento contundente, no es argumento ni es contundente. El modo deliberadamente vago de redacción –usar “donde” como elipsis genérica que el lector tiene que completar con algún país del llamado “primer mundo”; el “parecen” que ubica la desigualdad entre los sexos en ese cualquier lugar al que se refiere el “donde” del lado del rumor y no del hecho confirmado; las comillas de “éxito profesional” y la aclaración parentética que acompaña la expresión que implican que ni él mismo sabe a qué se refiere específicamente– le permite hacer generalizaciones burdas sin comprometerse a dar cifras precisas a las que no tiene acceso o que complicarían el argumento. Más aún, el hecho de no hablar de ningún país en particular le permite sacar la discusión del ámbito socio-cultural y extenderla a la humanidad entera, la cual separa en función de la diferencia sexual.

Pero la pregunta queda y es pertinente: ¿con base en cuáles datos afirma Abad que en lugares donde el acceso a la escolaridad es más alto para las niñas/mujeres que para los niños/hombres, ellas tienen menor “éxito profesional”? ¿Cómo se atreve a afirmar que una variable que ni siquiera está definiendo –“éxito profesional”– puede ser mensurable y estratificada en función del sexo? Nótese además que a pesar de que su pregunta era algo similar a “por qué hay menos mujeres matemáticas, físicas, o premios nobel de literatura”, la respuesta mágicamente se convirtió en algo así como “aunque hay más mujeres que van a la universidad ellas tienen menos “éxito profesional” que ellos”.

Ahora bien, cifras del número de estudiantes estratificados por sexo suelen existir en las universidades y cualquiera que las vea sabrá que hay diferencias en función de las áreas de estudio. Sin embargo, esas diferencias también varían entre países, porque cada país hace una valoración distinta de las formaciones universitarias en función de ideologías dominantes (respecto al género, a la nación, y al tipo de ciudadano/as que necesita), y esto, por supuesto, determinará un mayor o menor número de estudiantes hombres y mujeres en una área u otra. Es por esta razón que en Colombia, donde la ideología dominante está completamente permeada por la cuestión de la modernidad (de allí la obsesión con la ideas de “emprendimiento” e “innovación”), las ingenierías, la administración, y las áreas técnicas han sido por lo general más valoradas que las áreas humanas. La Universidad EAFIT de Medellín es el ejemplo perfecto: una “Escuela de Administración Finanzas y Tecnologías” que hasta finales de los noventa no tenía ninguna formación en ciencias humanas y que siempre ha atraído tanto a hombres como mujeres. Este no ha sido el caso de una institución del mismo tipo que EAFIT (en orientación), como la Escuela Politécnica Federal de Lausana, en pleno corazón europeo.

Pero si Abad no está usando cifras reales para sustentar sus afirmaciones, queda entonces asumir que está haciendo uso de observaciones personales y de su propia experiencia social, y que a partir de allí está sacando conclusiones que extiende a la humanidad entera. Abad empieza su columna con la intención de demostrar que sus creencias respecto a las cuestiones de la diferencia sexual no son creencias sino observaciones cuasi-científicas de la realidad, una realidad que existiría más allá de él mismo y que no tendría nada que ver con la manera como él la interpreta. Es así que inserta en el párrafo con el que cierra la columna la conclusión a la que siempre quiso llegar: “si notamos que hasta en Europa, en Estados Unidos o en Japón las mujeres científicas o escritoras son menos que los hombres, quizá las explicaciones biológicas no sean desdeñables.” Cabe anotar aquí que la cultura japonesa es reputada por la intensidad de su sexismo, lo cual va en contra del argumento de Abad. Esta conclusión se extiende por supuesto a la calidad del trabajo de estas mujeres: no sólo son menos numerosas sino que también son menos buenas (menos “éxito profesional”, menos premios Nobel de literatura).

Desde el modelo de Abad entonces —que habla en términos de la humanidad entera y en el cual el material biológico tiene un poder explicativo más grande (e incluso total) que el social– si yo tomo una escritora estadounidense de manera aleatoria y la comparo con un escritor colombiano, también escogido de manera aleatoria, la probabilidad de que él sea mejor que ella sería más elevada. Yo me atrevo a dudarlo. De la misma manera que me atrevo a dudar que si comparamos a mujeres que escriben en inglés con hombres que lo hacen en español tengamos una razón (ratio) donde los hombres son más y mejores que las mujeres. Pero este es un tema mucho más complejo que nuevamente trae a colación cuestiones de poder y conocimiento (Foucault), de los imbalances de poder entre Norte y Sur, que afectan no sólo la misma producción del conocimiento sino su circulación (el trabajo de Walter Mignolo en este respecto es invaluable). Lo hago a manera de provocación (sin estar necesariamente completamente convencida) para poner la argumentación al nivel que la pone el texto de Abad. El debate acerca de la “inferioridad” de las mujeres en la escritura es viejo en el mundo anglo-americano y no hace falta entrar en más detalles.

Lo que es importante es que, con su explicación de fatalidad biológica, Abad se desentiende completamente del hecho confirmado históricamente de que el género/sexo de un escritor sí facilita o dificulta la aceptación de un manuscrito por parte de un agente literario, y la difusión del mismo en la sociedad. Por ejemplo, George Eliot (née Mary Ann Evans), escritora inglesa del siglo diecinueve y autora Middlemarch (considerada por muchos como una de las más grandes novelas de lengua inglesa), usaba un nombre masculino para ser tomada en serio. O los más recientes casos de J. K. Rowling –Harry Potter– y E. L. James –50 Shades of Grey— a quienes se les sugirió usar iniciales en vez de sus nombres completos para contrarrestar el sesgo de sexo/género que tienen las audiencias. Un caso aún más flagrante y más reciente lo narra una joven novelista quien cuenta cómo cuando envió su propuesta de novela con un nombre de mujer a 50 agentes literarios diferentes recibió 2 respuestas expresando interés en el manuscrito, y cuando envió la misma propuesta a otros 50 pero usando nombre de hombre recibió 17.

Pero comparar la calidad de escritores es una tarea compleja que depende de miles de factores, así es que volvamos al tema de la maternidad que es con el que Abad termina su columna. Vale la pena poner la cita completa desde la mitad del párrafo hasta la frase que cierra el texto:

“Podría pensarse también en el tiempo que las mujeres suelen dedicar a la crianza, al amor, al acicalamiento de sí mismas o al cuidado de la familia. Creo que el embarazo y la lactancia no fueron decididas por la cultura machista (quizá por un dios machista, sí). Pero ¿es machista decir que el embarazo y la crianza hacen que las mujeres, en su mejor edad, tengan menos tiempo para dedicarse a un ejercicio intelectual exigente? La maternidad no es un destino, pero tampoco es un rol cultural.”

Si bien es claro que el período de gestación tiene un costo físico enorme para quien porta el bebé (y sabemos que las condiciones de desigualdad global están reestructurando las relaciones de dependencia económica y transformando los roles humanos de manera que las mujeres ricas del norte pueden ir a alquilar vientres a Tailandia y así no incurrir en los costos elevados que trae la gestación), también es claro que las nuevas generaciones (de hombres y mujeres), influenciadas por las luchas feministas, consideran que la crianza es asunto de las dos personas que establecen relaciones de co-parentalidad (esta anotación también la hizo Nina Chaparro respecto al texto de Abad). Esto también abarca a las madres que deciden lactar. En mi caso, el padre de mi hijo y yo hemos tenido una repartición equitativa en lo que concierne la crianza de nuestro hijo –incluso en el momento actual en el que no existimos más como pareja– desde la hora de salida del hospital, cuatro días después del parto. Y esto incluye el hecho que durante la lactancia nocturna era él quien se levantaba a traerme al bebé para que yo lo alimentara en la cama, y él quien volvía a llevarlo a su cuna después de que hubiera terminado de lactar. Él también incurrió en un gasto físico enorme asociado a la falta de sueño, al exceso de los quehaceres del hogar, al profundo cansancio general que acarrea para la mujer y el hombre (o para la mujer gestante y la no gestante en el caso de una pareja lesbiana) la llegada de un bebé al núcleo familiar. Más que la gestación y el parto, lo más difícil de la maternidad (parentalidad) es la crianza.

Entonces reproducirse y asumir el rol social de madre/padre no deriva de un sistema de dominación masculina per se, aunque los costos de gestación y parto –que son de duración determinada– sean mayores para las mujeres. Sin embargo pensar, como Abad, que la crianza –que sí es a largo plazo– es responsabilidad única de la mujer (o del cuerpo gestante), y que eso tiene una explicación de orden biológico y no socio-cultural, sí es fruto de un modo machista de interpretar y operar en el mundo.

Ahora, si el objetivo es discutir cuál de los cuerpos sexuados salió “ganador” en lo que respecta a las consecuencias de las diferencias sexuales –dentro del modelo de oposición sexual binaria en el que el argumento de Abad se inscribe– yo, como sujeto que habita un cuerpo con experiencia de primera en mano en gestación, parto, y lactancia, afirmo que aunque el costo físico de estas tres tareas es elevado, también ocurre pocas veces en la vida. En cambio hay otro par de diferencias que claramente posicionarían al cuerpo con clítoris en posición de ventaja innegable respecto al cuerpo con pene (para ponerlo en términos biológico-genitales bien reduccionistas). La ventaja es que las mujeres tenemos el placer inextinguible y perdurable en el tiempo del orgasmo múltiple, mientras que los hombres el problemita de la eventual impotencia. Para ponerlo en el lenguaje inepto de la columna: la naturaleza (o el dios que menciona) no es machista, si tuviera que ser algo, sería feminista. El machismo vino después, porque el machismo es social, no natural.

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3 thoughts on “Entre orgasmo múltiple y eventual impotencia, escojo el primero

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