Formación universitaria, hojas de vida infladas y carga burocrática en función de la persona

Ayer fue un día duro para quienes nos preocupamos por Colombia por cuenta de la noticia de que el nuevo director del Centro Nacional de Memoria Histórica —una entidad creada por la Ley de Víctimas y restitución de Tierras para la memoria y la verdad en el contexto del conflicto armado— fue entregado a Vicente Torrijos. El nombramiento de un individuo que no es historiador de formación, que tiene una visión parcializada del conflicto (es cercano al ejército, el cual es un actor dentro del mismo) y que pregona una ideología de extrema-derecha (aquí su opinión sobre Bolsonaro), responde a un nombramiento político y no a uno profesional que no sólo distorsiona completamente la misión y labor del centro sino que pone en peligro una de las tareas más importantes que tiene la sociedad colombiana: entender su historia y el conflicto armado en toda su complejidad para poder romper el interminable ciclo de violencia intensa que ha azotado al país durante tanto tiempo.

Aunque todo lo que concierne Torrijos es serio, en esta entrada me enfocaré en su “formación” pues el caso señala dos cosas importantes en el contexto colombiano: primero, un profundo desconocimiento de la formación universitaria y de la academia (la Revista Semana, por ejemplo, repite los errores y falsedades del mismo señor en el artículo en el que lo presentan); segundo, cómo la muy pesada burocracia colombiana sólo concierne al ciudadano de a pie mientras que quienes están conectados a los círculos de poder suelen tener vía libre para obtener lo que quieren así no tengan el perfil mínimo requerido.

Los tres ciclos universitarios

Empezaré explicando someramente la organización de la formación universitaria (en Europa) sirviéndome del concepto de ciclos universitarios introducidos con la reforma de Boloña. Aunque las cosas funcionan de forma distinta por fuera de Europa, la idea de los ciclos facilita la aclaración de ciertas confusiones.

La formación universitaria en Europa está estructurada en tres ciclos: uno primario (bachelor), uno secundario (magíster) y uno terciario (sólo doctorado en la mayoría de los países). De manera general, el primer ciclo abarca los estudios de pregrado, mientras que los ciclos dos y tres los de posgrado.

El bachelor, de una longitud normal de tres años, equivale a un numéro fijo de créditos que se obtienen en función de los planes de estudio específicos de los departamentos, facultades y universidades. Esta es una formación muy básica en cada área de estudio. Aunque la obtención del título requiere pasar exámenes y presentar trabajos de varios tipos, el nivel alcanzado al final del ciclo es bajo y no enteramente profesionalizante.

Los magíster hacen parte del segundo ciclo y requieren que los estudiantes profundicen la formación empezada en el primer ciclo. En el magíster no sólo se abarcan más temas sino que éstos son tratados en mayor profundidad. Las exigencias de evaluación son también más altas. A diferencia del bachelor, los programas de magíster exigen un trabajo de diploma o tesina (alrededor de quince mil palabras). Para poder acceder a un programa de magíster se requiere tener el diploma de primer ciclo (bachelor). Las universidad se otorgan el derecho de tener uno o varios tipos de magíster. La universidad de Oxford en las ciencias humanas y sociales, por ejemplo, hace una distinción entre los que forman en el conocimiento de áreas específicas y que duran sólo un año (Master of Studies, MSt) y los que forman para la investigación y que duran dos años (Master of Philosophy, MPhil). Este último requiere no solamente los exámenes de rigor sino la producción de una tesis de MPhil (alrededor de veinticinco mil palabras) que a diferencia del trabajo de campo o tesina de los magísteres normales sí debe hacer una contribución original al área de estudio.

El tercer ciclo equivale casi en toda Europa al doctorado. Un doctorado es una investigación larga y profunda sobre un tema particular que culmina con la producción de La Tesis (tesis a secas se refiere exclusivamente a la tesis doctoral), es decir, una monografía. Al igual que la tesis de MPhil, la tesis doctoral requiere una contribución al área de estudio, a diferencia de ésta la profundidad, longitud (alrededor de cien mil palabras) e importancia de la contribución deben ser mayores. Hacer un doctorado en ciencias sociales o humanas en el contexto europeo suele tomar entre cinco y siete años. En otras áreas del conocimiento las cosas son distintas y en vez de monografía, la tesis doctoral es una colección de varios (mínimo tres) artículos publicados en revistas peer-reviewed acompañados por una introducción general y una conclusión. Producir tres artículos no toma el mismo tiempo que escribir una monografía y por lo tanto un doctorado en estas áreas tarda entre tres y cuatro años.

La producción de la tesis doctoral (en forma de monografía o de colección de artículos) no garantiza, sin embargo, la obtención del título de doctor. Cada institución tiene sus requisitos particulares pero todas exigen una sustentación oral delante de un jurado normalmente compuesto por un comité interno (profesores de la universidad) y un comité externo (profesores que vienen de otras universidades y que son especialistas en el tema). Finalmente, vale la pena aclarar que en Europa el título de doctor es condición necesaria (aunque no suficiente) para acceder a una posición de Profesor.

Hojas de vida infladas y exención de la carga burocrática

El grado más elevado del mundo académico actual es el doctorado, el cual, como dije en la sección anterior, se obtiene sí y sólo sí uno produjo una tesis doctoral (en una institución reconocida para tal efecto) que fue satisfactoriamente sustentada delante de un jurado. El post-doctorado no equivale a una formación sino que constituye toda experiencia investigativa al seno de una institución académica después de haber obtenido el doctorado. Dicho de otro modo: un post-doctorado es una experiencia profesional para quienes tienen como profesión la producción del conocimiento. Esto significa que uno no puede tener una experiencia post-doctoral sin tener el título de doctor.

Según la hoja de vida de Vicente Torrijos, circulada por Twitter desde ayer, el señor en cuestión no hizo doctorado. Aún así, no tiene inconveniente alguno en tergiversar la información suministrada en su perfil de ORCID listando sin pudor un tal “Posdoctorado en Asuntos Estratégicos, Seguridad y Defensa” en la sección de Education and qualificationsLa Silla Vacía acaba también de publicar un artículo donde proporciona evidencia de varios textos donde se incurre en falsedad. Uno de estos es un fragmento tomado del Centro de Estudios Hemisféricos de Defensa William J. Perry donde la bionota (la cual suele ser escrita por los entrevistados mismos) abre así:

Vicente Torrijos es politólogo y periodista con especialidad en Opinión Pública. Hizo su posgrado en Altos Estudios Internacionales, el doctorado en relaciones internacionales y el post doctorado en Asuntos Estratégicos, Seguridad y Defensa. Profesor Emérito, Profesor Titular de Ciencia Política y Relaciones Internacionales, Profesor Premio a la Excelencia Académica y Profesor Distinguido de la Universidad del Rosario.

El esfuerzo de inflar su formación y nivel académico es evidente en la forma implícitamente jerarquizada en la que se presenta la información. En este fragmento, de su entero conocimiento con seguridad, no solamente se afirma que tiene un doctorado (lo cual es falso) sino que, además, se pone “post-doctorado” como si éste fuera un título académico superior al doctorado. Además, tal vez (mal) copiando la tradición estadounidense, se encadena un sinnúmero de títulos profesorales tales como “Profesor Emérito” y “Profesor Titular” (full). Pero Emérito significa retirado, entonces ¿es titular o es Emérito?

Que estas figuras públicas inflen sus hojas de vida, que afirmen que tienen diplomas que no tienen (Enrique Peñalosa e Iván Duque son sólo dos ejemplos más), que esto se sepa y que aún así obtengan o se mantengan en puestos importantes es una bofetada a la ciudadanía y a los numerosos profesionales del conocimiento que en Colombia buscan trabajo en el cada vez más precario mercado académico. Y ni mencionemos a los miembros de la diáspora académica colombiana, muchos de los cuales regresan al país —después de haberse esforzado en sus estudios, de haber en ocasiones pasado dificultades materiales y adquirido cuantiosas deudas— y deben hacer validar cada título obtenido en el extranjero a través de procedimientos largos, pesados y costosos en el país(es) en el que obtuvieron el título(s) pero que la maquinaria burocrática colombiana rehúsa convalidar.°

Lo de Torrijos pone en evidencia (al menos) dos elementos del potencial nefasto del gobierno actual del Centro Democrático: respecto al puesto en cuestión por su cercanía ideológica y concreta con el ejército (lo cual indica que asumirá una perspectiva donde el ejército será comprendido como parte de la solución y no del problema). Respecto a la práctica misma por el hecho de que un puesto académico (el cual debe requerir un doctorado) sea convertido en un puesto político: aunque Torrijos no tenga la formación de base más adecuada*, ni un doctorado, sí está en la rosca y se ubica muy a la derecha del espectro político. Finalmente el caso muestra (una vez más) que las reglas y la burocracia colombianas no son para todo el mundo sino que, como se dice coloquialmente, dependen del marrano.

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*Un puesto así requiere una experiencia particular de trabajo de campo con gente que ha sufrido en carne propia el conflicto, por ejemplo, y de reconstrucción histórica. Así es el foco sean las víctimas y la memoria, se requiere saber como procesar y organizar los datos en un recito que tenga relación con y sentido dentro del contexto histórico en el que los hechos ocurren.

° Me cuenta @CSR4Development por Twitter, después de publicado este texto, que el procedimiento burocrático que se debe hacer en el extranjero para poder convalidar los títulos en Colombia es una obligación legal del estado de Colombia frente a instancias internacionales. El problema es que aunque se haga el procedimiento de apostillado en el país de obtención de títulos, la convalidación no está siendo efectuada en Colombia. Un artículo de Juan Miguel Bonilla publicado en El Espectador (vía @1v4anch0) relata las dificultades de quienes quieren hacerlo. Esto significaría entonces que el estado está activamente bloqueando la integración al mercado laboral académico colombiano de quienes se han formado en el exterior.

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El «centro» y los «extremos» en los ejercicios meta-ideológicos de la derecha

En esta entrada —la segunda en una serie de tres— argumento que los términos «ideología», «centro» y «extremos» son herramientas retóricas cruciales en el constante ejercicio meta-ideológico de la derecha para mantener su hegemonía.

Empezaré por «ideología», término éste que aunque he tratado en entradas previas es crucial en el contexto político actual de Colombia y el mundo. Retomaré, entonces, la definición casi verbatim que ofrecí en una de estas entradas acerca del tema candente que resultó crucial en el rechazo al plebiscito sobre el acuerdo de paz en 2016: «la ideología de género». Creo que es importante retomar lo que escribí allí porque la historicización del término permite entender el argumento que quiero sostener ahora. Aunque se trata de una cita casi textual bastante larga, me otorgo el derecho de no poner comillas porque el texto original es propio y porque estoy ya explicando claramente de dónde lo tomo y por qué.

El término ideología tiene varias acepciones que dependen del marco teórico del que se parta. En su acepción marxista, la ideología se entiende como «falsa consciencia» lo que implica una serie de supuestos problemáticos. El primero es que la existencia de una «falsa consciencia» requiere la existencia de su contrario, i.e., una «consciencia verdadera» a la cual la ideología se opondría. Dentro de este modelo lo «ideológico» sería falso —irreflexivo, dogmático, anti-natural, no basado en la evidencia— y lo «no-ideológico» sería verdadero —natural, soportado por la evidencia, lógico. El segundo supuesto tiene que ver con la teoría del sujeto y la noción de poder. El modelo marxista asume que el poder es una fuerza que se aplica de arriba hacia abajo sobre un sujeto que existe de antemano. Así, la ideología sería algo que se le impone a la fuerza al sujeto, en vez de algo sobre lo cual hay luchas y negociaciones y que se convierte en dominante cuando se logra un consenso.

En una vena post-marxista —que hereda del marxismo pero está también informada por las nociones de «poder», «sujeto» y «discurso», de Foucault, y de «hegemonía», de Gramsci— la ideología puede entenderse como un conjunto de ideas respecto a cómo es y a cómo debe funcionar el mundo. De este modo las ideologías no son buenas o malas per se aunque las luchas ideológicas busquen construir la propia como la adecuada.

Las ideologías operan en el terreno político, social, económico, y cultural. Sin embargo, es en el terreno cultural donde las luchas ideológicas ocurren y donde una ideología puede lograr adquirir hegemonía en los sistemas de gobierno democráticos. Dicho de otro modo: es en el terreno de la cultura —entendida en su acepción general— que un conjunto de ideas se convierte en el conjunto de ideas dominantes, i.e., compartidas por una mayoría de personas a tal punto que terminan por entenderse como naturales y basadas en el sentido común.

Dado que la palabra tiene un origen marxista, la lucha ideológica que marcó la guerra fría también se llevó a cabo en parte recurriendo a este término. A pesar de que estamos en el periodo de posguerra fría, el término «ideología» —en su sentido de «falsa consciencia», «irreflexividad dogmática»— sigue siendo el tropo maestro a través del cual las ideologías de derecha, las cuales siempre han sido hegemónicas en el contexto colombiano, desestiman las propuestas que se les oponen (ver «Ideology matters»).

Esto es precisamente a lo que me refiero aquí con ejercicio «meta ideológico»: un ejercicio que hace un trabajo ideológico sirviéndose extensivamente del término central de «ideología» —y de otros cercanos o entendidos como cercanos tales como «política», «discurso», «centro», «extremos»— como herramientas para hacer pasar su propio diagnóstico y soluciones acerca de cómo opera el mundo y cómo debe operar por uno «técnico», «real», basado en la evidencia y por tanto «cuasi-científico», mientras se construye el diagnóstico y soluciones contrarios como «falsos», «erróneos», y «sin fundamento en el mundo real».

Un excelente ejemplo de esto lo ofrece el episodio de Polas Opuestas del 13 de octubre 2018, en el cual seis personas jóvenes (tres ubicadas muy a la derecha del espectro político) debaten acerca del enfoque a la educación pública del actual gobierno. Moderado por una séptima persona, el episodio inicia presentando brevemente a los participantes —Carlos Carrillo, Lalis, Wally, Catalina Suárez, Josías Fiesco, Miguel Parra— citando frases cortas que permiten a la audiencia ubicarlos grosso modo en el espectro ideológico.

Las intervenciones individuales y la discusión en este episodio de Polas Opuestas muestra claramente cómo los términos «político», «discurso», «ideología» son tratados por quienes se ubican a la derecha —Suárez, Fresco y Parra— como existiendo en contraposición a lo que sería «técnico» y «real». Tal idea —que no emerge por generación espontánea sino que es el fruto de largas décadas de trabajo meta-ideológico de la derecha dominante— ha calado tanto en el imaginario político en Colombia que incluso aquellos que parecen ubicarse a la izquierda, lo asumen como cierto y lo refuerzan. Es así como Lalis, en respuesta a la declaración de Parra acerca de que hay «que despolitizar o más bien sacar la politiquería» del debate acerca de la educación, se defiende diciendo que las demandas estudiantiles no son políticas —«esto no es político», dice— ni constituyen «un discurso» sino que son algo «real». Carlos Carrillo, por su lado, respecto a la discusión majadera de si la cuestión es política o no, dictamina que «el tema sí es político, pero no ideológico».

Pero es claro que el tema en cuestión es tanto ideológico como político: por un lado, mientras que considerar la educación universitaria como un derecho ciudadano que debería estar a cargo del estado deriva de una ideología de izquierda, considerarla como un servicio que ofrece un privado a quien pueda permitírselo es consecuente con una de derecha (ver el primer texto de la serie titulado «Ideologías de derecha y de izquierda»). Por otro lado, establecer el monto total del presupuesto y si este va a ser enteramente destinado a las universidades públicas (lo cual constituye una forma de redistribución hacia abajo) o parcialmente a las universidades privadas (a través de programas como el de «Ser pilo paga» y lo cual constituye una forma de redistribución hacia arriba) corresponde a una decisión política motivada, a su vez, por la ideología.

El ejemplo de Polas Opuestas muestra cómo ciertos términos que tienen un claro contenido semántico y pueden ser útiles en la argumentación —la cual debería ser la base del debate político en una democracia sana— son transformados en palabras sin contenido semántico que no se esgrimen para argumentar sino para confundir o forzar el consenso.

Este corto ejercicio de análisis me permite pasar al término «centro» cuya función retórica, i.e., en tanto que mecanismo de persuasión, cobra valor respecto al término «extremos». Aunque estos dos términos no habían nunca presentado utilidad alguna en el contexto político colombiano —pues la sola existencia de las FARC siempre sirvió como coartada para deslegitimar por defecto cualquier proyecto medianamente de izquierda en Colombia— el acuerdo histórico de 2016 les otorga una repentina vigencia. Es así como todos los pesos pesados de la esfera pública en Colombia —Daniel Samper Ospina, Daniel Coronell, Félix de Bedout, Héctor Abad, Alejandro Santos Rubino, etc— se dieron a la tarea minuciosa de tratar de substituir a las FARC por Gustavo Petro en el imaginario político colombiano (ver la columna de Sara Tufano). La narrativa que construyeron estos personajes, individual y conjuntamente, era que Álvaro Uribe, su proyecto de país y su elegido (Iván Duque) representaban un extremo político (afirmación ésta que abandonaron una vez el Centro Democrático llegó al poder), mientras que Gustavo Petro, Ángela María Robledo y el programa de la Colombia Humana el extremo opuesto. Ellos, en cambio, representan el «centro».

Al momento de las elecciones de 2018, ya eran de conocimiento público las pruebas irrefutables de que efectivamente el proyecto de país y las acciones de Álvaro Uribe y el Centro Democrático se ubican a la extrema derecha del espectro ideológico. Debería ser incontrovertible, por ejemplo, que los mal llamados Falsos Positivos consituyen, tal y como lo afirma Human Rights Watch, «una de las peores atrocidades masivas cometidas en el hemisferio occidental en décadas recientes». (Traducción propia).

Sin embargo, y como yo misma lo he señalado en incontables ocasiones a través de Twitter, estos crímenes no son tratados por ninguno de los que insisten en autodefinirse como ocupando el «justo centro» de manera que se evoque la magnitud de tal atrocidad y su significancia cuando se considera que ésta fue planeada y llevada a cabo por un gobierno y un estado nominalmente democrático donde la pena de muerte es anti-constitucional. Es así como la Revista Semana, después de haber publicado varios artículos sobre el caso, no tiene inconveniente alguno en publicar uno que abre con la oración «No hay duda de que el escándalo de los ‘falsos positivos’ fue el que más daño le hizo a la imagen del gobierno de Álvaro Uribe y a la del Ministerio de Defensa de Juan Manuel Santos». (Itálicas mías).

Por su lado, Alejandro Santos Rubino —director de la revista en cuestión— ante la reciente llegada de Jair Bolsonaro a la presidencia del Brasil, escribe un tuit en el que dice lo siguiente:

Brasil tiene que elegir hoy entre un fascista, misógino y nostálgico de la dictadura y un representante del partido más corrupto de la historia de América Latina. El populismo está acabando la democracia. Si en Colombia no aprendemos las lecciones, allá llegaremos. (Énfasis mío).

Seguramente Santos Rubino recuerda muy bien los Falsos Positivos. Sabe que las víctimas se cuentan en unidades de mil y que estos ocurrieron porque el gobierno de Álvaro Uribe necesitaba pruebas —así estas fueran fabricadas— de que su programa de la Seguridad Democrática sí era efectivo. Sabe que si uno se pone a mirar quiénes fueron las víctimas directas de tal horror —muy pobres, muchos desempleados, algunos con problemas cognitivos, otros con problemas de adicción— se da cuenta de que estos crímenes cumplieron un segunda función aparte de permitir al ejército inflar las cifras sobre las cuáles se evaluaba su desempeño: la «limpieza social», un fenómeno horripilante pero común en Colombia.

Pero este acto, y los cientos otros que podríamos enumerar —las incontables masacres (El Topacio, El Salado, El Tigre, etc.), la desaparición forzada, la violación cruenta contra las mujeres, la aniquilación de las personas LGTB— que han ocurrido en Colombia durante décadas pero que se intensificaron durante los dos gobiernos de Uribe, no le parecen suficientemente graves a Santos Rubino y es por ello que se atreve a advertir acerca de cómo el «populismo» (otro término retórico usado arbitrariamente para infundir miedo en los programas que se enfocan en la redistribución hacia abajo) podría minar la democracia en Colombia.

Dos cosas emergen del tuit citado arriba: primero, una pregunta retórica inevitable acerca de si su autor cree genuinamente que la historia de la «democracia» colombiana es esencialmente diferente a la de la dictadura brasilera que Bolsonaro añora y que él señala con inquietud. Segundo, una indicación (que puede ser rápidamente confirmada con una breve visita a su TL) de que no considera al actual gobierno como uno de extrema derecha, lo cual nuevamente constituye otro ejercicio meta-ideológico en el contexto actual (de esto trataré en una futura entrada sirviéndome como ejemplo de La Silla Vacía).

La estrategia de servirse del término «populismo» y de evocar el peligro de los «extremos» sirve como mecanismo de abstracción para no ocuparse de la evidencia concreta la cual señalaría que, por un lado, los horrores de la democracia colombiana no están tan lejos de los de la dictadura brasilera (ni de la argentina, ni de la chilena, sin tener en cuenta que hay investigadores que afirman que los crímenes políticos en la Colombia «democrática» son peores y más numerosos que los de esas tres dictaduras juntas). Por el otro, que el actual presidente de Colombia, Iván Duque, y el partido al cual pertenece, el Centro Democrático, son de extrema derecha.

Muchos de estos que se autodenominan de centro creen que al resto se nos olvida que Duque llegó al poder porque Uribe lo designó como su sucesor. Que quien tiene el poder y las conexiones es Uribe y no Duque y que éste último, por su lado, parece empeñado en confirmar a diario que su rol es el de «Bufón del Palacio de Nariño». Más aún, que los más de diez millones de personas en Colombia que apoyaron el proyecto de país de Uribe y del Centro Democrático no lo hicieron porque Duque era Duque, sino porque Duque fue el que dijo Uribe. Este último, por su lado, sigue siendo el mismo que tiene sendas investigaciones por su implicación en el paramilitarismo en Colombia (podríamos aquí traer a colación las noticias recientes sobre los cambios a la JEP) y será para siempre el presidente de los Falsos Positivos. Si al menos éstas dos cosas (y hay muchas más) —implicación directa en el paramilitarismo en Colombia y crímenes de estado en masa contra ciudadanos vulnerables— no le parecen a Santos Rubino un ejemplo paradigmático de una ideología cuasi-fascista —su tuit critica precisamente ese punto en Bolsonaro— ¿qué representarán para él? ¿Simples gajes del oficio?

El juego retórico de Santos Rubino presentado como ejemplo abunda en el panorama mediático colombiano y le sirve a quien lo usa para evitar ocuparse de la  evidencia concreta con base en la cual la ciudadanía podría tomar decisiones electorales informadas. Esto se hace más efectivo recurriendo a ideas abstractas por medio del uso constante de ciertos tropos como «centro», «extremos», «populismo», «castrochavismo», «ideología» y que tiene como fin último, y efectivamente lo consigue, hacer un trabajo ideológico: hacer pasar su propia ideología —la cual está enfocada principalmente en mantener las estructuras sociales y las relaciones de poder en Colombia inalteradas— como la más adecuada.

Ni a Santos Rubino (ni a ninguno de los de su clique) les interesa profundizar los procesos democráticos y el trato contrastante de la revista que dirige a la alcaldía de Gustavo Petro vs la alcaldía de Enrique Peñalosa da fe de ello. Tampoco le inquieta el avance del fascismo, pues más fascista que los Falsos Positivos es difícil encontrar en América Latina. Su preocupación por la corrupción también ha de ser pura fachada pues mientras denuncia solemnemente la del partido de Lula da Silva en Brasil, su revista publica defensas de la gestión de Peñalosa en Bogotá victimizándolo y afirmando que la ciudadanía no entiende su proyecto de ciudad ni lo comprende a él. (Peñalosa acaba de comprar la flota de buses Volvo más grande de América Latina, a pesar de que la ciudadanía reclama masivamente y sin cesar su derecho al aire limpio).  No hablemos de cómo el proyecto del Centro Democrático, en la misma medida que el de Bolsonaro, apunta en igual medida a la destrucción de la naturaleza en nombre del «desarrollo».  Ni mencionemos la corrupción de Cambio Radical, ni el modus operandi de Carrasquilla con los bonos de agua, el mismo Carrasquilla que fue recientemente nombrado ministro de hacienda por Duque y cuya primera propuesta es la de extender el IVA a toda la canasta familiar. A todas las luces tal ideología—conjunto de ideas acerca de cómo funciona y cómo debe funcionar el mundo— no es una de centro sino una de derecha (ver la primera entrada de la serie).

Lo anterior es uno de los incontables ejemplos de trabajo meta-ideológico que estos personajes de enorme poder mediático (y no sólo mediático) han ejercido en el pasado y continúan ejerciendo en el momento actual a través del uso extensivo de términos como «centro», «extremos» y otros ya mencionados. Durante la última campaña presidencial, Coronell y La Silla Vacía, por ejemplo, se dedicaron a reforzar la noción de «castrochavismo» como un «fantasma» que podría cobrar vida con la llegada de Petro al poder. A la pregunta de La Silla Vacía de si «Es justo que se caracterice a Petro de castrochavista» —término éste que ni el periodista ni el medio en cuestion se molestan en definir, asumiendo así que todo el mundo sabe concretamente a qué se refieren—, Coronell responde que «En muchas cosas sí, en otras no» y pasa al tema abstracto de Venezuela sin traer ejemplos concretos del programa de gobierno de la Colombia Humana que entraran dentro de la definición de castrochavismo. (Las itálicas en la cita de La Silla Vacía son mías y las uso porque no sé qué significa ni a qué se refieren ellos al utilizar el término).

Héctor Abad, por su lado, en una columna titulada «Lejos de los extremos» se sirvió de una flojísima metáfora de ir en bicicleta para sugerir que los proyectos de izquierda son proyectos para robar. Podría hacerle un minucioso análisis a todas las columnas de Abad durante la campaña, o tomar ejemplos de Daniel Samper Ospina, Félix de Bedout, Sergio Fajardo, Claudia López, etc. para reforzar el argumento, pero no creo que sea necesario y ya la entrada está, como suele suceder con mis textos, más larga de lo que me habría gustado.

Concluyo entonces diciendo que en el caso colombiano —aunque no exclusivamente— más que una postura política que apunta a un equilibrio, el «centro» es un arma poderosa en los juegos de persuasión (la retórica) que son cruciales en las luchas ideológicas actuales y que está permitiendo a la derecha mantener su hegemonía. Dicho más frontalmente: el término «centro» —pero también aquel en contra del cual éste es construido discursivamente, «extremos»— se constituye en una poderosa herramienta en el implacable ejercicio cotidiano de propaganda que en Colombia ha garantizado la hegemonía suprema de la ideologia de derecha que, a su vez, ha perpetuado y seguirá perpetuando la desigualdad y la violencia.

 

Plagio, la cultura del “quién es quién”, y el feminismo como herramienta para la ventaja individual

Llevo un par de años evitando referirme al feminismo de Catalina Ruiz-Navarro y de lo que, considero, es su monopolio del discurso feminista en Colombia. Alguna vez, leyendo un artículo suyo sobre un espectáculo de Beyoncé, osé decirle por Twitter que estaba en desacuerdo con su análisis y lo que pudo haber sido una discusión fructífera se convirtió en una pelea. En vez de tomarme como interlocutora válida y aceptar entablar conmigo un debate acerca de Beyoncé en tanto que evento mediático, cultural y político global desde perspectivas distintas, Ruiz-Navarro prefirió recurrir al ataque. Si bien el episodio me dejó cierto sinsabor – no sólo fue altanera y arrogante sino que me trató como si yo no tuviera el nivel para debatir con ella – e innumerables ocasiones se me han presentado para cuestionar su trabajo como crítica feminista de divulgación, preferí tomar un camino que raras veces tomo: no escribir al respecto.

Mi reticencia se debe no a que no tenga nada qué decir (más bien lo contrario), sino que en el clima político-cultural actual había decidido darle prioridad a la “solidaridad feminista”: por muy flojos que me parezcan sus argumentos y aunque defienda un feminismo al cual me opongo, lo último que una colega feminista necesita – más aún en Colombia donde actualmente cunde un anti-feminismo exacerbado que vino a incrustarse por encima de una misoginia histórica jamás desestabilizada – es tener además que defenderse de otras feministas. El feminismo, tanto el académico como el activista, trae consigo enormes costos emocionales para las mujeres que decidimos así definirnos y hasta ahora había preferido evitar contribuir a la carga que Ruiz-Navarro debe llevar en su triple rol de mujer, figura pública y activista feminista en el contexto colombiano. Sin embargo, el escándalo reciente respecto a una acusación de plagio en su contra y la manera como ella y Fidel Cano han articulado su defensa no me deja otra salida que poner la sororidad de lado y escribir al respecto. A diferencia de Ruiz-Navarro yo no funjo como intelectual pública en Colombia, pero soy feminista y académica y el caso concierne estas dos áreas que son para mí cruciales.

El escándalo se origina en agosto de 2017 a partir de la aparición en un portal de un reporte detallado acerca de las numerosas copias de fragmentos enteros no referenciados de textos de terceros en la tesina de Catalina Ruiz-Navarro defendida en la Pontificia Universidad Javeriana en 2008 para la obtención del grado de Licenciada en Filosofía. Si bien el sitio es uno cuyos miembros son anónimos y cuya misión, la procedencia de sus fondos y el procedimiento para escoger los casos son completamente oscuros (lo cuál deja mucho que desear respecto a lo que la ética concierne), el reporte está muy bien documentado y la acusación es válida. Durante un buen tiempo Ruiz-Navarro hizo caso omiso de las acusaciones, pero el 24 de noviembre decidió finalmente abordar el asunto en su cuenta de Facebook. Su defensa está construida (aunque de manera desorganizada) alrededor de tres ejes: primero, un contra-ataque al sitio por su anonimidad y falta de transparencia; segundo, una justificación lamentable estructurada en torno a la afirmación que la idea principal de su tesina no fue copiada y que evidentemente un marco teórico es “un espacio que, por definición, recoge las ideas de otros autores para construir eso; un marco teórico”; y tercero, la velada sugerencia que la razón de la persecución es su condición de mujer y que el portal en cuestión tendría motivaciones misóginas pues “ya había lanzado acusaciones falsas de plagio contra otra estudiante de la facultad de filosofía de la universidad Javeriana de Bogotá, casualmente, una tesis [sic] que también tuvo tutora mujer y jurados mujeres”.

El problema central y más evidente de la defensa de Ruiz-Navarro es que a pesar del anonimato y las motivaciones de las personas detrás del sitio en cuestión, las acusaciones de plagio que conciernen su tesina no son falsas ni sin fundamento como ella descaradamente afirma. Mario Jursich Durán hace un resumen abrumador de las acusaciones en su muro de Facebook: el portal detectó 53 “duplicaciones textuales” – sin comillas, ni referencias de ningún tipo – en la tesina de Ruiz-Navarro. La intervención de Jursich Durán en el affaire empuja – lo que apunta a que la cuestión de la legitimidad del sujeto hablante es central en el asunto y lo agrava – a Fidel Cano, actual director de El Espectador que es el periódico del cuál Ruiz-Navarro es columnista y la plataforma en la cual ella ha hecho su reputación, a pronunciarse sobre el caso en un video corto de la sección “La redacción al desnudo” publicado el 4 de diciembre. En este video, Cano responde a las preguntas de algunos lectores de quitarle los espacios de opinión a Ruiz-Navarro tanto en El Espectador como en Cromos con la negativa, argumentando que el “plagio” se dio en un contexto universitario hace mucho tiempo y que es más bien responsabilidad de la universidad en cuestión de discutir sobre qué hacer al respecto. Cano aborda una acusación suplementaria y más reciente de Halim Badawi – quien afirma que Ruiz-Navarro se habría apropiado (también) de ideas y frases de un texto suyo publicado en Arcadia y de otro de Luis Izquiel publicado en El Universal – pero lo hace para desestimar dicha acusación cerrando la discusión mediante una retórica que tergiversa los hechos. Cano termina su intervención anotando que el “inusitado interés en [las] ligerezas universitarias” de Ruiz-Navarro tal vez se origine en el hecho de que a muchos les molesta lo que ella tenga que decir.

Finalmente el 5 de diciembre la revista Arcadia le abre un espacio a la columnista para que responda a las acusaciones y ella en lugar de aprovechar esta ocasión para hacer acto de contrición decide insistir en desviar el foco hacia el proceder y la legitimidad de PlagioS.O.S, sugiriendo una vez más que sus motivaciones son misóginas. A la pregunta de Arcadia de por qué en su tesina hay varios fragmentos de textos de terceros que aparecen sin citación ella responde que aunque ésta contiene “unas fallas -muchas- de citación” eso en ningún momento constituye un plagio, el cual según ella es el “rob[o de] la obra de otra persona [para] presentarla como propia”.

El affaire Catalina Ruiz-Navarro se ha desplegado de tal manera que se convierte en un caso ejemplar para abordar tres temas conectados entre sí que considero menester abordar. El primero concierne la noción misma de plagio – en general y en este caso particular – y su relación con la cultura de la trampa y de la corrupción que impera en Colombia. El segundo – que se deriva de la manera como el plagio de Ruiz-Navarro es maquillado por ella misma y por Cano como meras “fallas de citación” u “omisiones” – concierne cómo en Colombia la gravedad de un hecho depende de sobre quién recaiga la culpa o quién sea la víctima. El tercero es el entendimiento y uso del feminismo por parte de Catalina Ruiz-Navarro como estrategia para el triunfo individual y la consecuente utilización del anti-feminismo – por parte de ella y tangencialmente por parte de Fidel Cano – como teflón ante la crítica.

Presento aquí dos definiciones de plagio de dos instituciones – la Universidad de Lausanne y la London School of Economics (LSE) – en contextos lingüísticos, culturales y de tradición académica distintas – la Suiza francófona y el Reino Unido – para dar evidencia de que lo que Ruiz-Navarro hizo en su tesina y en el artículo cuestionado por Halim Badawi sí constituye un plagio y no una simple “falla de citación” o una “omisión”.* La primera define plagio como “tomar una parte – incluso de manera puntual, parcial o reformulada – de un texto escrito por otra persona haciéndolo pasar por propio y sin indicar la fuente”, mientras que la segunda lo define de manera más general como “hacer pasar el trabajo de otros como propio”. Esta segunda definición más general es la que Ruiz-Navarro utiliza – absurdamente o ¿quizás disingenuously? – para defenderse, como si las ideas, asociaciones de conceptos y la prosa misma no constituyeran trabajo o fueran menos relevantes que el argumento general desarrollado en un texto sea éste una tesina para obtener un grado universitario o una columna de opinión en un periódico de distribución nacional para hacerse una reputación. La LSE, por supuesto, elabora más su definición general respecto al plagio y especifica:

“Las citaciones textuales deben ser puestas dentro de comillas o indentadas y deben ir completamente referenciadas. Todo material parafraseado debe ser reconocido como tal. La infracción de este requerimiento, de manera deliberada o no, o hacer pasar el trabajo de otros como [propio], de manera deliberada o no, constituye un plagio”

Dirán tal vez Ruiz-Navarro y Cano que esto funciona así en el contexto académico de la Europa actual más no en el de la Colombia del 2008 y entonces vale la pena traer a colación mi propia experiencia de docente de cátedra en la EAFIT de principios del 2000 donde tuve que poner un par de ceros a dos estudiantes que hicieron copy-paste de un texto que encontraron en internet en la parte introductoria del trabajo que debían someter. Mi intuición respecto a un claro plagio y el hecho de que pude poner dos ceros en aquella época en Colombia indican que la idea no es tan foránea en tal contexto. Por supuesto cierta parte de la responsabilidad del plagio de la tesina de Ruiz-Navarro recae en la supervisora del trabajo, en el jurado de sustentación y en la institución misma, y es quizás ésta la razón por la cual la Pontificia Universidad Javeriana no quiere entrar en materia. Sería además absurdo y un poco cínico que una universidad viniera a quitar un título casi diez años después de otorgado porque otros hicieron el trabajo que sus propios profesores no hicieron en aquel momento.

Sin embargo, la gravedad del plagio de aquel entonces, pero más aún el más reciente de 2014 del que la acusa Halim Badawi, reside en el hecho de que Catalina Ruiz-Navarro no se dedica a detectar enfermedades oculares, ni es chef, ni enfermera, ni ingeniera de obras. Ruiz-Navarro se ha hecho una reputación a través de la escritura, una actividad profesional que requiere no sólo un trabajo preliminar de investigación sino ideas y asociaciones originales, creatividad en el uso del lenguaje y calidad en la prosa. Badawi ofrece detalles de su caso en su cuenta de Facebook que merecen discusión, más aún cuando el director de El Espectador desestima su queja afirmando que en este caso preciso sí “hubo una omisión […] una falla” pero que “una omisión es muy diferente a un plagio”. Dice Badawi que su texto titulado “Censura artística en el Museo Santa Clara” – el cual publicó Arcadia el 19 de septiembre de 2014 – fue escrito a partir “de una serie de entrevistas que [él mismo hizo] a la directora del Museo Santa Clara, Constanza Toquica, a la artista María Eugenia Trujillo, censurada por el grupo Voto Católico, y al curador de la exposición, el historiador Álvaro Medina”. Afirma, además, que la “investigación tomó quince días de trabajo” y su implicación personal fue tal que incluso participó “en una marcha por la libertad del arte que se hizo en las puertas del museo”. Al día siguiente – el 20 de septiembre de 2014 – Ruiz-Navarro publica el texto titulado “Vaginas” cuyo primer párrafo es una versión abreviada de un párrafo del texto de Badawi. La copia textual es indudable, sin embargo el asunto no se reduce sólo a la apropiación del vocabulario, de la redacción y de la prosa – lo que constituye en sí mismo un plagio – sino que incluye la apropiación de la idea misma de escribir acerca de ese tema y de todo el trabajo de quince días – visitas, entrevistas, transcripciones, etc – que Badawi hizo para poder producir su texto.

Ahora, este caso sale a la luz pública porque la acusada tuvo la desfachatez de plagiar un texto que acababa de ser publicado en una revista que, aunque no tiene el mismo impacto que El Espectador, se produce y circula en Colombia. La pregunta evidente que salta a la vista es entonces: ¿cuántas veces ha incurrido Catalina Ruiz-Navarro en plagio – de textos escritos en otras lenguas o producidos y circulados en otros contextos – en sus columnas? Ya Elsy Rosas Crespo la había acusado de haber traducido un texto escrito por otra persona en inglés y de haberlo hecho pasar como propio. No recuerdo los detalles del caso, pero creo que la cosa llegó al punto de que Ruiz-Navarro tuvo que excusarse. En las respuestas que da a  Arcadia, sin embargo, termina nuevamente por desestimar el peso de esa vieja acusación diciendo, sin presentar prueba alguna, que la autora del texto supuestamente traducido no le dio importancia al asunto.

Que un señor del estatus social y de la reputación periodística de Fidel Cano desestime el affaire Ruiz-Navarro describiéndolo como una “falla” por “omisión” constituye, en el mejor de los casos, un maquillaje de los hechos, y en el peor, una burda tergiversación. Lo que esto prueba sin lugar a dudas es que la cultura de la trampa en Colombia cunde. También prueba algo más y que constituye mi segundo punto: que la gravedad de un hecho en este país dependerá de “quién” es el acusado y/o de “quién” es la víctima. Cabe preguntarse qué habría pasado si la persona acusada de plagio no tuviera el estatus social de Ruiz-Navarro. Esta pregunta puede responderse hipotéticamente haciendo una analogía muy pertinente en el contexto actual que han hecho varias personas por Twitter: ¿qué habría pasado si quien hubiera mentido sobre su formación académica durante décadas hubiera sido Gustavo Petro y no Enrique Peñalosa? Plagiar textos y mentir sobre la propia formación académica para adquirir una reputación que tiene efectos reales en las propias opciones laborales, en detrimento de las opciones laborales de los otros, es una forma de corrupción y minimizar o hacer caso omiso de esos actos porque quien los comete hace parte de un cierto grupo social o tiene un cierto peso contribuye a perpetuar la dinámica de república bananera dominante en Colombia.

Esto conduce a mi último punto que concierne la cuestión del feminismo de Catalina Ruiz-Navarro – un feminismo que pone el interés individual por delante del interés colectivo – y el cual constituye la razón principal por la cual decidí dejar de lado mi solidaridad feminista para con ella y escribir al respecto: en su afán por llegar a – y mantenerse en – la posición dominante en lo que respecta el discurso feminista que en este momento ocupa en Colombia (y en América Latina, porque su posicionamiento hace rato rebaso las fronteras nacionales), Ruiz-Navarro, por un lado, se ha servido de las mismas estrategias de apropiación del conocimiento en contra de las cuales el feminismo académico ha luchado; y, por otro, provee de materia prima a un anti-feminismo que se nutre del argumento de que el feminismo es puro activismo pasional y no requiere rigor al tiempo que deslegitima los verdaderos ataques a feministas que sí surgen de y proliferan gracias al activismo anti-feminista en ascendencia vertiginosa en Colombia y el mundo contemporáneos, como el caso Carolina Sanín, sobre el cual ya escribí en el pasado, bien lo prueba. Las acusaciones y críticas a Catalina Ruiz-Navarro en este caso son fundamentadas y no derivan de ninguna animadversión anti-feminista. Usar tal excusa es ruin y apunta a que tal vez lo que interesa a Ruiz-Navarro no es tanto la lucha feminista sino cómo los individuos – en este caso ella misma – pueden servirse del feminismo para valorizarse y/o defenderse a sí mismos. (Acerca de esto podría escribir una entrada completa analizando sus columnas y argumentos, pero lo dejo para otro día).

Es gracias al feminismo que Ruiz-Navarro se ha posicionado como figura pública y como  formadora de opinión en Colombia. Más aún, en el contexto específico colombiano, Ruiz-Navarro es una referencia principal respecto al discurso feminista a tal punto que en muchas discusiones en las redes sociales – hablo de Twitter Colombia en particular, porque Facebook no tengo – se habla de su feminismo como si fuera “El feminismo”. Sin embargo, Ruiz-Navarro no ha tenido ningún problema en incurrir en prácticas deshonestas que van en contra de la deontología feminista para avanzar su propia carrera profesional. Una de las peleas centrales de la teoría feminista desde sus inicios concierne precisamente la relación poder-conocimiento: Ruiz-Navarro tiene actualmente un gran poder respecto al conocimiento feminista en Colombia – un poder que ha adquirido en parte gracias al plagio – y es por esta razón que es ella – y no otra de las tantas feministas brillantes que hay en Colombia, que sí son rigurosas y que sí tienen ética profesional – quien es invitada a dar charlas TED sobre feminismo.

Fidel Cano cierra la defensa de la columnista diciendo que ella “está en El Espectador no porque sea una académica tremendamente rigurosa o algo así sino porque su opinión la consideramos muy valiosa en el debate público nacional (.) es una voz de mujer activista feminista moderna (.) frentera además (.) que es importante que exista”. Cano tiene razón cuando afirma que Ruiz-Navarro no es ni académica – una académica es alguien que ejerce profesionalmente en una universidad como docente e investigadora – ni rigurosa, y aunque es loable que defienda el espacio de palabra de una activista feminista, valdría la pena especular sobre las razones por las cuales el director de un periódico masivo en un país de tradición conservadora considera importante mantener el espacio de expresión a la voz de una “feminista moderna”. Ya Vivian Martínez Díaz hizo un hilo de tuits muy bueno y al que plenamente adhiero en el cual aborda este tema.

Yo quisiera, sin embargo, darle el beneficio de la duda a Fidel Cano y sugerirle – no a modo retórico ni con sarcasmo, sino de forma genuina – que si de verdad le parece importante que las voces feministas puedan expresarse porque no aprovecha entonces esta coyuntura para invitar a otras activistas y académicas rigurosas feministas a escribir en El Espectador. Esta sería una forma ideal de fracturar el monopolio del discurso feminista por parte de Catalina Ruiz-Navarro, tal vez reemplazándolo por una conversación, y de compensar por la excesiva ligereza con la que decidió tratar el caso. Fidel Cano tiene los medios – en el sentido literal y figurado – y el poder de transformar un evento lamentable en una acción transformadora para beneficio del “debate público nacional” que tanto le interesa.

* Traducciones propias.

Nota: Quiero agradecer a Jorge Mario (@jeinzu) quien me proporcionó acceso a la información de Facebook referenciada.

La sobre-valoración de la educación universitaria en Colombia

Este es un texto cuya escritura he estado postergando porque es un tema delicado acerca del cual tengo mucho que decir. Me he decidido finalmente a abordarlo ahora, motivada por las respuestas generadas por  un hilo  al respecto que hice en Twitter hace un par de días. El hilo en cuestión se originó a partir de un tuit de un/a político (no recuerdo quien) en el cual — a modo de campaña, no sé si por motivaciones populistas o genuinas — su autor/a proponía algo así como “educación universitaria para todos”.

Este tipo de propuesta — que no es exclusiva del contexto político colombiano — suele emerger de corrientes políticas de izquierda, es decir, corrientes políticas que ubican la desigualdad social en el primer escalón de prioridades a resolver.  Quienes me siguen por Twitter sabrán de antemano que ideológicamente me ubico muy a la izquierda del espectro político, es así que la crítica que pretendo articular aquí tiene como objeto la propuesta en sí — así como el modelo y las suposiciones de base que permiten que tal idea emerja —  y no la ideología política que lucha por un crear una sociedad y un mundo más justos.

Aceptando que el Estado existe y — desafortunadamente para quienes lo consideramos como un enemigo y abogamos por su abolición — seguirá existiendo por mucho rato, considero que éste debería cubrir todos los gastos relativos a los ciclos educativos para todos los habitantes del país. Sin embargo, considero que cualquier proyecto político basado en el lema de “educación universitaria para todos” está destinado al fracaso pues tal propuesta no es solamente insostenible sino que, además, en vez de corregir la desigualdad, contribuye a reforzar la misma jerarquización social que pretende combatir en un principio.

Hay un par de elementos a partir de los cuales esta idea se nutre y se mantiene.

El primero es la premisa falsa de que todos somos iguales. Que todos debamos tener los mismos derechos no significa que todos tengamos los mismos intereses ni las mismas habilidades. El problema es la organización jerárquica en términos simbólicos y económicos de ciertos intereses y ciertas habilidades respecto a otras. Esto me lleva al segundo elemento, que da título a esta entrada: la sobre-valoración que se le da a la educación universitaria en el contexto (altamente estratificado) colombiano, donde el título universitario es uno de los marcadores de clase cruciales de manera que las clases medias, media-altas y altas van a la universidad porque esto es lo que se hace por defecto cuando se pertenece a ellas, mientras que las clases medias-bajas y bajas lo hacen (o intentan hacerlo por todos los medios) porque ésta constituye el único camino (si no tenemos en cuenta el tráfico de drogas) de movilidad social hacia arriba.

La “educación universitaria para todos” es una propuesta irrealizable en cualquier contexto — si fuera realizable produciría una distopía en lugar de una utopía — pero cuya búsqueda tiene efectos reales negativos. Primero, pone presiones insostenibles en el sistema educativo y en su calidad. Segundo, afecta negativamente la calidad de vida de las personas implicadas (docentes con clases super-pobladas, estudiantes estudiando por presiones sociales y/o económicas y no por pasión). Tercero, crea lagunas en oficios fundamentales que deberían ser valorizados y realizados de manera profesional para que la sociedad funcione adecuadamente. Este último punto alimenta el ciclo de retroalimentación positiva de la sobre-valorización de la educación universitaria (y de desvalorización de oficios) que ya existe y que es en sí misma el origen del problema. A esto hay que añadir dos efectos interconectados en el contexto específico colombiano: primero, la saturación del mercado en ciertas profesiones (lo cual se traduce en altas tasas de desempleo para esas profesiones) y, segundo, la proliferación de las universidades de garaje, pues el modelo parte de la idea (y simultáneamente la refuerza) de que la educación universitaria es una “inversión” para quien la recibe y es esto lo que  permite hacer de ella un “negocio” para quien la ofrece.

En lugar de aspirar entonces a que “todo el mundo tenga un título universitario” se debería aspirar a una diversificación y revalorización social y económica de todos los oficios. Una sociedad exitosa —  y por esto entiendo una donde la gente sea feliz haciendo lo que le gusta y para lo que se es bueno, donde haya sentido de comunidad, donde haya sinergia social — no lo es si sólo cuenta con profesionales en ingeniería, medicina, ciencias humanas y derecho, sino si también cuenta con profesionales en panadería, en comercio, en turismo, en repostería, en deporte etc. Estos últimos oficios son tan respetables y tan profesionalizables como los primeros.

Lo que habría que cuestionar más bien es por qué la única manera de aspirar a tener un nivel de vida apropiado — tener seguridad y estabilidad laboral, horarios laborales respetuosos de la vida del trabajador, un salario que permita cubrir necesidades básicas, tiempo y capacidad económica para vacaciones — es a partir de la obtención de un diploma universitario. Como me respondió alguien  por Twitter: “La verdadera lucha no es que todos vayan a la universidad, sino que todos puedan tener una vida digna, vayan o no” (@davidpenal).

Ir a la universidad no hace a nadie mejor persona. Ya es hora de que empecemos a buscar maneras de cambiar ese modelo.

Traducción: Deshaciendo el silenciamiento de la revolución haitiana

Traducción autorizada de “Undoing the Silencing of the Haitian Revolution” de G. K. Bhambra.

 

Las revoluciones en Francia (1789) y en Estados Unidos (1776) – ampliamente consideradas como las revoluciones clave del mundo moderno – suelen ser presentadas como revoluciones democráticas organizadas alrededor de nuevas interpretaciones de igualdad y de reparación de antiguas formas de jerarquía social y política. No obstante, mientras que el derecho al voto obtenido por dichas revoluciones fue restringido a los hombres blancos propietarios, la desposesión y la esclavización de los pueblos indígenas y de origen africano se constituyeron como elementos cruciales para ambos estados.

Alrededor del mismo período, otra revolución que fue más radical tanto en sus metas como en su ejecución – la revolución haitiana de 1804 – tuvo lugar. Ésta, sin embargo, ha sido ampliamente ignorada.

Saint-Domingue – como se conocía a Haití antes de la revolución – era una colonia francesa ubicada en la parte occidental de La Española, una isla en el Caribe que había sido reclamada por la corona de España. Esta colonia no era solamente la más productiva del imperio francés – produciendo aproximadamente la mitad del azúcar mundial y una tercera parte del café – sino que era también el mayor mercado de exportación para Francia. Los productos eran cultivados en plantaciones trabajadas por personas africanas esclavizadas que habían sido llevadas allí como consecuencia de la trata europea.

Al cierre del siglo dieciocho, se estima que más de medio millón de personas africanas esclavizadas vivían en Saint-Domingue junto con una cuantiosa población de personas de color libres y liberadas. Durante este periodo, hubo un número de revueltas contra las condiciones de esclavitud en Saint-Domingue que eventualmente culminaron en la revolución de 1804 la cual abolió la esclavitud y estableció una república moderna. Esta revolución fue la primera que se basó en la libertad de toda la población.

A pesar de haber ocurrido casi al mismo tiempo que la francesa y la americana, a la revolución en Saint-Domingue raras veces se le concede un estatus similar, es decir, ser considerada como un evento fundacional en la historia del mundo. Ha habido trabajos historiográficos significativos al respecto – siendo The Black Jacobins de C.L.R. James (1899 [1963, 1938]) tal vez el más notable – sin embargo, pocos trabajos generales del tipo “La era de las revoluciones” la han incluido como haciendo parte de cómo entender ese época. Incluso trabajos históricos acerca del “origen del mundo moderno” que se pretenden “globales” – por ejemplo, The Birth of the Modern World (2004) de Christopher Bayly o Transformation of the World (2014) de Jürgen Osterhammel – dedican considerablemente más atención a las narrativas históricas estándares alrededor de las revoluciones francesa y estadounidense en lugar de abordar la revolución haitiana.

El libro de Bayly (2004) dedica a lo sumo un par de frases y esto a pesar de que la cubierta muestra un retrato llamativo de Jean-Baptiste Belley, revolucionario haitiano quien, como representante de Saint-Domingue, hizo parte de la delegación que viajó a París para dirigirse a la Asamblea Constituyente. Balley – quien habría sido esclavizado – compró su libertad con trabajo, y argumentó persuasiva y exitosamente (aunque en retrospectiva sólo de manera temporal) por la abolición de la esclavitud dentro del Imperio Francés (Dubois 2005: 169-70). Fue sólo como consecuencia del viaje de esta delegación (de Haití a Francia) que la cláusula aboliendo la esclavitud fue incluida en la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano.

Esto significa que el elemento político más radical de la Revolución Francesa, es decir, aquel con mayor potencial universal, llegó de Haití. Aún así, este evento no es incluido en la mayoría de las narrativas acerca del origen del mundo moderno lo cual conlleva a que no se reconsideren las aserciones más amplias acerca de la modernidad europea que usualmente se hacen. Las formas dominantes de entender la modernidad como un proceso endógeno a Europa y abstraído de las implicaciones del colonialismo y del Imperio siguen intactas. Otros eventos, en la medida en la que se mencionan, le dan simplemente un toque descriptivo a las narrativas estándares sin transformarlas.

Cuando la revolución haitiana se discute, el debate – tal y como lo señala Sala-Molins – suele articularse en torno a la siguiente pregunta: “¿Hizo Haití su propia revolución o la revolución francesa se extendió a las colonias?” (2006: 122). La conclusión inevitable a la que se llega siguiendo esta línea de razonamiento es que “no hubo revolución haitiana: sólo hubo un episodio de la revolución francesa en Saint-Domingue” (2006: 123). Sin embargo, de acuerdo con Sala-Molins, si los libertadores haitianos negros han de ser convertidos en discípulos de la Ilustración, “la lógica demanda esclarecimiento: estos libertadores subvirtieron el lenguaje de la Ilustración resignificándolo” (2006: 124). Esta nueva significación sería ulteriormente rescindida por los supuestos iniciadores de la Ilustración pues Napoleón prontamente derrocó la abolición y reintrodujo la esclavitud en las colonias francesas.

¿Qué se puede aprender entonces acerca del origen y de la transformación del mundo moderno (y más generalmente acerca de las políticas de producción del conocimiento) si se toma la revolución Haitiana de manera seria?

Primero, se aprendería acerca de las maneras como – al alcanzar la libertad y la independencia – aquellos que fueron esclavizados honraron los pueblos que los precedieron en esas tierras. El cambio del nombre Saint-Domingue (francés) por Haití honra el nombre que el pueblo Taino Arawak – eliminado por la colonización española y francesa (ver Geggus 2002: 207-220) – había dado a la isla.

Segundo, se aprendería que al alcanzar la libertad y establecer la independencia de Haití, el desarrollo de la constitución haitiana fue predicado a partir de un entendimiento de la ciudadanía con una aplicabilidad más universal que la de nociones similares desarrolladas con las revoluciones francesas y estadounidenses. Tanto Francia como los Estados Unidos, por ejemplo, mantuvieron una concepción racializada de la esfera política en la cual el derecho al voto fue otorgado sólo a los hombres blancos propietarios. Haití, en contraste, no puso límites de color a la participación política.

La constitución declaró que toda persona negra podía votar. Pero la negritud no estaba definida en función de la epidermis, es decir, en función del color de la piel, sino en términos del compromiso político de una población que se oponía a la colonización. Aquellos trabajadores alemanes y polacos no remunerados quienes también habían sido traídos a Haití por los franceses eran considerados como negros, como también lo eran los/as niño/as de mujeres blancas nacida/os en la isla. Como sostiene Fischer (2004: 266), haciendo de la liberación de la esclavitud y de la discriminación racial la base de entendimientos políticos y desvinculando el concepto de ciudadanía de la raza, la constitución haitiana radicalizó y universalizó la idea de igualdad.

En el momento en el que los líderes revolucionarios haitianos estaban demandando la abolición inmediata de la esclavitud, en la última década del siglo dieciocho, esto no pasaba en ningún otro lugar del mundo Atlántico. Más aún, esto ocurre al mismo tiempo que la revolución estadounidense mantenía la esclavitud como elemento central y constitutivo de su propia sociedad mientras que Francia ejercía un dominio imperial en sociedades que estaban organizadas como sociedades esclavizadas. Teniendo esto en cuenta, no es de sorprender que Trouillot (1995) sugiera que la revolución haitiana sea la más radical de su era y que ha sido silenciada, precisamente, por su naturaleza radical.

El silenciamiento ocurre casi inmediatamente en el momento en que Francia establece el bloqueo económico total de la isla, un bloqueo que constituye no sólo un acto punitivo a Haití por su propia emancipación, sino que también busca controlar el “contagio” de revolución y de emancipación a otras sociedades esclavizadas en el Caribe y en las Américas. El bloqueo llevó a Haití a la quiebra en veinte años y fue sólo levantado en 1825 cuando Haití acepta pagarle a Francia una compensación por pérdida de propiedad. La compensación fue efectivamente pagada por la pérdida de propiedad encarnada en aquellos seres humanos que habían sido esclavizados y habían tenido la insolencia de emanciparse a sí mismos. Ellos, en cambio, no fueron a su vez compensados por haber sido esclavizados y desposeídos.

La compensación fue establecida a 150 millones de francos franceses. Para poner esto en contexto: alrededor del mismo periodo, Francia vendió el total del territorio de Louisiana a los Estados Unidos nacientes por 80 millones de francos franceses. Viéndose en la incapacidad de pagar tal indemnización, “el gobierno de Haití hizo préstamos a bancos franceses, empezando así un ciclo que habría de durar hasta el siglo veinte” (Dubois 2005: 304). Esta deuda coercitiva no fue pagada sino hasta la mitad del siglo veinte cuando se estima que Francia extrajo de Haití, la parte occidental de la isla de la Española, el equivalente de 17 mil millones de dólares estadounidenses actuales. Tal extracción determinó la pobreza futura de Haití al mismo tiempo que fue significativa para el establecimiento de la prosperidad de Francia.

Los silencios de la historia son muchos y las consecuencias de su perpetuación son duras. En el tiempo presente sólo podemos trabajar en aras de la justicia si tomamos en cuenta los procesos históricos que son responsables por las configuraciones actuales de nuestros mundos compartidos. Las historias restaurativas son sólo un aspecto de las reparaciones más amplias que son requeridas.

 

Traducción autorizada por Gurminder K. Bhambra

 

[Publicado por primera vez en traducción danesa como ‘Et opgør med fortielsen af Den Haitianske Revolution’ Marronage Mar 31, 2017 pp36-41]

 

Blibliografía y lecturas suplementarias

  • Bayly, Christopher A. 2004. The Birth of the Modern World. Oxford: Blackwell.
  • Bhambra, Gurminder K. 2016. ‘Undoing the Epistemic Disavowal of the Haitian Revolution: A Contribution to Global Social Thought’ Journal of Intercultural Studies 37 (1): 1-16.
  • Cooper, Anna Julia 1925. L’Attitude de la France à l’égard de l’esclavage pendant la Révolution. Paris: Impr. de la cour d’appel, L. Maretheux.
  • Cooper, Anna Julia 2006. Slavery and the French and Haitian Revolutionists. Edited and translated by Frances Richardson Keller. Lanham: Rowman Littlefield.
  • Dubois, Laurent 2004. A Colony of Citizens: Revolution & Slave Emancipation in the French Caribbean, 1787–1804. Chapel Hill: University of North Carolina Press.
  • Dubois, Laurent 2005. Avengers of the New World: The Story of the Haitian Revolution. Cambridge: Harvard University Press.
  • Fischer, Sibylle 2004. Modernity Disavowed: Haiti and the Cultures of Slavery in the Age of Revolution. Durham: Duke University Press.
  • Geggus, David P. (ed.) 2001. The Impact of the Haitian Revolution in the Atlantic World. Columbia: University of South Carolina Press
  • Geggus, David P. 2002. Haitian Revolutionary Studies. Bloomington: Indiana University Press.
  • Jackson, Maurice 2008. ‘“Friends of the Negro! Fly with me, The path is open to the sea”: Remembering the Haitian Revolution in the History, Music, and Culture of the African American People,’ Early American Studies: An Interdisciplinary Journal, 6 (1): 59-103.
  • Jackson, Maurice and Jacqueline Bacon (eds) 2010. African Americans and the Haitian Revolution: Selected Essays and Historical Documents. New York: Routledge.
  • James, C. L. R. 1989 [1963, 1938]. The Black Jacobins: Toussaint L’Ouverture and the San Domingo Revolution. Second Edition. New York: Vintage Books.
  • May, Vivian M. 2008. ‘“It is Never a Question of the Slaves”: Anna Julia Cooper’s Challenge to History’s Silences in Her 1925 Sorbonne Thesis,’ Callaloo 31 (3): 903–918.
  • Osterhammel, Jürgen 2014. The Transformation of the World: A Global History of the Nineteenth Century. Translated by Patrick Camiller. Princeton: Princeton University Press.
  • Sala-Molins, Louis 2006. Dark Side of the Light: Slavery and the French Enlightenment. Translated and with an Introduction by John Conteh-Morgan. Minneapolis: University of Minnesota Press.
  • Shilliam, Robbie 2017. ‘Race and Revolution at Bwa Kayiman,’ Millennium: Journal of International Studies TBA.
  • Trouillot, Michel-Rolph 1995. Silencing the Past: Power and the Production of History. Boston: Beacon Press.

El caso de Carolina Sanín, la ola antifeminista y la libertad de expresión

Carolina Sanín termina esta columna premonitoria publicada en 2011 con una secuencia de preguntas retóricas que, no sabía ella cuando la escribió, su propio caso habría de responder contundentemente cinco años más tarde.

La columna relata la ola de indignación que causó en las redes y en la radio la paliza que el entonces director técnico de la selección Colombia, Hernán Darío ‘El Bolillo’ Gómez, le propinó a una mujer. Inicialmente Sanín, como yo y muchas otras feministas en su momento, se sorprendió positivamente de ver que finalmente la gente parecía estar reaccionando ante la violencia contra la mujer. Sin embargo, al pasar de los días, cuenta, empieza a ver que tal vez “no es cierto que la masa tuitera y radiera haya empezado a preocuparse por las problemáticas de género” y que más bien muchos vieron que el caso de Gómez era “simplemente la oportunidad de ganarse una presea caballeresca por defender a una presa invisible”.

Se pregunta entonces Sanín cuánto “cantarían —o callarían— estos gallos si la víctima hubiera denunciado por sí sola a su agresor; si afirmara su libertad y quisiera defenderse”, si fuera fea, o bella, o sobresaliente en su profesión, si fuera empleada doméstica, si viviera su sexualidad libremente, libertinamente, y abiertamente, si, para no ir tan lejos, dice, “tuviera una cara y un nombre y un dedo para señalar.”

Ella, Sanín, tiene cara, nombre y un dedo para señalar. Pero no sólo se defiende a sí misma. También critica al sistema, con voz fuerte, sin dejar callarse, haciendo uso de insultos que se apoyan en analogías escatológicas, es decir, de una forma que destroza en mil pedazos el guión que en Colombia deben seguir las mujeres en general, y aquellas de su clase social y nivel formación, en particular, para poder hablar. Como la feminista de excelente formación crítica y capacidad de análisis que es, Sanín critica el machismo dominante estructural, pero también el machismo (y clasismo y racismo) ejercido por agentes, hombres (y mujeres), muchos de éstos poderosos y a quienes designa con nombre propio, como Samper Ospina. Esto lo hace sin compromiso y no posando para SoHo mientras tanto. Esta posición combativa – cualquiera que tenga dos neuronas conectadas en el cerebro bien sabrá que nadie va a lograr cambios de ningún tipo mientras se queda sentada en su silla cruzando las piernas y respondiendo “sí señor” a cada pregunta – ha convertido a Sanín en un blanco perfecto para el tsunami de antifeminismo que está flagelando a Colombia (y al mundo) en estos últimos años. Una especie de autoetnografía accidental ha hecho que las respuestas negativas implícitas en sus preguntas retóricas a las que me refiero en la apertura de este texto, le hayan explotado a Sanín en la cara en este último año en su pelea (vital, pero dolorosa para ella) contra el matoneo sistemático y repugnante que ha sufrido a manos del grupo anónimo de los semi-criminales – orgullosos de serlo – de los Chompos quienes están siendo, además, apoyados plenamente por la Universidad de los Andes.

El caso de Sanín prueba no sólo que en Colombia el avance en el ámbito cotidiano de la perspectiva de género es mínimo, sino también que las mujeres que hablan duro para denunciar, como ella y como Piedad Córdoba (en especial como Córdoba quien además es negra y de izquierda), son maltratadas y perseguidas en los foros de internet, en los ámbitos universitarios y por las instituciones con toda impunidad y bajo la mirada beneplácita de una gran mayoría de ciudadano/as.

No conozco a Sanín personalmente y dado que no tengo Facebook sólo tengo acceso a algunas de las columnas que ha escrito en uno que otro medio dominante estos últimos años. A través de Twitter, red a la que sí pertenezco, he visto extractos de ciertas cosas que pone en Facebook que algunos tuiteros comparten, seguí un poco lo que pasó en la feria del libro de Bogotá en 2016, y he seguido como he podido el caso horripilante de los Chompos. Es desde este panorama de información incompleto desde el cual escribo.

Los eventos de abril de 2016 en la feria del libro – un tipo la quiere callar quejándose porque nadie había dicho que el tema de la charla era el “feminismo trasnochado” de Sanín y el debate que se arma a partir de ese hecho – son sólo el abrebocas de lo que le espera a Sanín con los Chompos y con la Universidad de los Andes. En aquella ocasión presencié en Twitter la baja aceptación de Sanín en esa red y cuánta bilis generaba en mucha gente (en su momento escribí un hilo al respecto). Si bien todas las feministas sufren de acoso cirbernético en Colombia y en el mundo, el contraste entre la percepción de Sanín respecto al de otra feminista, que sí hace compromisos con el patriarcado a pesar de su performance de ser vocalmente crítica, y quien es una de las figuras que más domina los espacios de debate feminista en los medios colombianos es enorme. (No pretendo minimizar por un segundo los insultos y amenazas que esta otra feminista recibe, y es precisamente por esta razón que prefiero no nombrarla).

Cuando la historia de los Chompos estalló me quedé aún más aturdida al ver que para mucha gente Sanín se merece tanto el maltrato como el despido porque, argumentan, ella también insulta a través de su cuenta de Facebook. Pongo el termino “también” en itálicas porque en ninguno de los insultos que se le atribuyen (que muchos usuarios comparten fuera de contexto por Twitter) he visto que ella esté insultando a sus estudiantes o llamando a la violencia directa, cosa que los Chompos sí han hecho, por ejemplo, con la famosa foto de ella misma con un ojo negro y el mensaje “When el heteropatriarcado opresor te pone en tu lugar”.

El insulto que más parece haber marcado a los críticos de Sanín es el de decirle a alguien – muchos piensan que fue a Héctor Abad pero ella lo desmintió en una entrevista en la Blu Radio – que había sido “parido por el ano”. Que critique a Abad (lo llama Babad según la misma entrevista o Héctor A-Bad Writer según Twitter) es una de las cosas que más parece dolerle a mucha gente. Abad, como dije recientemente en otro texto, ha adquirido un aura de semi-dios en Colombia y que una mujer con cierto poder social, además feminista, venga a criticarlo con semejantes insultos parecería que es imperdonable. Esa fue la sensación que me dejó esa entrevista que le hicieron en la Blu Radio en la cual el periodista insistía, a pesar de que ella repetía incontables veces que no era a Abad a quién lo había dirigido, en preguntarle por qué insultaba así a Abad con el fin evidente de sacarla de casillas y “probar” que ella es “conflictiva”. Valdría la pena analizar la entrevista pues es un excelente ejemplo de cómo y por qué ésta parece concebida para dar un espacio de palabra a Sanín y acto seguido minarlo para que ella se autodestruya. La entrevista es un ejemplo más de por qué hablar como feminista y criticar al sistema, en un contexto tan hostil como el colombiano, acarrea un costo emocional enorme. Esta era la primera vez que yo oía a Sanín y la imagen que me dejó es que en realidad tiene mucha paciencia (y que el periodista que la entrevistó es un idiota profundo).

Los eventos del annus horribilis que fue 2016 para Sanín – lo de la Feria del Libro, el enfrentamiento cibernético con los Chompos y el matoneo de éstos hacia ella que se traduce en un enfrentamiento con la universidad de los Andes y culmina en su despido – epitomizan precisamente el tema que quiero tratar en este texto: cómo el antifeminismo actualmente rampante en Colombia se articula con el debate sobre la libertad de expresión defendido a capa y espada por la derecha (conservadora y liberal) y tan a la orden del día en el mundo contemporáneo.

La ola antifeminista actual no es exclusiva del contexto colombiano. Sin embargo, y a diferencia de contextos como el norteamericano y el europeo, ésta se incrusta en Colombia en estructuras sexistas que nunca han sido realmente puestas en jaque (ni siquiera medianamente sacudidas) pues, a diferencia de los contextos propiamente occidentales, el feminismo en Colombia nunca ha alcanzado una expansión suficiente para que permee los discursos cotidianos y la cultura mainstream urbana. Basta con echar un vistazo a la producción de columnas de opinión, de literatura, de cultura popular, de cine desde una perspectiva feminista para constatar la extensión de su precariedad (oxímoron intencional) en el contexto colombiano. Basta con observar cuántas mujeres comentan en Twitter Colombia que prefieren hablar de humanismo en vez de feminismo – como si las víctimas de los asesinatos de Juárez o las de violación del paramilitar Ramón Isaza fueran seleccionadas por ser humanas y no por ser mujeres – y cuán exitosos son esos comentarios. Esto implica que el backlash antifeminista emerge en Colombia con una virulencia particular.

El telón de fondo de la confrontación entre Sanín, de un lado, y los Chompos y la Universidad de los Andes, del otro, es el debate de la libertad de expresión que cobró una fuerza inusitada en el mundo occidental (en el que mal que bien la Colombia urbana se inscribe parcialmente) con los ataques a Charlie Hebdo en enero de 2015. En aquel entonces las voces liberales (y las conservadoras) de Colombia y el mundo se unieron en un coro uniforme que condonaba el matoneo cotidiano (por todos los posibles canales) a las comunidades musulmanas de la Francia contemporánea – comunidades estas provenientes de los mismos países ocupados, saqueados y doblegados por la Francia colonial, y que se han convertido en el chivo expiatorio de todos los males del país – en nombre de la libertad de expresión. Justo después de los ataques de París en enero de 2015, un chico francés de 16 años hizo una meta-sátira (una sátira de una sátira del mismo Charlie Hebdo) de los ataques y el resultado fue que lo arrestaron.

Una situación similar es lo que el caso de Sanín pone en evidencia. A los Chompos, cuyo matoneo es – como hasta Revista Semana ha reportado – clasista, sexista, racista, etcétera, la Universidad de los Andes les da carta blanca en nombre de la libertad de expresión, pero a Sanín, quien critica la violencia simbólica de los Chompos y el modelo de negocio (entre otras cosas) de la misma universidad, se le despide so-pretexto de que ella “afecta [supone uno que negativamente] la convivencia” (ver). Tal afirmación – notoria por su vaguedad y que no constituye prueba alguna – contrasta con el hecho confirmado de que la cuenta de los Chompos sí trae efectos negativos para la convivencia universitaria. Esto pone el dedo en el punto que está en juego y respecto al cuál escribí en el momento de los ataques a Charlie Hebdo en París: la falsa idea martillada por los intelectuales del corte de Abad de que la libertad de expresión es un valor absoluto y por tanto independiente de los contextos históricos, sociales, culturales, políticos y económicos en los que se define.

Lo que el caso de Sanín versus los Chompos y Andes prueba es que formular una crítica del statu quo – la violencia simbólica, el sexismo, el racismo, el clasismo, el neoliberalismo, la lógica de la rentabilidad como esquema educativo en un país donde los niveles de educación son vergonzosamente bajos – y que esto lo haga una mujer que habla duro, reclama sus derechos, grita, exagera, patalea, dice palabrotas para no dejarse aplastar, sobrepasa los límites de la libertad de expresión tal y como se entiende en la Colombia contemporánea. En contraste, la cuenta de los Chompos que perpetúa la violencia simbólica – que no sólo es violencia en sí misma sino que funciona como un mecanismo que busca (y termina por conseguir) un consenso general que legitima la violencia física, sexual, económica que sufren las mujeres (todas las clases sociales confundidas), los negros, los indígenas, los pobres, los minusválidos, los campesinos, los líderes sociales – sí tiene espacio para producirse y reproducirse sin ningún límite. En otras palabras la libertad de expresión tal y como está aceptada por consenso en la Colombia urbana contemporánea indica que los valores que hay que defender y a los cuales se les abre espacios son aquellos que perpetúan esa violencia simbólica y por ende todas las violencias. Es ésta la razón por la cuál el apogeo antifeminista va actualmente a todo vapor.

Concluyo – abruptamente, porque esta entrada ya está muy larga – con un mensaje de apoyo para Carolina Sanín (y lo extiendo a todas las feministas en Colombia, incluso a aquellas que defienden un feminismo liberal y que hacen compromisos con el patriarcado), pues enfrentar esa ola de misoginia tiene un costo emocional brutal y exige mucho coraje.

Reafirmando la dominación masculina

En mi última entrada traté los temas de ideología, género y sexualidad a la luz del debate álgido y la protesta ofensiva en contra de quienes viven por fuera de las normas sexuales dominantes que tuvo lugar la semana pasada en Colombia. Hoy La Blu Radio me da la oportunidad de mostrar cómo las ideologías hegemónicas — en este caso la ideología de dominación masculina y heterosexual — son reforzadas cotidianamente y de forma sutil — en contraste con la manera frontal y, sí, violenta de la semana pasada — en el terreno de la cultura.

La historia es la siguiente. Un niño brasilero, fan de fútbol, es entrevistado mientras se encuentra en un evento deportivo en Río 2016. El niño habla de Marta (considerada como una de las mejores jugadoras de fútbol femenino del mundo), de la pasión con la que ella juega fútbol, de cómo ella sí, “más que Neymar”, merece llevar la camiseta de Brásil, y de cómo la selección femenina de fútbol de Brasil es el símbolo del feminismo en ese país. El niño además lleva una camiseta de Brasil donde el nombre de Neymar aparece tachado y reemplazado por Marta con un corazoncito al lado (aquí se puede ver el video).

Reportando la noticia La Blue Radio envía un tuit en el cual el potente mensaje feminista que el niño con su gesto (en la camiseta) y sus palabras (en el video) transmite es desmantelado. Vale la pena analizar brevemente la composición textual y visual el tuit en cuestión. El texto dice “#Video Niño tachó el nombre de Neymar y puso en su lugar el de una mujer”, mientras que la foto es una de Neymar acostado en el césped luego de sufrir una falta durante un partido. A pesar de que el foco del video y el gesto del niño es Marta, el tuit recuadra la historia de manera que el foco es Neymar. Adicionalmente el nombre de “Marta”, que es propio, específico, referente de la mejor jugadora de fútbol de la selección femenina de Brasil (e incidentalmente una de las mejores del mundo), es remplazado por el sustantivo genérico “mujer”, un gesto que no sólo desestima el hecho de que el niño admira a Marta por su proezas futbolísticas en la cancha, sino que recuadra a Marta en un rol de mujer anónima que hace soñar a un ser de sexo masculino sólo por el hecho de ser mujer. Que este reenfoque refuerza la heterosexualidad es innegable.

Lo que @BluRadioCo hace con este tuit, entonces, es intervenir en el terreno de la cultura para restaurar la estructura de dominación masculina que el niño esta contestando. Es una manera sutil de reafirmar el status quo frente a pequeños (o grandes) gestos que buscan desestabilizarlo. La dominación masculina (y heterosexual) tiene maneras violentas y sutiles de actuar, mantenerse y reproducirse. Esta es una manera sutil de hacerlo, pero es también más perniciosa y más cotidiana que las formas violentas como las de la marcha de la semana pasada.

Postcript:

Gracias a Julián Ortega Martínez (@julian_ortega_m) quien me explicó que la afirmación inicial contenida en este texto, que Marta era considerada “incontestablemente” como la mejor jugadora del mundo, era incorrecta.

Ideología, género y sexualidad

No he seguido de cerca el debate candente de la semana en Colombia acerca de la “ideología de género” y ayer me metí en una conversación sin conocer de antemano el contexto. Voy a tratar de esbozar ciertas ideas y aclarar ciertos términos respecto a los cuales me parece que hay confusión y que en vez de aclarar, confunden.

Empiezo por ideología la cual ya he tratado someramente en un par de entradas en el pasado (Higienizando al Chavo del 8 y Ideology matters). El término ideología tiene varias acepciones que dependen del marco teórico del cual se parta. En su acepción marxista, la ideología se entiende como “falsa consciencia” lo que implica una serie de supuestos problemáticos. El primero es que la existencia de una “falsa consciencia” requiere la existencia de su contrario, i.e., una “consciencia verdadera” a la cual la ideología se opondría. Dentro de este modelo lo “ideológico” sería falso —irreflexivo, dogmático, anti-natural, no basado en la evidencia— y lo “no-ideológico” sería verdadero —natural, soportado por la evidencia, lógico. El segundo supuesto tiene que ver con la teoría del sujeto y la noción de poder. El modelo marxista asume que el poder es una fuerza que se aplica de arriba hacia abajo sobre un sujeto que existe de antemano. Así, la ideología sería algo que se le impone a la fuerza al sujeto, en vez de algo sobre lo cual hay luchas y negociaciones y que se convierte en dominante cuando se logra un consenso.

Todas estas nociones han sido (re)trabajadas por varios pensadores, más notablemente Foucault (quien se ocupó de las nociones de sujeto y de poder, e introdujo la de discurso) y Gramsci (quien introdujo la noción de hegemonía). Los avances de Foucault y Gramsci han sido a su vez utilizados desde varios campos de estudio – los estudios culturales británicos y el Análisis Crítico del Discurso (CDA), campos estos dentro de los cuales yo me posiciono – para desarrollar aún más el concepto de ideología.

En una vena post-marxista —que hereda del marxismo pero está también informada por las nociones de Foucault y Gramsci mencionadas más arriba— la ideología puede entenderse como un conjunto de ideas respecto a cómo es y a cómo debe funcionar el mundo. De este modo las ideologías nos son buenas o malas per se aunque las luchas ideológicas busquen construir la propia como la correcta y las otras como las falsas. Las ideologías operan en el terreno político, social, económico, y cultural. Sin embargo, es en el terreno cultural donde las luchas ideológicas ocurren y donde una ideología puede lograr adquirir hegemonía en los sistemas de gobierno democráticos. Puesto de otro modo: es en el terreno de la cultura que un conjunto de ideas se convierte en el conjunto de ideas dominantes, compartidas por una mayoría de personas a tal punto que se éstas terminan por entenderse como naturales y basadas en el sentido común.

Dado que la palabra tiene un origen marxista, la lucha ideológica que marcó la guerra fría también se llevó a cabo en parte recurriendo a este término. A pesar de que la guerra fría acabó, el término “ideología” (en su sentido de “falsa consciencia”, “irreflexividad dogmática”) sigue siendo el master trope a través del cual las ideologías de derecha desestiman las propuestas que se les oponen (ver Ideology matters). Cabe anotar que éste es un fenómeno trans-cultural y trans-lingüístico, lo que tiene sentido puesto que tanto el capitalismo como el neoliberalismo son ideologías de derecha dominantes de proyección global y quienes las defienden tienen interés en hacerlas mostrar como la única opción válida para existir en el mundo.

Esta historicización del término “ideología” permite ver que no es de sorprenderse que la extrema derecha colombiana actual haya sacado la expresión “ideología de género” para oponerse a la visibilidad y a la ampliación de los derechos que aquellos/as en Colombia que no caben dentro del binario sexual (hombre, mujer), y/o que rechazan la posición sexual asignada al nacimiento, y/o que no viven dentro de la heterosexualidad han adquirido después de años de lucha y trabajo.

Lo que está ocurriendo en este momento en Colombia es una lucha abierta y frontal entre la ideología hasta ahora dominante (hegemónica) – que entiende la diferencia sexual en términos binarios, los roles sociales como elementos esenciales relativos al sexo, y que limita el concepto de familia a la “familia nuclear heterosexual”– y otra ideología que ha sido marginal pero que ha tomado fuerza en el mundo occidental en los últimos años –que defiende el derecho a entender la familia por fuera de esa organización heterosexual, defiende la idea de un continuo sexual (en contraste a un binarismo sexual), y parte del principio de que el género (es decir, lo que se refiere a la masculinidad y la feminidad y los roles sociales determinados en función de éste) tienen un carácter más social que biológico.

Es falso creer que Colombia es el único país donde esto pasa. En 2012 algo muy similar ocurrió en Francia donde la asociación La Manif pour Tous ubicada ideológicamente entre la derecha y la extrema derecha fue fundada. Esta asociación ha organizado en los últimos años múltiples manifestaciones, marchas, foros, y demás, algunos de cuyos objetivos abiertos son: defender la noción de familia tradicional en el sentido de familia nuclear heterosexual, atacar a la homosexualidad, y reforzar los estereotipos de género (uno de los afiches que dio mucho de qué hablar en el contexto francófono fue éste). En lugar de hablar de “ideología de género” esta asociación y sus adeptos se van lanza en ristre contra la “teoría del género”.

Esto me conduce al otro término sobre el cual quiero discutir: género. No pienso hacer una historicización del término ni traer a colación los diversos enfoques teóricos, ni las tensiones que existen entre éstos. La manera como el término género ha sido institucionalizado en gran parte del mundo occidental parte de su diferenciación respecto al término sexo. Este enfoque, que puede decirse es aún dominante, toma el género como la manera de entender las nociones de feminidad y masculinidad. Visto así, el género es de orden social – en oposición al sexo que sería de orden biológico – y dependiente de la cultura. Entender el género como una construcción social es lo que ha permitido a los feminismos contestar las ideologías que preconizan roles sociales explicados de manera biológica, una idea que permea no sólo los discursos de la extrema derecha católica de la cual Alejandro Ordóñez es la cabeza más visible, sino de la derecha liberal contemporánea colombiana (ver mi respuesta a la columna de Héctor Abad ¿Es machista la maternidad?).

Finalmente quiero abordar brevemente el término sexualidad. La sexualidad puede referirse a la identidad sexual – entenderse socialmente en tanto que homosexual, bisexual, heterosexual, o asexual – o a las preferencias sexuales. Muchas veces ambas coinciden, muchas otras no y esto no solo porque la persona no haya salido de closet (por ejemplo: una mujer/hombre que se entiende y vive como heterosexual puede tener deseos y prácticas sexuales con personas de su mismo sexo sin que esto altere su identidad de mujer/hombre heterosexual). La sexualidad puede o no tener una relación directa con el género. Es decir, una persona puede asumir una identidad de género contra-hegemónica al mismo tiempo que asume una identidad sexual hegemónica (por ejemplo: una mujer que decide no habitar la feminidad hegemónica y se presenta como adrógina o ambigua, pero se entiende y vive como mujer heterosexual). De la misma manera otra persona puede asumir una identidad de género normativa pero asumir una sexualidad contra-hegemónica (por ejemplo: un hombre que se entiende como hombre en términos sociales, pero que vive su sexualidad con otros hombres).

La expresión “ideología de género” se convierte entonces en una herramienta lingüística de la extrema derecha colombiana que tiene como fin, por un lado, simplificar fenómenos sexuales, sociales y culturales que son claramente mucho más complejos y, por otro, perpetuar la injusticia y la discriminación en nombre de unos valores que pretenden divinos, absolutos y universales. Y ya sabemos que la extrema derecha en Colombia está dispuesta a seguir imponiendo sus valores a las malas si es necesario.

Higienizando al Chavo del 8

Me levanto esta mañana y al sentarme al computador me encuentro con la noticia que el mexicano Roberto Gómez Bolaños, aka Chespirito, ha muerto. Lo reportan los diarios hispanos que leo regularmente. En Colombia, La Revista Semana y El Espectador. En España, El País.

Chespirito con sus programas, personajes, y su obsesiva aliteración de la che, marcó un hito en la historia de la televisión en Latinoamérica, y personajes como el Chavo, el Chapulín, el doctor Chapatín, creados, dirigidos, y encarnados por el propio Chespirito, marcaron la infancia de muchos latinoamericano.a.s de mi generación.

Yo en particular era fan de El Chavo del 8 y de El Chapulín Colorado, y de sus personajes epónimos. Mi aprecio por el Chavo iba de la par con mi admiración profunda por Cantinflas: ambos personajes tenían el poder de hacerme reír a carcadas y hacerme llorar desconsoladamente. Con el Chavo era imposible ser una niña con casa, comida, cama caliente, amor maternal y paternal, y no desarrollar un alto grado de empatía. Cada vez que el Chavo se metía en su barril a dormir a mí se me hacía un nudo en la garganta. Cada vez que era humillado por los otros niños que tenían todo lo que a él le faltaba yo quería romper el televisor a patadas. Aún así me reía y hasta apreciaba a personajes tan ambiguos como Quico y la Chilindrina.

Lo que es interesante del trabajo de Gómez Bolaños –y del de Cantinflas– es justamente su magistral uso de la ironía para hacer una devastadora crítica social del México de su época, que sigue aún hoy en 2014 siendo pertinente.** Más aún, esta crítica social era casi que autómaticamente adaptable a las otras sociedades latinoamericanas que terminaron por acoger a estos personajes como propios, pues si bien la vecindad del Chavo se ubicaba en México, podría ésta también haberse hallado en cualquier otra ciudad de América Latina.

Al leer los periódicos esta mañana veo con asombro –con medio asombro porque igual conozco los medios hispanos que leo– que toda esta crítica social que define el trabajo de Chespirito fue desaparecida como por arte de magia por estos medios en sus reseñas de la obra del creador recientemente muerto. Leo así en la Revista Semana –y aquí me toca interpretar porque además de todo y como suele suceder en esta revista el artículo está mal redactado– que Chespirito se inspiró de “Latinoamérica, su continente colorido con expresiones llenas de sabor y de personajes cargados de inocencia”. ¿”Continente colorido”? ¿”Inocencia”? ¿Pero qué les pasa? Los personajes de Chespirito son complejos en su simplicidad y se construyeron a partir de una mirada crítica anti-imperialista y social que de inocente no tiene nada. Su inspiración era la desigualdad social del continente más no su “colorido”.

El Espectador por otro lado se refiere al Chavo como “un niño humilde como cualquiera de estos países en vías de desarrollo”. ¿”Niño humilde”? El Chavo vivía en un barril, no tenía a nadie, y no tenía comida. Un niño humilde tiene un hogar, una familia, y mal que bien podrá comerse una arepa al desayuno todas las mañanas. El Chavo no era ningún niño humilde, el Chavo era un niño indigente y el que no vea eso tiene serios problemas de percepción. Y me pregunto yo ¿en qué país viven las personas que escriben estos artículos? ¿Han salido alguna vez de sus burbujas y de sus búnkeres? Tal vez se trata simplemente de personas que se quieren hacer los de la vista gorda con la realidad social de un país como Colombia donde la polarización social es una realidad tangible e innegable. Sea cual sea la razón personal de quienes escribieron estos dos artículos para decidir no ver esto, queda claro que la razón periodística de los medios para quienes esas personas los escribieron era la de higienizar al Chavo del 8.

Esta discusión me adentra en el terreno de la ideología. En la sección “Quiénes somos” de la Revista Semana que está curiosamente titulada como “El poder de Publicaciones Semana” se puede leer lo siguiente:

Publicaciones Semana S.A. nació en 1982 como una empresa de medios de comunicación que impuso con su primera revista, SEMANA, un periodismo vanguardista y analítico que rompió con los moldes de la prensa militante e ideologizada, y se sintonizó con un país que quería estar bien informado desde orillas más independientes.

La Revista Semana quiere entonces hacerse pasar por un medio sin ideología. Quienes estén informados acerca de los desarrollos teóricos sobre la cuestión de la ideología sabrán la gran falacia que tal afirmación implica, pues en la comunicación hay trabajo ideológico de una u otra tendencia. Pero aún sin estar empapado de estos debates académicos es evidente que este esfuerzo de higienización del Chavo del 8, tanto de la Revista Semana como de El Espectador, deriva de un posicionamiento ideológico muy preciso, un posicionamiento que no ve la desigualdad social –ni en Colombia, ni en América Latina, ni en el mundo– como un problema. Además, un posicionamiento que quiere despolitizar un producto cultural que surge en medio de ciertas condiciones políticas, históricas, sociales, y culturales y las aborda. Higienizar al Chavo del 8 equivale a poner en marcha cierta ideología, así estos medios prentendan ser inmune a ella.

Todo esto también pone evidencia una profunda falta de empatía en la sociedad colombiana -y aquí me permito la generalización- con quienes no tienen los mismos privilegios que aquellos que escriben en periódicos y revistas sí tienen.

Termino así mencionando un texto de Michael Taussig, un prestigioso antropólogo australiano Profesor+ en la Universidad de Columbia (New York), titulado I swear I saw this. Este texto son los cuadernos de su trabajo de campo extendido durante cuarenta años en Colombia, y se origina a partir de una experiencia que lo marcó por lo impactante: ver a dos adultos indigentes preparando su cama con un costal bajo un puente de esos que atraviesan Medellín. Esta es una visión común en Colombia y que tal vez termina desensibilizando a las personas.

Tal vez si queremos algún día salir de ese ciclo de violencia y horror en el que hemos vivido durante décadas deberíamos entonces empezar por adquirir –quienes nunca la han tenido– o recuperar– quienes la perdieron– cierta sensibilidad respecto a la miseria del otro.

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* El País de España también busca despolitizar al Chavo del 8, pero al menos concede que “Los personajes de la vecindad hacían una burla del enraizado clasismo de la sociedad mexicana”.

** Cabe anotar también que su crítica social era respecto a la cuestión de la clase mientras que la de la raza y la del género, muy pertinente en Mexico como en el resto de Latinoamérica, son pasadas por alto.

+ Entiéndase profesor como título universitario y no como profesión, como es el caso en Colombia.

Postscript

Si a alguien le interesan artículos académicos sobre la pretendida neutralidad del periodismo sírvase contactarme y sugeriré nombres.

La gruesa línea que separa la irreverencia de la llamada “incorrección política”

Revisando las entradas de este blog veo que dos tratan la cuestión de la “corrección política” en dos contextos diferentes: Colombia y Romandía (Suiza francesa). Una de estas entradas, La pose intelectual, se originó a partir de dos artículos del periódico Universo Centro de Medellín (Colombia). La otra, Irony in today’s world, la escribí como reacción a un texto publicado en L’Auditoire, el periódico de los estudiantes de la Universidad de Lausanne y del EPFL  (Lausanne, Suiza). Si bien existe una distancia cultural y temporal entre los artículos que me impulsaron a escribir estas entradas, también hay entre éstos cierta cercanía: la pretendida irreverencia de quienes los escribieron.  Se jactan así estos autores –en Colombia y en Romandía– de “osar” decir lo indecible, nombrar lo innombrable, en estas épocas donde la “policía del lenguaje” nos coarta la libertad de expresión. Estos héroes y heroínas se presentan entonces como los revolucionarios de la cultura, los pensadores que se atreven a ser públicamente políticamente incorrectos, la encarnación misma de la irreverencia.

Nada es más errado.

El debate de lo políticamente correcto en la cultura mainstream y académica Anglo-Americana data de un par de décadas, sin embargo, en el mundo hispano y en el francófono no parece haber emergido nunca. Es quizás por esto que se confunde –incluso en los círculos intelectuales— resistencia contra la opresión –sexista, clasista, racista, sexual– con higiene verbal. La expresión “corrección política” no es usada por personas –intelectuales y/o activistas– que creen que el mundo está regido por un sinnúmero de injusticias y que están comprometidas con el cambio social, precisamente porque es una expresión que enmascara y despolitiza esa misma injusticia. La corrección política es una expresión esgrimida por facciones conservadoras y reaccionaras que ignoran la injusticia, la naturalizan, y/o la defienden (visiten Conservapedia y Metapedia para que vean de qué hablo).  Así es que ser “políticamente incorrecto” no tiene nada de irreverente sino que se ajusta a los esquemas reaccionarios dominantes que perpetúan la discriminación en el mundo contemporáneo.

Estoy escribiendo (nuevamente) sobre esto en el día de hoy porque ayer una tuitera colombiana, la señora Rosa Moreno (@ismene2), mandó un tuit que, dado el contexto cultural y político colombiano, es un caso ejemplar de irreverencia. En efecto el avatar tuitero de la señora Moreno es irreverente, desde su auto-descripción como “mamerta” –término usado de manera derogatoria por los seguidores de Uribe para designar a todos aquellos en Colombia que se identifican como de izquierda– hasta sus comentarios puntiagudos acerca de las cotidianidades de la política colombiana. El tuit de doña Rosa subvierte expectativas de género, de edad, de clase y de posición política en un país cuya cultura oscila entre el fanatismo conservador y mojigato del Procurador Alejandro Ordoñez y el sexismo iluminado de la Revista SoHo. De manera brillante –y auto-referencial- doña Rosa usa la imagen de una señora de cierta edad, elegantemente vestida, y dignamente sentada mostrando el dedo del medio (la irreverencia de edad, género y clase se explica a sí misma) para referirse a lo que piensa de la democracia colombiana. El comentario es sin duda incisivo, en particular en un país que se jacta ante el mundo de tener la “más vieja democracia de América del Sur” y donde las cifras de crímenes políticos podrían romper records mundiales.

Así es que a todos aquellos intelectuales colombianos que hacen chistes acerca de la prostitución infantil en Medellín, acumulan comentarios misóginos, racistas, y clasistas en su perfil de Twitter (comentarios que son RT y FAV ad infinitum por la misma intelligentsia colombiana), que están convencidos de que SoHo es el estandarte progresista de la Colombia contemporánea, y que además creen que todo esto los hace contestatarios les digo:  no, señores, ustedes no tienen nada de irreverente. Ustedes no hacen más que perpetuar un sistema de explotación e injusticia. Ustedes son reaccionarios.  La señora Moreno, en cambio, que no lo pretende y da fe de un coraje digno de respeto, sí sabe de eso.

 

 

* Esta entrada fue corregida el 27 de noviembre 2014. Originalmente la entrada decía que el término “mamerto/a” había sido acuñado por José Obdulio Gavira. Avelino Rosas (@AveRosas) tuvo la gentileza de notar mi error explicándome que el término fue en realidad acuñado por Jorge Child.