El caso de Carolina Sanín, la ola antifeminista y la libertad de expresión

Carolina Sanín termina esta columna premonitoria publicada en 2011 con una secuencia de preguntas retóricas que, no sabía ella cuando la escribió, su propio caso habría de responder contundentemente cinco años más tarde.

La columna relata la ola de indignación que causó en las redes y en la radio la paliza que el entonces director técnico de la selección Colombia, Hernán Darío ‘El Bolillo’ Gómez, le propinó a una mujer. Inicialmente Sanín, como yo y muchas otras feministas en su momento, se sorprendió positivamente de ver que finalmente la gente parecía estar reaccionando ante la violencia contra la mujer. Sin embargo, al pasar de los días, cuenta, empieza a ver que tal vez “no es cierto que la masa tuitera y radiera haya empezado a preocuparse por las problemáticas de género” y que más bien muchos vieron que el caso de Gómez era “simplemente la oportunidad de ganarse una presea caballeresca por defender a una presa invisible”.

Se pregunta entonces Sanín cuánto “cantarían —o callarían— estos gallos si la víctima hubiera denunciado por sí sola a su agresor; si afirmara su libertad y quisiera defenderse”, si fuera fea, o bella, o sobresaliente en su profesión, si fuera empleada doméstica, si viviera su sexualidad libremente, libertinamente, y abiertamente, si, para no ir tan lejos, dice, “tuviera una cara y un nombre y un dedo para señalar.”

Ella, Sanín, tiene cara, nombre y un dedo para señalar. Pero no sólo se defiende a sí misma. También critica al sistema, con voz fuerte, sin dejar callarse, haciendo uso de insultos que se apoyan en analogías escatológicas, es decir, de una forma que destroza en mil pedazos el guión que en Colombia deben seguir las mujeres en general, y aquellas de su clase social y nivel formación, en particular, para poder hablar. Como la feminista de excelente formación crítica y capacidad de análisis que es, Sanín critica el machismo dominante estructural, pero también el machismo (y clasismo y racismo) ejercido por agentes, hombres (y mujeres), muchos de éstos poderosos y a quienes designa con nombre propio, como Samper Ospina. Esto lo hace sin compromiso y no posando para SoHo mientras tanto. Esta posición combativa – cualquiera que tenga dos neuronas conectadas en el cerebro bien sabrá que nadie va a lograr cambios de ningún tipo mientras se queda sentada en su silla cruzando las piernas y respondiendo “sí señor” a cada pregunta – ha convertido a Sanín en un blanco perfecto para el tsunami de antifeminismo que está flagelando a Colombia (y al mundo) en estos últimos años. Una especie de autoetnografía accidental ha hecho que las respuestas negativas implícitas en sus preguntas retóricas a las que me refiero en la apertura de este texto, le hayan explotado a Sanín en la cara en este último año en su pelea (vital, pero dolorosa para ella) contra el matoneo sistemático y repugnante que ha sufrido a manos del grupo anónimo de los semi-criminales – orgullosos de serlo – de los Chompos quienes están siendo, además, apoyados plenamente por la Universidad de los Andes.

El caso de Sanín prueba no sólo que en Colombia el avance en el ámbito cotidiano de la perspectiva de género es mínimo, sino también que las mujeres que hablan duro para denunciar, como ella y como Piedad Córdoba (en especial como Córdoba quien además es negra y de izquierda), son maltratadas y perseguidas en los foros de internet, en los ámbitos universitarios y por las instituciones con toda impunidad y bajo la mirada beneplácita de una gran mayoría de ciudadano/as.

No conozco a Sanín personalmente y dado que no tengo Facebook sólo tengo acceso a algunas de las columnas que ha escrito en uno que otro medio dominante estos últimos años. A través de Twitter, red a la que sí pertenezco, he visto extractos de ciertas cosas que pone en Facebook que algunos tuiteros comparten, seguí un poco lo que pasó en la feria del libro de Bogotá en 2016, y he seguido como he podido el caso horripilante de los Chompos. Es desde este panorama de información incompleto desde el cual escribo.

Los eventos de abril de 2016 en la feria del libro – un tipo la quiere callar quejándose porque nadie había dicho que el tema de la charla era el “feminismo trasnochado” de Sanín y el debate que se arma a partir de ese hecho – son sólo el abrebocas de lo que le espera a Sanín con los Chompos y con la Universidad de los Andes. En aquella ocasión presencié en Twitter la baja aceptación de Sanín en esa red y cuánta bilis generaba en mucha gente (en su momento escribí un hilo al respecto). Si bien todas las feministas sufren de acoso cirbernético en Colombia y en el mundo, el contraste entre la percepción de Sanín respecto al de otra feminista, que sí hace compromisos con el patriarcado a pesar de su performance de ser vocalmente crítica, y quien es una de las figuras que más domina los espacios de debate feminista en los medios colombianos es enorme. (No pretendo minimizar por un segundo los insultos y amenazas que esta otra feminista recibe, y es precisamente por esta razón que prefiero no nombrarla).

Cuando la historia de los Chompos estalló me quedé aún más aturdida al ver que para mucha gente Sanín se merece tanto el maltrato como el despido porque, argumentan, ella también insulta a través de su cuenta de Facebook. Pongo el termino “también” en itálicas porque en ninguno de los insultos que se le atribuyen (que muchos usuarios comparten fuera de contexto por Twitter) he visto que ella esté insultando a sus estudiantes o llamando a la violencia directa, cosa que los Chompos sí han hecho, por ejemplo, con la famosa foto de ella misma con un ojo negro y el mensaje “When el heteropatriarcado opresor te pone en tu lugar”.

El insulto que más parece haber marcado a los críticos de Sanín es el de decirle a alguien – muchos piensan que fue a Héctor Abad pero ella lo desmintió en una entrevista en la Blu Radio – que había sido “parido por el ano”. Que critique a Abad (lo llama Babad según la misma entrevista o Héctor A-Bad Writer según Twitter) es una de las cosas que más parece dolerle a mucha gente. Abad, como dije recientemente en otro texto, ha adquirido un aura de semi-dios en Colombia y que una mujer con cierto poder social, además feminista, venga a criticarlo con semejantes insultos parecería que es imperdonable. Esa fue la sensación que me dejó esa entrevista que le hicieron en la Blu Radio en la cual el periodista insistía, a pesar de que ella repetía incontables veces que no era a Abad a quién lo había dirigido, en preguntarle por qué insultaba así a Abad con el fin evidente de sacarla de casillas y “probar” que ella es “conflictiva”. Valdría la pena analizar la entrevista pues es un excelente ejemplo de cómo y por qué ésta parece concebida para dar un espacio de palabra a Sanín y acto seguido minarlo para que ella se autodestruya. La entrevista es un ejemplo más de por qué hablar como feminista y criticar al sistema, en un contexto tan hostil como el colombiano, acarrea un costo emocional enorme. Esta era la primera vez que yo oía a Sanín y la imagen que me dejó es que en realidad tiene mucha paciencia (y que el periodista que la entrevistó es un idiota profundo).

Los eventos del annus horribilis que fue 2016 para Sanín – lo de la Feria del Libro, el enfrentamiento cibernético con los Chompos y el matoneo de éstos hacia ella que se traduce en un enfrentamiento con la universidad de los Andes y culmina en su despido – epitomizan precisamente el tema que quiero tratar en este texto: cómo el antifeminismo actualmente rampante en Colombia se articula con el debate sobre la libertad de expresión defendido a capa y espada por la derecha (conservadora y liberal) y tan a la orden del día en el mundo contemporáneo.

La ola antifeminista actual no es exclusiva del contexto colombiano. Sin embargo, y a diferencia de contextos como el norteamericano y el europeo, ésta se incrusta en Colombia en estructuras sexistas que nunca han sido realmente puestas en jaque (ni siquiera medianamente sacudidas) pues, a diferencia de los contextos propiamente occidentales, el feminismo en Colombia nunca ha alcanzado una expansión suficiente para que permee los discursos cotidianos y la cultura mainstream urbana. Basta con echar un vistazo a la producción de columnas de opinión, de literatura, de cultura popular, de cine desde una perspectiva feminista para constatar la extensión de su precariedad (oxímoron intencional) en el contexto colombiano. Basta con observar cuántas mujeres comentan en Twitter Colombia que prefieren hablar de humanismo en vez de feminismo – como si las víctimas de los asesinatos de Juárez o las de violación del paramilitar Ramón Isaza fueran seleccionadas por ser humanas y no por ser mujeres – y cuán exitosos son esos comentarios. Esto implica que el backlash antifeminista emerge en Colombia con una virulencia particular.

El telón de fondo de la confrontación entre Sanín, de un lado, y los Chompos y la Universidad de los Andes, del otro, es el debate de la libertad de expresión que cobró una fuerza inusitada en el mundo occidental (en el que mal que bien la Colombia urbana se inscribe parcialmente) con los ataques a Charlie Hebdo en enero de 2015. En aquel entonces las voces liberales (y las conservadoras) de Colombia y el mundo se unieron en un coro uniforme que condonaba el matoneo cotidiano (por todos los posibles canales) a las comunidades musulmanas de la Francia contemporánea – comunidades estas provenientes de los mismos países ocupados, saqueados y doblegados por la Francia colonial, y que se han convertido en el chivo expiatorio de todos los males del país – en nombre de la libertad de expresión. Justo después de los ataques de París en enero de 2015, un chico francés de 16 años hizo una meta-sátira (una sátira de una sátira del mismo Charlie Hebdo) de los ataques y el resultado fue que lo arrestaron.

Una situación similar es lo que el caso de Sanín pone en evidencia. A los Chompos, cuyo matoneo es – como hasta Revista Semana ha reportado – clasista, sexista, racista, etcétera, la Universidad de los Andes les da carta blanca en nombre de la libertad de expresión, pero a Sanín, quien critica la violencia simbólica de los Chompos y el modelo de negocio (entre otras cosas) de la misma universidad, se le despide so-pretexto de que ella “afecta [supone uno que negativamente] la convivencia” (ver). Tal afirmación – notoria por su vaguedad y que no constituye prueba alguna – contrasta con el hecho confirmado de que la cuenta de los Chompos sí trae efectos negativos para la convivencia universitaria. Esto pone el dedo en el punto que está en juego y respecto al cuál escribí en el momento de los ataques a Charlie Hebdo en París: la falsa idea martillada por los intelectuales del corte de Abad de que la libertad de expresión es un valor absoluto y por tanto independiente de los contextos históricos, sociales, culturales, políticos y económicos en los que se define.

Lo que el caso de Sanín versus los Chompos y Andes prueba es que formular una crítica del statu quo – la violencia simbólica, el sexismo, el racismo, el clasismo, el neoliberalismo, la lógica de la rentabilidad como esquema educativo en un país donde los niveles de educación son vergonzosamente bajos – y que esto lo haga una mujer que habla duro, reclama sus derechos, grita, exagera, patalea, dice palabrotas para no dejarse aplastar, sobrepasa los límites de la libertad de expresión tal y como se entiende en la Colombia contemporánea. En contraste, la cuenta de los Chompos que perpetúa la violencia simbólica – que no sólo es violencia en sí misma sino que funciona como un mecanismo que busca (y termina por conseguir) un consenso general que legitima la violencia física, sexual, económica que sufren las mujeres (todas las clases sociales confundidas), los negros, los indígenas, los pobres, los minusválidos, los campesinos, los líderes sociales – sí tiene espacio para producirse y reproducirse sin ningún límite. En otras palabras la libertad de expresión tal y como está aceptada por consenso en la Colombia urbana contemporánea indica que los valores que hay que defender y a los cuales se les abre espacios son aquellos que perpetúan esa violencia simbólica y por ende todas las violencias. Es ésta la razón por la cuál el apogeo antifeminista va actualmente a todo vapor.

Concluyo – abruptamente, porque esta entrada ya está muy larga – con un mensaje de apoyo para Carolina Sanín (y lo extiendo a todas las feministas en Colombia, incluso a aquellas que defienden un feminismo liberal y que hacen compromisos con el patriarcado), pues enfrentar esa ola de misoginia tiene un costo emocional brutal y exige mucho coraje.

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Miremos la paja en el ojo propio

Hace poco más de un año escribí una respuesta a un lamentable artículo de Héctor Abad Faciolince acerca del machismo de la maternidad. Hoy en este 8 de marzo de 2017 quiero compartir nuevamente ese artículo, no para provocar a Abad, sino para anotar que, como le dije antes a alguien que entendió un tuit que envié al respecto desde esa perspectiva, es importante llevar a cabo el debate acerca de cómo el machismo es reforzado por aquellos que viven de (les pagan por) pensar y explicar el mundo a los otros, es decir, aquellos quienes juegan el rol del “intelectual universal” en la Colombia contemporánea. Estas personas no solamente tienen el poder de formar la opinión sino que en el caso colombiano, donde los niveles de formación son considerablemente bajos (como las pruebas PISA lo han dejado muy en claro), terminan erigiéndose casi que en semi-dioses que todo lo saben y cuya palabra es prácticamente divina e irrefutable.

Abad y yo hemos tenido unas cuantas diferencias a través de Twitter y cuando respondí a su texto sobre la maternidad machista se lo envié directamente con la esperanza de que se tomara el tiempo de leer y de responderme por escrito, así yo sea un perfecto cero a la izquierda en el ámbito de la opinión pública en Colombia. Pero nunca lo hizo. Lo más probable es que no lo haya leído porque confrontarse a la crítica informada no es tarea fácil y los intelectuales, los políticos y los formadores de opinión en Colombia no quieren ser confrontados con argumentos sino que lo que buscan es un “comité de aplausos” (para usar una expresión que aprendí en Twitter Colombia y que me encanta porque encapsula perfectamente el asunto en cuestión).

Esta incapacidad de muchos y muchas (no es un problema único de los intelectuales hombres) de querer interrogar sus propias certitudes, de tomar distancia respecto a sus propios argumentos y de  aceptar la crítica para avanzar en el pensamiento es en parte alimentado por la pequeñez del círculo de letrados que domina ese espacio de producción intelectual en la Colombia contemporánea.

Invito entonces a quienes les interese, y nuevamente a Héctor Abad, a leer esa crítica mía en respuesta a su columna profundamente machista a ver si en vez de seguir viendo la paja en el ojo ajeno — como cuando tuitea “Preparando el 8 de marzo. El machismo en el deporte internacional” en vísperas de los eventos del Día Internacional de la Mujer — los intelectuales en general, y él en particular, empiezan a reflexionar acerca de cómo ellos mismos desde sus posiciones de poder perpetúan cotidianamente el machismo que salen a criticar todos los ochos de marzo.

Reafirmando la dominación masculina

En mi última entrada traté los temas de ideología, género y sexualidad a la luz del debate álgido y la protesta ofensiva en contra de quienes viven por fuera de las normas sexuales dominantes que tuvo lugar la semana pasada en Colombia. Hoy La Blu Radio me da la oportunidad de mostrar cómo las ideologías hegemónicas — en este caso la ideología de dominación masculina y heterosexual — son reforzadas cotidianamente y de forma sutil — en contraste con la manera frontal y, sí, violenta de la semana pasada — en el terreno de la cultura.

La historia es la siguiente. Un niño brasilero, fan de fútbol, es entrevistado mientras se encuentra en un evento deportivo en Río 2016. El niño habla de Marta (considerada como una de las mejores jugadoras de fútbol femenino del mundo), de la pasión con la que ella juega fútbol, de cómo ella sí, “más que Neymar”, merece llevar la camiseta de Brásil, y de cómo la selección femenina de fútbol de Brasil es el símbolo del feminismo en ese país. El niño además lleva una camiseta de Brasil donde el nombre de Neymar aparece tachado y reemplazado por Marta con un corazoncito al lado (aquí se puede ver el video).

Reportando la noticia La Blue Radio envía un tuit en el cual el potente mensaje feminista que el niño con su gesto (en la camiseta) y sus palabras (en el video) transmite es desmantelado. Vale la pena analizar brevemente la composición textual y visual el tuit en cuestión. El texto dice “#Video Niño tachó el nombre de Neymar y puso en su lugar el de una mujer”, mientras que la foto es una de Neymar acostado en el césped luego de sufrir una falta durante un partido. A pesar de que el foco del video y el gesto del niño es Marta, el tuit recuadra la historia de manera que el foco es Neymar. Adicionalmente el nombre de “Marta”, que es propio, específico, referente de la mejor jugadora de fútbol de la selección femenina de Brasil (e incidentalmente una de las mejores del mundo), es remplazado por el sustantivo genérico “mujer”, un gesto que no sólo desestima el hecho de que el niño admira a Marta por su proezas futbolísticas en la cancha, sino que recuadra a Marta en un rol de mujer anónima que hace soñar a un ser de sexo masculino sólo por el hecho de ser mujer. Que este reenfoque refuerza la heterosexualidad es innegable.

Lo que @BluRadioCo hace con este tuit, entonces, es intervenir en el terreno de la cultura para restaurar la estructura de dominación masculina que el niño esta contestando. Es una manera sutil de reafirmar el status quo frente a pequeños (o grandes) gestos que buscan desestabilizarlo. La dominación masculina (y heterosexual) tiene maneras violentas y sutiles de actuar, mantenerse y reproducirse. Esta es una manera sutil de hacerlo, pero es también más perniciosa y más cotidiana que las formas violentas como las de la marcha de la semana pasada.

Postcript:

Gracias a Julián Ortega Martínez (@julian_ortega_m) quien me explicó que la afirmación inicial contenida en este texto, que Marta era considerada “incontestablemente” como la mejor jugadora del mundo, era incorrecta.

Entre orgasmo múltiple y eventual impotencia, escojo el primero

Leí la columna de Héctor Abad publicada el 30 de enero en El Espectador cuyo título  –“¿Es machista la maternidad?”– asume falsamente que el machismo es algo natural, y no social; y parte de la también falsa premisa de que la “maternidad” se limita al periodo de gestación, es decir, que empieza con la fecundación y termina con el parto. El contenido, por su lado, está plagado de definiciones erróneas, de ideas trilladas que no deberían tener cabida en un artículo de opinión escrito por uno de los intelectuales más respetados del país, de conclusiones ilógicas que siguen el mismo derrotero sobre el cual se han justificado y mantenido relaciones de dominación masculina que están lejos de extinguirse.

Abad aborda en esta columna dos temas conectados. El primero parece surgir de un desacuerdo entre él y Florence Thomas sobre la baja representación de mujeres en los concursos literarios. No voy a adentrarme en esa discusión, que a juzgar por lo que Abad relata, estaría más alineada con la postura de él que con la de ella. Lo que me interesa abordar aquí es el segundo tema, la explicación biológica de la superioridad de los hombres respecto a las mujeres en lo que concierne el “éxito profesional” y la conexión de este argumento con el asunto de la maternidad.

Abad afirma que “hay menos mujeres escritoras que hombres, […] menos matemáticas, menos ajedrecistas […] menos premios Nobel de literatura [y] de física” y pregunta a modo retórico y con tinte socarrón “¿Por qué será?”. La pregunta es retórica porque él tiene una respuesta, y el tinte es socarrón porque implica que si hay “menos mujeres” en las áreas que él denota es porque en realidad hay una relación causa-efecto entre diferencia sexual (que él parece asumir incontestablemente binaria) y capacidades intelectuales.

De manera simplista y conveniente, Abad ignora o escoge ignorar los efectos de la acumulación histórica del privilegio y de la exclusión. También ignora los trabajos que desde enfoques académicos informados han explicado las exclusiones históricas a las cuales han sido sometidas las mujeres, no por “los hombres”, como él falsamente dice que las feministas argumentan, sino por un sistema de sexo/género que ha estructurado a las sociedades jerárquicamente y que ubica a los hombres en la posición dominante y a las mujeres en la posición subordinada –lo que se denotaba como patriarcado en los años setenta, y ahora como machismo (más común en español) o sexism (en inglés)– y que es perpetuado tanto por hombres como por mujeres. No pienso entrar en detalles de estos trabajos históricos porque hay innumerables personas que ya lo han hecho y muy bien. Un buen ejemplo es este artículo de Estefanía Vela Barba, que @jeinzu compartió conmigo y con Abad, pero del cual este último no pareció haber acusado recibo y sobre el cual tampoco parece haber querido comentar.

Ignorar esta historia permite a Abad responderse a sí mismo su pregunta de la manera que le conviene. La respuesta que propone, sin embargo, no la formula como afirmación contundente sino que recurre nuevamente a la ironía socarrona para (dizque) desmontar el argumento feminista de que la explicación se encuentra en los procesos socio-culturales y no en una fatalidad biologista. Responde entonces diciendo que “lo curioso es que incluso donde esos prejuicios [los machistas] parecen haber cedido bastante, hasta el punto de que la escolaridad femenina llega a ser más alta que la masculina, la cuota femenina de “éxito profesional” (llamémoslo así) siga siendo más baja” (énfasis mio). El problema es que esta respuesta, que él presenta como argumento contundente, no es argumento ni es contundente. El modo deliberadamente vago de redacción –usar “donde” como elipsis genérica que el lector tiene que completar con algún país del llamado “primer mundo”; el “parecen” que ubica la desigualdad entre los sexos en ese cualquier lugar al que se refiere el “donde” del lado del rumor y no del hecho confirmado; las comillas de “éxito profesional” y la aclaración parentética que acompaña la expresión que implican que ni él mismo sabe a qué se refiere específicamente– le permite hacer generalizaciones burdas sin comprometerse a dar cifras precisas a las que no tiene acceso o que complicarían el argumento. Más aún, el hecho de no hablar de ningún país en particular le permite sacar la discusión del ámbito socio-cultural y extenderla a la humanidad entera, la cual separa en función de la diferencia sexual.

Pero la pregunta queda y es pertinente: ¿con base en cuáles datos afirma Abad que en lugares donde el acceso a la escolaridad es más alto para las niñas/mujeres que para los niños/hombres, ellas tienen menor “éxito profesional”? ¿Cómo se atreve a afirmar que una variable que ni siquiera está definiendo –“éxito profesional”– puede ser mensurable y estratificada en función del sexo? Nótese además que a pesar de que su pregunta era algo similar a “por qué hay menos mujeres matemáticas, físicas, o premios nobel de literatura”, la respuesta mágicamente se convirtió en algo así como “aunque hay más mujeres que van a la universidad ellas tienen menos “éxito profesional” que ellos”.

Ahora bien, cifras del número de estudiantes estratificados por sexo suelen existir en las universidades y cualquiera que las vea sabrá que hay diferencias en función de las áreas de estudio. Sin embargo, esas diferencias también varían entre países, porque cada país hace una valoración distinta de las formaciones universitarias en función de ideologías dominantes (respecto al género, a la nación, y al tipo de ciudadano/as que necesita), y esto, por supuesto, determinará un mayor o menor número de estudiantes hombres y mujeres en una área u otra. Es por esta razón que en Colombia, donde la ideología dominante está completamente permeada por la cuestión de la modernidad (de allí la obsesión con la ideas de “emprendimiento” e “innovación”), las ingenierías, la administración, y las áreas técnicas han sido por lo general más valoradas que las áreas humanas. La Universidad EAFIT de Medellín es el ejemplo perfecto: una “Escuela de Administración Finanzas y Tecnologías” que hasta finales de los noventa no tenía ninguna formación en ciencias humanas y que siempre ha atraído tanto a hombres como mujeres. Este no ha sido el caso de una institución del mismo tipo que EAFIT (en orientación), como la Escuela Politécnica Federal de Lausana, en pleno corazón europeo.

Pero si Abad no está usando cifras reales para sustentar sus afirmaciones, queda entonces asumir que está haciendo uso de observaciones personales y de su propia experiencia social, y que a partir de allí está sacando conclusiones que extiende a la humanidad entera. Abad empieza su columna con la intención de demostrar que sus creencias respecto a las cuestiones de la diferencia sexual no son creencias sino observaciones cuasi-científicas de la realidad, una realidad que existiría más allá de él mismo y que no tendría nada que ver con la manera como él la interpreta. Es así que inserta en el párrafo con el que cierra la columna la conclusión a la que siempre quiso llegar: “si notamos que hasta en Europa, en Estados Unidos o en Japón las mujeres científicas o escritoras son menos que los hombres, quizá las explicaciones biológicas no sean desdeñables.” Cabe anotar aquí que la cultura japonesa es reputada por la intensidad de su sexismo, lo cual va en contra del argumento de Abad. Esta conclusión se extiende por supuesto a la calidad del trabajo de estas mujeres: no sólo son menos numerosas sino que también son menos buenas (menos “éxito profesional”, menos premios Nobel de literatura).

Desde el modelo de Abad entonces —que habla en términos de la humanidad entera y en el cual el material biológico tiene un poder explicativo más grande (e incluso total) que el social– si yo tomo una escritora estadounidense de manera aleatoria y la comparo con un escritor colombiano, también escogido de manera aleatoria, la probabilidad de que él sea mejor que ella sería más elevada. Yo me atrevo a dudarlo. De la misma manera que me atrevo a dudar que si comparamos a mujeres que escriben en inglés con hombres que lo hacen en español tengamos una razón (ratio) donde los hombres son más y mejores que las mujeres. Pero este es un tema mucho más complejo que nuevamente trae a colación cuestiones de poder y conocimiento (Foucault), de los imbalances de poder entre Norte y Sur, que afectan no sólo la misma producción del conocimiento sino su circulación (el trabajo de Walter Mignolo en este respecto es invaluable). Lo hago a manera de provocación (sin estar necesariamente completamente convencida) para poner la argumentación al nivel que la pone el texto de Abad. El debate acerca de la “inferioridad” de las mujeres en la escritura es viejo en el mundo anglo-americano y no hace falta entrar en más detalles.

Lo que es importante es que, con su explicación de fatalidad biológica, Abad se desentiende completamente del hecho confirmado históricamente de que el género/sexo de un escritor sí facilita o dificulta la aceptación de un manuscrito por parte de un agente literario, y la difusión del mismo en la sociedad. Por ejemplo, George Eliot (née Mary Ann Evans), escritora inglesa del siglo diecinueve y autora Middlemarch (considerada por muchos como una de las más grandes novelas de lengua inglesa), usaba un nombre masculino para ser tomada en serio. O los más recientes casos de J. K. Rowling –Harry Potter– y E. L. James –50 Shades of Grey— a quienes se les sugirió usar iniciales en vez de sus nombres completos para contrarrestar el sesgo de sexo/género que tienen las audiencias. Un caso aún más flagrante y más reciente lo narra una joven novelista quien cuenta cómo cuando envió su propuesta de novela con un nombre de mujer a 50 agentes literarios diferentes recibió 2 respuestas expresando interés en el manuscrito, y cuando envió la misma propuesta a otros 50 pero usando nombre de hombre recibió 17.

Pero comparar la calidad de escritores es una tarea compleja que depende de miles de factores, así es que volvamos al tema de la maternidad que es con el que Abad termina su columna. Vale la pena poner la cita completa desde la mitad del párrafo hasta la frase que cierra el texto:

“Podría pensarse también en el tiempo que las mujeres suelen dedicar a la crianza, al amor, al acicalamiento de sí mismas o al cuidado de la familia. Creo que el embarazo y la lactancia no fueron decididas por la cultura machista (quizá por un dios machista, sí). Pero ¿es machista decir que el embarazo y la crianza hacen que las mujeres, en su mejor edad, tengan menos tiempo para dedicarse a un ejercicio intelectual exigente? La maternidad no es un destino, pero tampoco es un rol cultural.”

Si bien es claro que el período de gestación tiene un costo físico enorme para quien porta el bebé (y sabemos que las condiciones de desigualdad global están reestructurando las relaciones de dependencia económica y transformando los roles humanos de manera que las mujeres ricas del norte pueden ir a alquilar vientres a Tailandia y así no incurrir en los costos elevados que trae la gestación), también es claro que las nuevas generaciones (de hombres y mujeres), influenciadas por las luchas feministas, consideran que la crianza es asunto de las dos personas que establecen relaciones de co-parentalidad (esta anotación también la hizo Nina Chaparro respecto al texto de Abad). Esto también abarca a las madres que deciden lactar. En mi caso, el padre de mi hijo y yo hemos tenido una repartición equitativa en lo que concierne la crianza de nuestro hijo –incluso en el momento actual en el que no existimos más como pareja– desde la hora de salida del hospital, cuatro días después del parto. Y esto incluye el hecho que durante la lactancia nocturna era él quien se levantaba a traerme al bebé para que yo lo alimentara en la cama, y él quien volvía a llevarlo a su cuna después de que hubiera terminado de lactar. Él también incurrió en un gasto físico enorme asociado a la falta de sueño, al exceso de los quehaceres del hogar, al profundo cansancio general que acarrea para la mujer y el hombre (o para la mujer gestante y la no gestante en el caso de una pareja lesbiana) la llegada de un bebé al núcleo familiar. Más que la gestación y el parto, lo más difícil de la maternidad (parentalidad) es la crianza.

Entonces reproducirse y asumir el rol social de madre/padre no deriva de un sistema de dominación masculina per se, aunque los costos de gestación y parto –que son de duración determinada– sean mayores para las mujeres. Sin embargo pensar, como Abad, que la crianza –que sí es a largo plazo– es responsabilidad única de la mujer (o del cuerpo gestante), y que eso tiene una explicación de orden biológico y no socio-cultural, sí es fruto de un modo machista de interpretar y operar en el mundo.

Ahora, si el objetivo es discutir cuál de los cuerpos sexuados salió “ganador” en lo que respecta a las consecuencias de las diferencias sexuales –dentro del modelo de oposición sexual binaria en el que el argumento de Abad se inscribe– yo, como sujeto que habita un cuerpo con experiencia de primera en mano en gestación, parto, y lactancia, afirmo que aunque el costo físico de estas tres tareas es elevado, también ocurre pocas veces en la vida. En cambio hay otro par de diferencias que claramente posicionarían al cuerpo con clítoris en posición de ventaja innegable respecto al cuerpo con pene (para ponerlo en términos biológico-genitales bien reduccionistas). La ventaja es que las mujeres tenemos el placer inextinguible y perdurable en el tiempo del orgasmo múltiple, mientras que los hombres el problemita de la eventual impotencia. Para ponerlo en el lenguaje inepto de la columna: la naturaleza (o el dios que menciona) no es machista, si tuviera que ser algo, sería feminista. El machismo vino después, porque el machismo es social, no natural.