El periodismo militante de La Silla Vacía a favor de la imagen y el legado de Uribe

Colombia es un país donde la controversia no descansa. Todos los días hay algo que sorprende e indigna profundamente. Una de las varias controversias de la semana pasada tuvo que ver con Matarife: un genocida innombrable, la mini-serie para Whattsapp y Telegram acerca de Álvaro Uribe Vélez, escrita por Daniel Mendoza. Desde que fue anunciada, las redes han estado en ebullición y durante los días previos a su lanzamiento (el 23 de mayo) la polémica estuvo, aparentemente, sin cuartel.

No comento la serie porque no la he visto; además, no creo que me vaya a aportar mucho. Primero, crecí en Medellín y llegué a la temprana adultez a finales de los noventa, cuando Uribe era Gobernador de Antioquia, es decir, cuando implementó las CONVIVIR y cuando tuvo lugar la masacre del Aro (durante la cual un helicóptero de la gobernación sobrevoló el lugar de los hechos mientras los habitantes eran exterminados). Segundo, llevo doce años estudiando la cultura, los medios, la política y la historia de Colombia. Aunque no me tocó vivir en Colombia durante el periodo de Uribe, conozco bastante bien su legado.

No pienso tampoco entrar en el debate de la calidad narrativa o estética del producto, aunque sí debo decir que siempre me dejan aterrada los ataques demenciales y llenos de bilis contra Carolina Sanín cada vez que da su opinión acerca de lo que sea. Sobre esto ya he escrito en este blog. Tampoco tengo la intención de comentar el machismo de Mendoza: cualquiera que haya crecido en Colombia, independientemente de su sexo, sexualidad, y posicionamiento político, tiene una enorme dosis de machismo integrado y deshacerse de eso requiere largos años de estudio y de introspección, además de ganas. He tenido por Twitter que lidiar con hombres de izquierda, claramente formados, claramente brillantes y claramente decididos a no ver su propio machismo, hasta el punto de querer explicarme —a pesar de que mi producción académica es mayoritariamente en revistas de teoría y estudios feministas de talla internacional— qué es el feminismo.

El tema que quiero abordar aquí es otro: el legado de Uribe. Es precisamente en nombre de ese legado que La Silla Vacía publica un texto de Tatiana Duque, el viernes 22 de mayo, donde tanto autora como medio buscan deslegitimar a Matarife por haber sido creada por un periodista que “tiene vínculos con la izquierda”, que se basó en el trabajo de periodismo investigativo “de dos investigadores abiertamente activistas antiuribistas” —Gonzalo Guillén y Julián Martínez— y que ha sido compartida a través de Twitter por Gustavo Petro y Hollman Morris.

En un tono que desvela preocupación, comenta la autora que, a juzgar por la cantidad de trinos dedicados a la serie, ésta podría volverse viral y podría contribuir a afianzar en las generaciones nacidas después de la “Seguridad Democrática” “la idea que la izquierda ha promovido sobre el legado de Uribe”. También augura que la serie abrirá un debate en torno a la libertad de expresión, a “los alcances y límites éticos del periodismo” (no sé qué quiere decir con eso) y a la posibilidad que brindan los canales de mensajería para la viralización de contenidos políticos.

Desafortunadamente, la deontología profesional es completamente ajena a la práctica periodística en Colombia y el texto, tal y como fue publicado, ya no existe. En efecto, el original fue editado a causa de los numerosos comentarios negativos de usuarios de Twitter que apuntaron al hecho de que éste se refería a lo que se conoce en Colombia como “falsos positivos”, “chuzadas” y “Agro Ingreso Seguro” como “episodios complejos judicialmente” y sugería que la serie iba a reforzar “prejuicios” sobre Uribe. Una buena práctica periodística llamaría a la publicación de una errata independiente con acceso directo desde el artículo en cuestión. Si se recurriera a la edición del artículo mismo, debería indicarse en una nota al pie de página cuál fue el error y la fecha de la corrección. Pero la edición en la que incurrió La Silla Vacía, no sólo no corresponde a la corrección de un error (lo corregido no es un error), sino que el texto ya no muestra traza alguna de que hubo una versión original en la que se refirieron a lo señalado arriba como “episodios complejos judicialmente” y consideraron lo que pasó en Colombia bajo el mando de Uribe como “prejuicios” hacia él. Así, si en diez años se investigara el periodismo digital en la Colombia de la primera parte del siglo veintiuno, no habrá referencia directa a la elección original de los calificativos aplicados a lo que se menciona.*

En efecto, la corrección se hizo porque las expresiones funcionan en el contexto como eufemismos que buscan atenuar la responsabilidad de quien fuera jefe máximo del estado colombiano durante el periodo en el que ocurrió lo que se está calificando. La utilización de eufemismos para calificar hechos o personas no corresponde a un error, sino que revela el posicionamiento ideológico frente a dichos hechos y/o personas de parte de quien está escribiendo/publicando.

Recurrir a eufemismos para referirse a las prácticas sistemáticas y sórdidas/criminales del estado, de los políticos y de las clases dominantes es común en el periodismo colombiano. El término “polémico” es uno de los ejemplos más flagrantes y que más pasiones enciende. No obstante, lo que más choca en el caso en cuestión es que la expresión “episodios complejos judicialmente” estaba calificando hechos aterradores en una democracia —aunque principalmente nominal, Colombia es una democracia— que se han sedimentado en el imaginario colectivo colombiano —gracias al trabajo incansable de los medios de comunicación— en expresiones ya eufemizadas al extremo de manera que ocultan la magnitud colosal de lo que hay detrás.

La expresión “falsos positivos” se usa para denotar el asesinato masivo y selectivo de miles de personas (mayoritariamente hombres), pobres o muy pobres, por parte de las fuerzas armadas entre 2002 y 2010; las “chuzadas” se refiere al esquema de interceptaciones ilegales, a gran escala, llevado a cabo durante años contra periodistas y opositores políticos; “Agro Ingreso Seguro” denota el desvío masivo y millonario, hacia familias propietarias de grandes latifundios, de los fondos de un programa estatal para incentivar el agro. Todas estas expresiones son empleadas en el artículo y, aunque éste haya sido editado con el fin de atenuar la doble-eufimización, el asunto central permanece: su objetivo es hacer un trabajo ideológico que deslegitime a quien enfatiza el horror que, aunque ubicuo en Colombia, alcanzó límites insospechados con Uribe.

Los hechos listados arriba en su expresión cruda —no eufemizada— son elementos incontestables de la historia de Colombia que ocurrieron durante los dos periodos presidenciales de Álvaro Uribe Vélez y constituyen, entonces, no “prejuicios”, sino parte de su legado. Dicho de otro modo: independientemente de cómo se evalúen en términos éticos y morales (en función de la propia ideología), su ocurrencia no está en tela de juicio, pues que ocurrieron cuando Uribe era el jefe máximo del estado ha sido probado hasta la saciedad. Aunque la persecución sistemática de la oposición y la implementación de esquemas que redistribuyen entre grandes latifundistas los recursos del estado destinados a pequeños y medianos agricultores haya sido investigado sólo en el país, el caso de las más de tres mil personas pobres asesinadas a sangre fría (para inflar el body count en la guerra anti-insurgente que lleva décadas en Colombia), durante las dos presidencias de Uribe y del ministerio de defensa de Santos, ha sido objeto de investigación de múltiples organizaciones no gubernamentales internacionales. En 2015, Human Rights Watch describió a los mal llamados “falsos positivos” como “uno de los peores episodios de atrocidad en masa del hemisferio occidental en décadas recientes”. El horror de este caso no se limita a los crímenes en sí mismos, sino que incluye las trabas que el estado colombiano ha puesto (durante y después de Uribe) para la verdad, la justicia y la reparación, propiciando de esta manera que éstos sigan en la impunidad. Esa impunidad —que revictimiza constantemente a las familias de aquellos asesinados por quienes tenían la obligación de protegerlos— también hace parte del legado de Uribe y esto, nuevamente, es independiente de cómo se posicione uno ética y moralmente frente a ella.

Sin embargo, La Silla Vacía busca enmarcar esos hechos como meras interpretaciones de la izquierda colombiana y de activistas anti-uribistas con una agenda política. Este es el objetivo del artículo. En efecto, la idea del “periodismo militante” es una de las más destacadas, pues no sólo aparece en el título mismo —“Entre opacidad, militancia y acusaciones a Uribe de genocida, arranca Matarife”— y en el encabezado de una de las secciones —“El debate sobre libertad de expresión y el periodismo militante”—, sino que constituye el núcleo del argumento mismo en la sección dos —que se lee cual memorial de agravios—, dedicada enteramente a dar detalles que probarían que Mendoza es alguien de izquierda y que tiene una agenda política: en su rol de abogado ha defendido a figuras de izquierda como Clara López y Piedad Córdoba, funge como abogado actual de Guillén y, aunque no conoce personalmente a Gustavo Petro, se entiende como “petrista” (término también circulado sin cesar por los medios y por la derecha reaccionaria y la liberal para denotar a quien es de izquierda).

El absurdo de lo anterior se cristaliza en el hecho de que el artículo en cuestión es uno más entre muchos que muestran que La Silla Vacía hace un periodismo tan militante como el que buscan deslegitimar. Con él pretenden, primero, disminuir la responsabilidad del jefe máximo del estado colombiano que estableció una directiva que favoreció el asesinato por parte de la armada de miles de hombres pobres, so pretexto de que aún no lo han hallado directamente culpable. (Quien espere desenterrar un memo firmado, datado y sellado donde Uribe dé la orden explícita de matar, no entiende nada de política ni de cómo funciona el mundo). Segundo, sugerir que —a pesar de ciertos bachecitos— Uribe logró una mejor Colombia y entonces enfocarse en el asesinato en masa —a lo que apuntan los términos “matarife” y “genocida” en el título completo de la mini-serie— distorsiona su legado. En efecto, la preocupación de que Matarife circule ampliamente a través de los canales de mensajería y determine cómo las generaciones pos-“Seguridad Democrática” terminen por entender dicho legado, es central. De allí la utilización del término original “prejuicios”, posteriormente eliminado.

Esto significa que La Silla Vacía parte de una evaluación netamente positiva de la gestión del ex-presidente y actual senador, particularmente respecto al programa de la “Seguridad Democrática”. Dicho programa consistió en la sobre-militarización de la sociedad colombiana, lo cual, a su vez, facilitó el asesinato masivo de ciudadanos inocentes y pobres. Vale también la pena anotar que Uribe tiene actualmente múltiples investigaciones abiertas en su contra por sus vínculos con el paramilitarismo —cuyas víctimas han sido mayoritariamente campesinos, indígenas, líderes (comunitarios, sindicalistas y sociales) y defensores de derechos humanos— punto que La Silla Vacía desestima. Este es otro hecho y no una interpretación que deriva de mi propio posicionamiento a la izquierda del espectro político.

Sin embargo, evaluar positivamente la implementación de la “Seguridad Democrática” y pasar de largo la enorme lista de acusaciones y de testigos —muchos de ellos casualmente asesinados— que vinculan a Uribe con el paramilitarismo, sí deriva de un posicionamiento ideológico. Primero, es un enfoque de la historia reciente de Colombia que enfatiza el rol de las guerrillas en el conflicto, mientras minimiza/ignora el de las fuerzas armadas del estado y de las fuerzas paramilitares. Esto, a su vez, equivale a apoyar el revisionismo histórico, pues la evidencia factual apunta a que los crímenes de las fuerzas estatales y para-estatales son más numerosas y más atroces que las de todas las guerrillas juntas. Segundo, es asumir que el asesinato masivo de gente pobre fue el precio que hubo que pagar para que la ciudadanía de bien pudiera ir a sus fincas, fomentar el turismo y atraer grandes capitales extranjeros para reactivar la economía y la industria extractivista. Tercero, es hacer la evaluación del legado de Uribe desde el punto de vista y los intereses de Uribe mismo y del uribismo.

En conclusión, de la misma manera que Revista Semana (y que todos los otros medios dominantes en Colombia), La Silla Vacía milita por una sociedad pro-Establecimiento y ofrece una interpretación gobernista de la historia. Esto significa que, en lugar de estar en el supuesto “centro”, su posicionamiento ideológico está muy a la derecha del espectro político. Es decir, el periodismo hecho en el medio y por su directora (Juanita León) es tan militante como el de Daniel Mendoza en Matarife, sólo que a diferencia de ella, él lo admite.

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* El 25 de mayo, la directora de La Silla Vacía, Juanita León, publica “Entre El Expediente y El Matarife”, en el que responde a las críticas recibidas por el medio y en el que da cuenta de la modificación del eufemismo en el texto de Tatiana Duque. El asunto lo comenta en los siguientes términos: “A alguna gente le ofendió [énfasis mío] que dijéramos que la serie reforzaría los ‘prejuicios’ contra Uribe o ‘episodios complejos judicialmente’ cuando nos referimos a los crímenes cometidos durante el Gobierno de Álvaro Uribe, aunque unas líneas después decíamos que subalternos suyos habían sido condenados por esos delitos”. La respuesta de León es tan problemática como el texto de Duque, pero no voy a analizarlo en detalle. Es suficiente con con decir, primero, que se trata de un texto motivado por las múltiples reacciones negativas al primer artículo. Segundo, que para poder trazar el cambio habría que pasar por el segundo texto antes de leer el primero. Tercero, que la justificación ofrecida para remover el (doble) eufemismo (que “ofendió” a terceros) y la suposición de que la anotación sobre la condena de algunos subalternos de Uribe constituye atenuante del (doble) eufemismo original proveen evidencia suplementaria al argumento que estoy desarrollando aquí. Cuarto, y como lo anotó @jeinzu en Twitter, que el texto de León revela “en cada párrafo la ideología y los sesgos de la autora y del medio que dirige”.

Una paradoja sólo en apariencia

Acaba de ser publicada una columna mía en El Espectador en la que abordo las continuidades entre la Nueva Granada y la Colombia poscolonial en torno al concepto de la “ciudad letrada” de Ángel Rama. El escrito emergió de la controversia recientemente protagonizada por Alejandro Gaviria y su irritación evidente porque una ciudadana del común (Lizeth León) – aunque con formación, argumentos y dominio de la escritura – cuestionó su columna en El Tiempo – “Los dilemas éticos de la pandemia” – en el contexto de la ideología dominante en Colombia.

La columna describe al letrado (una figura fundamental durante el periodo colonial y de posindependencia en toda América Latina) y lo pone en relación con el concepto de ‘intelectual universal’ (Foucault). Mi interés al poner en relación estos dos términos en la Colombia contemporánea es el de mostrar tres cosas. Primero, que la figura del “intelectual universal’ – que se origina en el jurista para ser reemplazado por el escritor y que es concebido como aquel que tiene la legitimidad de pensar por los otros – sigue siendo dominante en Colombia. Héctor Abad explicándole a la masa ignara que el machismo es natural y no histórico, o que el enfoque dominante neoliberal a la economía es una ciencia y por ende quienes lo defienden no son ideólogos sino técnicos, son dos ejemplos entre muchos. Segundo, que esta figura aún tiene un enorme poder de representación – que a su vez se traduce efectivamente en poder de formación de opinión – porque en el contexto colombiano, el “capital cultural” funciona como mecanismo de dominación. Tercero, y derivando del segundo, que hay una continuidad perturbadora entre la Nueva Granada y la Colombia contemporánea, que constituye evidencia de que en ese país la historia avanza en círculos (se repite ad infinitum).

Muchos de estos letrados contemporáneos que fungen como intelectuales universales han accedido a la esfera pública porque han tenido acceso a una educación de primera calidad (gracias a su posicionamiento de clase) y porque suelen venir de familias conectadas con/insertadas en las esferas de poder. Más aún, se trata de personas que pertenecen a la clase dominante y que hacen uso de la esfera pública para movilizar un conjunto de ideas que naturalizan el status quo del cual ellos y sus familias (muchas de linaje criollo) se benefician (y se han beneficiado desde el periodo colonial).

A pesar de que el neoliberalismo es una racionalidad política perniciosa, éste sí ha permitido cierta movilidad social. Por esa razón muchas personas que no hacen parte de los círculos de poder, ni de familias adineradas, han tenido acceso a una educación de alto nivel. Yo soy una de estas personas. No obstante, el hecho de que efectivamente yo sea Docteur ès lettres no significa que haga parte de ese círculo de letrados establecido. Más aún, aunque sí opero en la esfera académica – lo que implica que mi trabajo es intelectual – , lo que trato de hacer tanto en mi trabajo académico como en mis intervenciones en Twitter y en mi blog personal, es precisamente lo contrario de los letrados: ofrecer lecturas contra-hegemónicas de cómo funciona el mundo y – a partir de mi posicionamiento ideológico (a la izquierda del espectro político), aunque en contra de mi posicionamiento de clase (media-alta, cosmopolita, altamente educada) – cómo debería funcionar.

Esto significa que aunque en apariencia haya una paradoja – la académica altamente educada en instituciones prestigiosas y cuyo trabajo consiste a analizar el mundo criticando a los que hacen eso — ésta sólo existe en la superficie. La labor académica que hago no busca reforzar las estructuras de poder operantes en la sociedad sino sacudirlas. Y esa diferencia es crucial.

El «centro» y los «extremos» en los ejercicios meta-ideológicos de la derecha

En esta entrada —la segunda en una serie de tres— argumento que los términos «ideología», «centro» y «extremos» son herramientas retóricas cruciales en el constante ejercicio meta-ideológico de la derecha para mantener su hegemonía.

Empezaré por «ideología», término éste que aunque he tratado en entradas previas es crucial en el contexto político actual de Colombia y el mundo. Retomaré, entonces, la definición casi verbatim que ofrecí en una de estas entradas acerca del tema candente que resultó crucial en el rechazo al plebiscito sobre el acuerdo de paz en 2016: «la ideología de género». Creo que es importante retomar lo que escribí allí porque la historicización del término permite entender el argumento que quiero sostener ahora. Aunque se trata de una cita casi textual bastante larga, me otorgo el derecho de no poner comillas porque el texto original es propio y porque estoy ya explicando claramente de dónde lo tomo y por qué.

El término ideología tiene varias acepciones que dependen del marco teórico del que se parta. En su acepción marxista, la ideología se entiende como «falsa consciencia» lo que implica una serie de supuestos problemáticos. El primero es que la existencia de una «falsa consciencia» requiere la existencia de su contrario, i.e., una «consciencia verdadera» a la cual la ideología se opondría. Dentro de este modelo lo «ideológico» sería falso —irreflexivo, dogmático, anti-natural, no basado en la evidencia— y lo «no-ideológico» sería verdadero —natural, soportado por la evidencia, lógico. El segundo supuesto tiene que ver con la teoría del sujeto y la noción de poder. El modelo marxista asume que el poder es una fuerza que se aplica de arriba hacia abajo sobre un sujeto que existe de antemano. Así, la ideología sería algo que se le impone a la fuerza al sujeto, en vez de algo sobre lo cual hay luchas y negociaciones y que se convierte en dominante cuando se logra un consenso.

En una vena post-marxista —que hereda del marxismo pero está también informada por las nociones de «poder», «sujeto» y «discurso», de Foucault, y de «hegemonía», de Gramsci— la ideología puede entenderse como un conjunto de ideas respecto a cómo es y a cómo debe funcionar el mundo. De este modo las ideologías no son buenas o malas per se aunque las luchas ideológicas busquen construir la propia como la adecuada.

Las ideologías operan en el terreno político, social, económico, y cultural. Sin embargo, es en el terreno cultural donde las luchas ideológicas ocurren y donde una ideología puede lograr adquirir hegemonía en los sistemas de gobierno democráticos. Dicho de otro modo: es en el terreno de la cultura —entendida en su acepción general— que un conjunto de ideas se convierte en el conjunto de ideas dominantes, i.e., compartidas por una mayoría de personas a tal punto que terminan por entenderse como naturales y basadas en el sentido común.

Dado que la palabra tiene un origen marxista, la lucha ideológica que marcó la guerra fría también se llevó a cabo en parte recurriendo a este término. A pesar de que estamos en el periodo de posguerra fría, el término «ideología» —en su sentido de «falsa consciencia», «irreflexividad dogmática»— sigue siendo el tropo maestro a través del cual las ideologías de derecha, las cuales siempre han sido hegemónicas en el contexto colombiano, desestiman las propuestas que se les oponen (ver «Ideology matters»).

Esto es precisamente a lo que me refiero aquí con ejercicio «meta ideológico»: un ejercicio que hace un trabajo ideológico sirviéndose extensivamente del término central de «ideología» —y de otros cercanos o entendidos como cercanos tales como «política», «discurso», «centro», «extremos»— como herramientas para hacer pasar su propio diagnóstico y soluciones acerca de cómo opera el mundo y cómo debe operar por uno «técnico», «real», basado en la evidencia y por tanto «cuasi-científico», mientras se construye el diagnóstico y soluciones contrarios como «falsos», «erróneos», y «sin fundamento en el mundo real».

Un excelente ejemplo de esto lo ofrece el episodio de Polas Opuestas del 13 de octubre 2018, en el cual seis personas jóvenes (tres ubicadas muy a la derecha del espectro político) debaten acerca del enfoque a la educación pública del actual gobierno. Moderado por una séptima persona, el episodio inicia presentando brevemente a los participantes —Carlos Carrillo, Lalis, Wally, Catalina Suárez, Josías Fiesco, Miguel Parra— citando frases cortas que permiten a la audiencia ubicarlos grosso modo en el espectro ideológico.

Las intervenciones individuales y la discusión en este episodio de Polas Opuestas muestra claramente cómo los términos «político», «discurso», «ideología» son tratados por quienes se ubican a la derecha —Suárez, Fresco y Parra— como existiendo en contraposición a lo que sería «técnico» y «real». Tal idea —que no emerge por generación espontánea sino que es el fruto de largas décadas de trabajo meta-ideológico de la derecha dominante— ha calado tanto en el imaginario político en Colombia que incluso aquellos que parecen ubicarse a la izquierda, lo asumen como cierto y lo refuerzan. Es así como Lalis, en respuesta a la declaración de Parra acerca de que hay «que despolitizar o más bien sacar la politiquería» del debate acerca de la educación, se defiende diciendo que las demandas estudiantiles no son políticas —«esto no es político», dice— ni constituyen «un discurso» sino que son algo «real». Carlos Carrillo, por su lado, respecto a la discusión majadera de si la cuestión es política o no, dictamina que «el tema sí es político, pero no ideológico».

Pero es claro que el tema en cuestión es tanto ideológico como político: por un lado, mientras que considerar la educación universitaria como un derecho ciudadano que debería estar a cargo del estado deriva de una ideología de izquierda, considerarla como un servicio que ofrece un privado a quien pueda permitírselo es consecuente con una de derecha (ver el primer texto de la serie titulado «Ideologías de derecha y de izquierda»). Por otro lado, establecer el monto total del presupuesto y si este va a ser enteramente destinado a las universidades públicas (lo cual constituye una forma de redistribución hacia abajo) o parcialmente a las universidades privadas (a través de programas como el de «Ser pilo paga» y lo cual constituye una forma de redistribución hacia arriba) corresponde a una decisión política motivada, a su vez, por la ideología.

El ejemplo de Polas Opuestas muestra cómo ciertos términos que tienen un claro contenido semántico y pueden ser útiles en la argumentación —la cual debería ser la base del debate político en una democracia sana— son transformados en palabras sin contenido semántico que no se esgrimen para argumentar sino para confundir o forzar el consenso.

Este corto ejercicio de análisis me permite pasar al término «centro» cuya función retórica, i.e., en tanto que mecanismo de persuasión, cobra valor respecto al término «extremos». Aunque estos dos términos no habían nunca presentado utilidad alguna en el contexto político colombiano —pues la sola existencia de las FARC siempre sirvió como coartada para deslegitimar por defecto cualquier proyecto medianamente de izquierda en Colombia— el acuerdo histórico de 2016 les otorga una repentina vigencia. Es así como todos los pesos pesados de la esfera pública en Colombia —Daniel Samper Ospina, Daniel Coronell, Félix de Bedout, Héctor Abad, Alejandro Santos Rubino, etc— se dieron a la tarea minuciosa de tratar de substituir a las FARC por Gustavo Petro en el imaginario político colombiano (ver la columna de Sara Tufano). La narrativa que construyeron estos personajes, individual y conjuntamente, era que Álvaro Uribe, su proyecto de país y su elegido (Iván Duque) representaban un extremo político (afirmación ésta que abandonaron una vez el Centro Democrático llegó al poder), mientras que Gustavo Petro, Ángela María Robledo y el programa de la Colombia Humana el extremo opuesto. Ellos, en cambio, representan el «centro».

Al momento de las elecciones de 2018, ya eran de conocimiento público las pruebas irrefutables de que efectivamente el proyecto de país y las acciones de Álvaro Uribe y el Centro Democrático se ubican a la extrema derecha del espectro ideológico. Debería ser incontrovertible, por ejemplo, que los mal llamados Falsos Positivos consituyen, tal y como lo afirma Human Rights Watch, «una de las peores atrocidades masivas cometidas en el hemisferio occidental en décadas recientes». (Traducción propia).

Sin embargo, y como yo misma lo he señalado en incontables ocasiones a través de Twitter, estos crímenes no son tratados por ninguno de los que insisten en autodefinirse como ocupando el «justo centro» de manera que se evoque la magnitud de tal atrocidad y su significancia cuando se considera que ésta fue planeada y llevada a cabo por un gobierno y un estado nominalmente democrático donde la pena de muerte es anti-constitucional. Es así como la Revista Semana, después de haber publicado varios artículos sobre el caso, no tiene inconveniente alguno en publicar uno que abre con la oración «No hay duda de que el escándalo de los ‘falsos positivos’ fue el que más daño le hizo a la imagen del gobierno de Álvaro Uribe y a la del Ministerio de Defensa de Juan Manuel Santos». (Itálicas mías).

Por su lado, Alejandro Santos Rubino —director de la revista en cuestión— ante la reciente llegada de Jair Bolsonaro a la presidencia del Brasil, escribe un tuit en el que dice lo siguiente:

Brasil tiene que elegir hoy entre un fascista, misógino y nostálgico de la dictadura y un representante del partido más corrupto de la historia de América Latina. El populismo está acabando la democracia. Si en Colombia no aprendemos las lecciones, allá llegaremos. (Énfasis mío).

Seguramente Santos Rubino recuerda muy bien los Falsos Positivos. Sabe que las víctimas se cuentan en unidades de mil y que estos ocurrieron porque el gobierno de Álvaro Uribe necesitaba pruebas —así estas fueran fabricadas— de que su programa de la Seguridad Democrática sí era efectivo. Sabe que si uno se pone a mirar quiénes fueron las víctimas directas de tal horror —muy pobres, muchos desempleados, algunos con problemas cognitivos, otros con problemas de adicción— se da cuenta de que estos crímenes cumplieron un segunda función aparte de permitir al ejército inflar las cifras sobre las cuáles se evaluaba su desempeño: la «limpieza social», un fenómeno horripilante pero común en Colombia.

Pero este acto, y los cientos otros que podríamos enumerar —las incontables masacres (El Topacio, El Salado, El Tigre, etc.), la desaparición forzada, la violación cruenta contra las mujeres, la aniquilación de las personas LGTB— que han ocurrido en Colombia durante décadas pero que se intensificaron durante los dos gobiernos de Uribe, no le parecen suficientemente graves a Santos Rubino y es por ello que se atreve a advertir acerca de cómo el «populismo» (otro término retórico usado arbitrariamente para infundir miedo en los programas que se enfocan en la redistribución hacia abajo) podría minar la democracia en Colombia.

Dos cosas emergen del tuit citado arriba: primero, una pregunta retórica inevitable acerca de si su autor cree genuinamente que la historia de la «democracia» colombiana es esencialmente diferente a la de la dictadura brasilera que Bolsonaro añora y que él señala con inquietud. Segundo, una indicación (que puede ser rápidamente confirmada con una breve visita a su TL) de que no considera al actual gobierno como uno de extrema derecha, lo cual nuevamente constituye otro ejercicio meta-ideológico en el contexto actual (de esto trataré en una futura entrada sirviéndome como ejemplo de La Silla Vacía).

La estrategia de servirse del término «populismo» y de evocar el peligro de los «extremos» sirve como mecanismo de abstracción para no ocuparse de la evidencia concreta la cual señalaría que, por un lado, los horrores de la democracia colombiana no están tan lejos de los de la dictadura brasilera (ni de la argentina, ni de la chilena, sin tener en cuenta que hay investigadores que afirman que los crímenes políticos en la Colombia «democrática» son peores y más numerosos que los de esas tres dictaduras juntas). Por el otro, que el actual presidente de Colombia, Iván Duque, y el partido al cual pertenece, el Centro Democrático, son de extrema derecha.

Muchos de estos que se autodenominan de centro creen que al resto se nos olvida que Duque llegó al poder porque Uribe lo designó como su sucesor. Que quien tiene el poder y las conexiones es Uribe y no Duque y que éste último, por su lado, parece empeñado en confirmar a diario que su rol es el de «Bufón del Palacio de Nariño». Más aún, que los más de diez millones de personas en Colombia que apoyaron el proyecto de país de Uribe y del Centro Democrático no lo hicieron porque Duque era Duque, sino porque Duque fue el que dijo Uribe. Este último, por su lado, sigue siendo el mismo que tiene sendas investigaciones por su implicación en el paramilitarismo en Colombia (podríamos aquí traer a colación las noticias recientes sobre los cambios a la JEP) y será para siempre el presidente de los Falsos Positivos. Si al menos éstas dos cosas (y hay muchas más) —implicación directa en el paramilitarismo en Colombia y crímenes de estado en masa contra ciudadanos vulnerables— no le parecen a Santos Rubino un ejemplo paradigmático de una ideología cuasi-fascista —su tuit critica precisamente ese punto en Bolsonaro— ¿qué representarán para él? ¿Simples gajes del oficio?

El juego retórico de Santos Rubino presentado como ejemplo abunda en el panorama mediático colombiano y le sirve a quien lo usa para evitar ocuparse de la  evidencia concreta con base en la cual la ciudadanía podría tomar decisiones electorales informadas. Esto se hace más efectivo recurriendo a ideas abstractas por medio del uso constante de ciertos tropos como «centro», «extremos», «populismo», «castrochavismo», «ideología» y que tiene como fin último, y efectivamente lo consigue, hacer un trabajo ideológico: hacer pasar su propia ideología —la cual está enfocada principalmente en mantener las estructuras sociales y las relaciones de poder en Colombia inalteradas— como la más adecuada.

Ni a Santos Rubino (ni a ninguno de los de su clique) les interesa profundizar los procesos democráticos y el trato contrastante de la revista que dirige a la alcaldía de Gustavo Petro vs la alcaldía de Enrique Peñalosa da fe de ello. Tampoco le inquieta el avance del fascismo, pues más fascista que los Falsos Positivos es difícil encontrar en América Latina. Su preocupación por la corrupción también ha de ser pura fachada pues mientras denuncia solemnemente la del partido de Lula da Silva en Brasil, su revista publica defensas de la gestión de Peñalosa en Bogotá victimizándolo y afirmando que la ciudadanía no entiende su proyecto de ciudad ni lo comprende a él. (Peñalosa acaba de comprar la flota de buses Volvo más grande de América Latina, a pesar de que la ciudadanía reclama masivamente y sin cesar su derecho al aire limpio).  No hablemos de cómo el proyecto del Centro Democrático, en la misma medida que el de Bolsonaro, apunta en igual medida a la destrucción de la naturaleza en nombre del «desarrollo».  Ni mencionemos la corrupción de Cambio Radical, ni el modus operandi de Carrasquilla con los bonos de agua, el mismo Carrasquilla que fue recientemente nombrado ministro de hacienda por Duque y cuya primera propuesta es la de extender el IVA a toda la canasta familiar. A todas las luces tal ideología—conjunto de ideas acerca de cómo funciona y cómo debe funcionar el mundo— no es una de centro sino una de derecha (ver la primera entrada de la serie).

Lo anterior es uno de los incontables ejemplos de trabajo meta-ideológico que estos personajes de enorme poder mediático (y no sólo mediático) han ejercido en el pasado y continúan ejerciendo en el momento actual a través del uso extensivo de términos como «centro», «extremos» y otros ya mencionados. Durante la última campaña presidencial, Coronell y La Silla Vacía, por ejemplo, se dedicaron a reforzar la noción de «castrochavismo» como un «fantasma» que podría cobrar vida con la llegada de Petro al poder. A la pregunta de La Silla Vacía de si «Es justo que se caracterice a Petro de castrochavista» —término éste que ni el periodista ni el medio en cuestion se molestan en definir, asumiendo así que todo el mundo sabe concretamente a qué se refieren—, Coronell responde que «En muchas cosas sí, en otras no» y pasa al tema abstracto de Venezuela sin traer ejemplos concretos del programa de gobierno de la Colombia Humana que entraran dentro de la definición de castrochavismo. (Las itálicas en la cita de La Silla Vacía son mías y las uso porque no sé qué significa ni a qué se refieren ellos al utilizar el término).

Héctor Abad, por su lado, en una columna titulada «Lejos de los extremos» se sirvió de una flojísima metáfora de ir en bicicleta para sugerir que los proyectos de izquierda son proyectos para robar. Podría hacerle un minucioso análisis a todas las columnas de Abad durante la campaña, o tomar ejemplos de Daniel Samper Ospina, Félix de Bedout, Sergio Fajardo, Claudia López, etc. para reforzar el argumento, pero no creo que sea necesario y ya la entrada está, como suele suceder con mis textos, más larga de lo que me habría gustado.

Concluyo entonces diciendo que en el caso colombiano —aunque no exclusivamente— más que una postura política que apunta a un equilibrio, el «centro» es un arma poderosa en los juegos de persuasión (la retórica) que son cruciales en las luchas ideológicas actuales y que está permitiendo a la derecha mantener su hegemonía. Dicho más frontalmente: el término «centro» —pero también aquel en contra del cual éste es construido discursivamente, «extremos»— se constituye en una poderosa herramienta en el implacable ejercicio cotidiano de propaganda que en Colombia ha garantizado la hegemonía suprema de la ideologia de derecha que, a su vez, ha perpetuado y seguirá perpetuando la desigualdad y la violencia.

 

Plagio, la cultura del “quién es quién”, y el feminismo como herramienta para la ventaja individual

Llevo un par de años evitando referirme al feminismo de Catalina Ruiz-Navarro y de lo que, considero, es su monopolio del discurso feminista en Colombia. Alguna vez, leyendo un artículo suyo sobre un espectáculo de Beyoncé, osé decirle por Twitter que estaba en desacuerdo con su análisis y lo que pudo haber sido una discusión fructífera se convirtió en una pelea. En vez de tomarme como interlocutora válida y aceptar entablar conmigo un debate acerca de Beyoncé en tanto que evento mediático, cultural y político global desde perspectivas distintas, Ruiz-Navarro prefirió recurrir al ataque. Si bien el episodio me dejó cierto sinsabor – no sólo fue altanera y arrogante sino que me trató como si yo no tuviera el nivel para debatir con ella – e innumerables ocasiones se me han presentado para cuestionar su trabajo como crítica feminista de divulgación, preferí tomar un camino que raras veces tomo: no escribir al respecto.

Mi reticencia se debe no a que no tenga nada qué decir (más bien lo contrario), sino que en el clima político-cultural actual había decidido darle prioridad a la “solidaridad feminista”: por muy flojos que me parezcan sus argumentos y aunque defienda un feminismo al cual me opongo, lo último que una colega feminista necesita – más aún en Colombia donde actualmente cunde un anti-feminismo exacerbado que vino a incrustarse por encima de una misoginia histórica jamás desestabilizada – es tener además que defenderse de otras feministas. El feminismo, tanto el académico como el activista, trae consigo enormes costos emocionales para las mujeres que decidimos así definirnos y hasta ahora había preferido evitar contribuir a la carga que Ruiz-Navarro debe llevar en su triple rol de mujer, figura pública y activista feminista en el contexto colombiano. Sin embargo, el escándalo reciente respecto a una acusación de plagio en su contra y la manera como ella y Fidel Cano han articulado su defensa no me deja otra salida que poner la sororidad de lado y escribir al respecto. A diferencia de Ruiz-Navarro yo no funjo como intelectual pública en Colombia, pero soy feminista y académica y el caso concierne estas dos áreas que son para mí cruciales.

El escándalo se origina en agosto de 2017 a partir de la aparición en un portal de un reporte detallado acerca de las numerosas copias de fragmentos enteros no referenciados de textos de terceros en la tesina de Catalina Ruiz-Navarro defendida en la Pontificia Universidad Javeriana en 2008 para la obtención del grado de Licenciada en Filosofía. Si bien el sitio es uno cuyos miembros son anónimos y cuya misión, la procedencia de sus fondos y el procedimiento para escoger los casos son completamente oscuros (lo cuál deja mucho que desear respecto a lo que la ética concierne), el reporte está muy bien documentado y la acusación es válida. Durante un buen tiempo Ruiz-Navarro hizo caso omiso de las acusaciones, pero el 24 de noviembre decidió finalmente abordar el asunto en su cuenta de Facebook. Su defensa está construida (aunque de manera desorganizada) alrededor de tres ejes: primero, un contra-ataque al sitio por su anonimidad y falta de transparencia; segundo, una justificación lamentable estructurada en torno a la afirmación que la idea principal de su tesina no fue copiada y que evidentemente un marco teórico es “un espacio que, por definición, recoge las ideas de otros autores para construir eso; un marco teórico”; y tercero, la velada sugerencia que la razón de la persecución es su condición de mujer y que el portal en cuestión tendría motivaciones misóginas pues “ya había lanzado acusaciones falsas de plagio contra otra estudiante de la facultad de filosofía de la universidad Javeriana de Bogotá, casualmente, una tesis [sic] que también tuvo tutora mujer y jurados mujeres”.

El problema central y más evidente de la defensa de Ruiz-Navarro es que a pesar del anonimato y las motivaciones de las personas detrás del sitio en cuestión, las acusaciones de plagio que conciernen su tesina no son falsas ni sin fundamento como ella descaradamente afirma. Mario Jursich Durán hace un resumen abrumador de las acusaciones en su muro de Facebook: el portal detectó 53 “duplicaciones textuales” – sin comillas, ni referencias de ningún tipo – en la tesina de Ruiz-Navarro. La intervención de Jursich Durán en el affaire empuja – lo que apunta a que la cuestión de la legitimidad del sujeto hablante es central en el asunto y lo agrava – a Fidel Cano, actual director de El Espectador que es el periódico del cuál Ruiz-Navarro es columnista y la plataforma en la cual ella ha hecho su reputación, a pronunciarse sobre el caso en un video corto de la sección “La redacción al desnudo” publicado el 4 de diciembre. En este video, Cano responde a las preguntas de algunos lectores de quitarle los espacios de opinión a Ruiz-Navarro tanto en El Espectador como en Cromos con la negativa, argumentando que el “plagio” se dio en un contexto universitario hace mucho tiempo y que es más bien responsabilidad de la universidad en cuestión de discutir sobre qué hacer al respecto. Cano aborda una acusación suplementaria y más reciente de Halim Badawi – quien afirma que Ruiz-Navarro se habría apropiado (también) de ideas y frases de un texto suyo publicado en Arcadia y de otro de Luis Izquiel publicado en El Universal – pero lo hace para desestimar dicha acusación cerrando la discusión mediante una retórica que tergiversa los hechos. Cano termina su intervención anotando que el “inusitado interés en [las] ligerezas universitarias” de Ruiz-Navarro tal vez se origine en el hecho de que a muchos les molesta lo que ella tenga que decir.

Finalmente el 5 de diciembre la revista Arcadia le abre un espacio a la columnista para que responda a las acusaciones y ella en lugar de aprovechar esta ocasión para hacer acto de contrición decide insistir en desviar el foco hacia el proceder y la legitimidad de PlagioS.O.S, sugiriendo una vez más que sus motivaciones son misóginas. A la pregunta de Arcadia de por qué en su tesina hay varios fragmentos de textos de terceros que aparecen sin citación ella responde que aunque ésta contiene “unas fallas -muchas- de citación” eso en ningún momento constituye un plagio, el cual según ella es el “rob[o de] la obra de otra persona [para] presentarla como propia”.

El affaire Catalina Ruiz-Navarro se ha desplegado de tal manera que se convierte en un caso ejemplar para abordar tres temas conectados entre sí que considero menester abordar. El primero concierne la noción misma de plagio – en general y en este caso particular – y su relación con la cultura de la trampa y de la corrupción que impera en Colombia. El segundo – que se deriva de la manera como el plagio de Ruiz-Navarro es maquillado por ella misma y por Cano como meras “fallas de citación” u “omisiones” – concierne cómo en Colombia la gravedad de un hecho depende de sobre quién recaiga la culpa o quién sea la víctima. El tercero es el entendimiento y uso del feminismo por parte de Catalina Ruiz-Navarro como estrategia para el triunfo individual y la consecuente utilización del anti-feminismo – por parte de ella y tangencialmente por parte de Fidel Cano – como teflón ante la crítica.

Presento aquí dos definiciones de plagio de dos instituciones – la Universidad de Lausanne y la London School of Economics (LSE) – en contextos lingüísticos, culturales y de tradición académica distintas – la Suiza francófona y el Reino Unido – para dar evidencia de que lo que Ruiz-Navarro hizo en su tesina y en el artículo cuestionado por Halim Badawi sí constituye un plagio y no una simple “falla de citación” o una “omisión”.* La primera define plagio como “tomar una parte – incluso de manera puntual, parcial o reformulada – de un texto escrito por otra persona haciéndolo pasar por propio y sin indicar la fuente”, mientras que la segunda lo define de manera más general como “hacer pasar el trabajo de otros como propio”. Esta segunda definición más general es la que Ruiz-Navarro utiliza – absurdamente o ¿quizás disingenuously? – para defenderse, como si las ideas, asociaciones de conceptos y la prosa misma no constituyeran trabajo o fueran menos relevantes que el argumento general desarrollado en un texto sea éste una tesina para obtener un grado universitario o una columna de opinión en un periódico de distribución nacional para hacerse una reputación. La LSE, por supuesto, elabora más su definición general respecto al plagio y especifica:

“Las citaciones textuales deben ser puestas dentro de comillas o indentadas y deben ir completamente referenciadas. Todo material parafraseado debe ser reconocido como tal. La infracción de este requerimiento, de manera deliberada o no, o hacer pasar el trabajo de otros como [propio], de manera deliberada o no, constituye un plagio”

Dirán tal vez Ruiz-Navarro y Cano que esto funciona así en el contexto académico de la Europa actual más no en el de la Colombia del 2008 y entonces vale la pena traer a colación mi propia experiencia de docente de cátedra en la EAFIT de principios del 2000 donde tuve que poner un par de ceros a dos estudiantes que hicieron copy-paste de un texto que encontraron en internet en la parte introductoria del trabajo que debían someter. Mi intuición respecto a un claro plagio y el hecho de que pude poner dos ceros en aquella época en Colombia indican que la idea no es tan foránea en tal contexto. Por supuesto cierta parte de la responsabilidad del plagio de la tesina de Ruiz-Navarro recae en la supervisora del trabajo, en el jurado de sustentación y en la institución misma, y es quizás ésta la razón por la cual la Pontificia Universidad Javeriana no quiere entrar en materia. Sería además absurdo y un poco cínico que una universidad viniera a quitar un título casi diez años después de otorgado porque otros hicieron el trabajo que sus propios profesores no hicieron en aquel momento.

Sin embargo, la gravedad del plagio de aquel entonces, pero más aún el más reciente de 2014 del que la acusa Halim Badawi, reside en el hecho de que Catalina Ruiz-Navarro no se dedica a detectar enfermedades oculares, ni es chef, ni enfermera, ni ingeniera de obras. Ruiz-Navarro se ha hecho una reputación a través de la escritura, una actividad profesional que requiere no sólo un trabajo preliminar de investigación sino ideas y asociaciones originales, creatividad en el uso del lenguaje y calidad en la prosa. Badawi ofrece detalles de su caso en su cuenta de Facebook que merecen discusión, más aún cuando el director de El Espectador desestima su queja afirmando que en este caso preciso sí “hubo una omisión […] una falla” pero que “una omisión es muy diferente a un plagio”. Dice Badawi que su texto titulado “Censura artística en el Museo Santa Clara” – el cual publicó Arcadia el 19 de septiembre de 2014 – fue escrito a partir “de una serie de entrevistas que [él mismo hizo] a la directora del Museo Santa Clara, Constanza Toquica, a la artista María Eugenia Trujillo, censurada por el grupo Voto Católico, y al curador de la exposición, el historiador Álvaro Medina”. Afirma, además, que la “investigación tomó quince días de trabajo” y su implicación personal fue tal que incluso participó “en una marcha por la libertad del arte que se hizo en las puertas del museo”. Al día siguiente – el 20 de septiembre de 2014 – Ruiz-Navarro publica el texto titulado “Vaginas” cuyo primer párrafo es una versión abreviada de un párrafo del texto de Badawi. La copia textual es indudable, sin embargo el asunto no se reduce sólo a la apropiación del vocabulario, de la redacción y de la prosa – lo que constituye en sí mismo un plagio – sino que incluye la apropiación de la idea misma de escribir acerca de ese tema y de todo el trabajo de quince días – visitas, entrevistas, transcripciones, etc – que Badawi hizo para poder producir su texto.

Ahora, este caso sale a la luz pública porque la acusada tuvo la desfachatez de plagiar un texto que acababa de ser publicado en una revista que, aunque no tiene el mismo impacto que El Espectador, se produce y circula en Colombia. La pregunta evidente que salta a la vista es entonces: ¿cuántas veces ha incurrido Catalina Ruiz-Navarro en plagio – de textos escritos en otras lenguas o producidos y circulados en otros contextos – en sus columnas? Ya Elsy Rosas Crespo la había acusado de haber traducido un texto escrito por otra persona en inglés y de haberlo hecho pasar como propio. No recuerdo los detalles del caso, pero creo que la cosa llegó al punto de que Ruiz-Navarro tuvo que excusarse. En las respuestas que da a  Arcadia, sin embargo, termina nuevamente por desestimar el peso de esa vieja acusación diciendo, sin presentar prueba alguna, que la autora del texto supuestamente traducido no le dio importancia al asunto.

Que un señor del estatus social y de la reputación periodística de Fidel Cano desestime el affaire Ruiz-Navarro describiéndolo como una “falla” por “omisión” constituye, en el mejor de los casos, un maquillaje de los hechos, y en el peor, una burda tergiversación. Lo que esto prueba sin lugar a dudas es que la cultura de la trampa en Colombia cunde. También prueba algo más y que constituye mi segundo punto: que la gravedad de un hecho en este país dependerá de “quién” es el acusado y/o de “quién” es la víctima. Cabe preguntarse qué habría pasado si la persona acusada de plagio no tuviera el estatus social de Ruiz-Navarro. Esta pregunta puede responderse hipotéticamente haciendo una analogía muy pertinente en el contexto actual que han hecho varias personas por Twitter: ¿qué habría pasado si quien hubiera mentido sobre su formación académica durante décadas hubiera sido Gustavo Petro y no Enrique Peñalosa? Plagiar textos y mentir sobre la propia formación académica para adquirir una reputación que tiene efectos reales en las propias opciones laborales, en detrimento de las opciones laborales de los otros, es una forma de corrupción y minimizar o hacer caso omiso de esos actos porque quien los comete hace parte de un cierto grupo social o tiene un cierto peso contribuye a perpetuar la dinámica de república bananera dominante en Colombia.

Esto conduce a mi último punto que concierne la cuestión del feminismo de Catalina Ruiz-Navarro – un feminismo que pone el interés individual por delante del interés colectivo – y el cual constituye la razón principal por la cual decidí dejar de lado mi solidaridad feminista para con ella y escribir al respecto: en su afán por llegar a – y mantenerse en – la posición dominante en lo que respecta el discurso feminista que en este momento ocupa en Colombia (y en América Latina, porque su posicionamiento hace rato rebaso las fronteras nacionales), Ruiz-Navarro, por un lado, se ha servido de las mismas estrategias de apropiación del conocimiento en contra de las cuales el feminismo académico ha luchado; y, por otro, provee de materia prima a un anti-feminismo que se nutre del argumento de que el feminismo es puro activismo pasional y no requiere rigor al tiempo que deslegitima los verdaderos ataques a feministas que sí surgen de y proliferan gracias al activismo anti-feminista en ascendencia vertiginosa en Colombia y el mundo contemporáneos, como el caso Carolina Sanín, sobre el cual ya escribí en el pasado, bien lo prueba. Las acusaciones y críticas a Catalina Ruiz-Navarro en este caso son fundamentadas y no derivan de ninguna animadversión anti-feminista. Usar tal excusa es ruin y apunta a que tal vez lo que interesa a Ruiz-Navarro no es tanto la lucha feminista sino cómo los individuos – en este caso ella misma – pueden servirse del feminismo para valorizarse y/o defenderse a sí mismos. (Acerca de esto podría escribir una entrada completa analizando sus columnas y argumentos, pero lo dejo para otro día).

Es gracias al feminismo que Ruiz-Navarro se ha posicionado como figura pública y como  formadora de opinión en Colombia. Más aún, en el contexto específico colombiano, Ruiz-Navarro es una referencia principal respecto al discurso feminista a tal punto que en muchas discusiones en las redes sociales – hablo de Twitter Colombia en particular, porque Facebook no tengo – se habla de su feminismo como si fuera “El feminismo”. Sin embargo, Ruiz-Navarro no ha tenido ningún problema en incurrir en prácticas deshonestas que van en contra de la deontología feminista para avanzar su propia carrera profesional. Una de las peleas centrales de la teoría feminista desde sus inicios concierne precisamente la relación poder-conocimiento: Ruiz-Navarro tiene actualmente un gran poder respecto al conocimiento feminista en Colombia – un poder que ha adquirido en parte gracias al plagio – y es por esta razón que es ella – y no otra de las tantas feministas brillantes que hay en Colombia, que sí son rigurosas y que sí tienen ética profesional – quien es invitada a dar charlas TED sobre feminismo.

Fidel Cano cierra la defensa de la columnista diciendo que ella “está en El Espectador no porque sea una académica tremendamente rigurosa o algo así sino porque su opinión la consideramos muy valiosa en el debate público nacional (.) es una voz de mujer activista feminista moderna (.) frentera además (.) que es importante que exista”. Cano tiene razón cuando afirma que Ruiz-Navarro no es ni académica – una académica es alguien que ejerce profesionalmente en una universidad como docente e investigadora – ni rigurosa, y aunque es loable que defienda el espacio de palabra de una activista feminista, valdría la pena especular sobre las razones por las cuales el director de un periódico masivo en un país de tradición conservadora considera importante mantener el espacio de expresión a la voz de una “feminista moderna”. Ya Vivian Martínez Díaz hizo un hilo de tuits muy bueno y al que plenamente adhiero en el cual aborda este tema.

Yo quisiera, sin embargo, darle el beneficio de la duda a Fidel Cano y sugerirle – no a modo retórico ni con sarcasmo, sino de forma genuina – que si de verdad le parece importante que las voces feministas puedan expresarse porque no aprovecha entonces esta coyuntura para invitar a otras activistas y académicas rigurosas feministas a escribir en El Espectador. Esta sería una forma ideal de fracturar el monopolio del discurso feminista por parte de Catalina Ruiz-Navarro, tal vez reemplazándolo por una conversación, y de compensar por la excesiva ligereza con la que decidió tratar el caso. Fidel Cano tiene los medios – en el sentido literal y figurado – y el poder de transformar un evento lamentable en una acción transformadora para beneficio del “debate público nacional” que tanto le interesa.

* Traducciones propias.

Nota: Quiero agradecer a Jorge Mario (@jeinzu) quien me proporcionó acceso a la información de Facebook referenciada.

Miremos la paja en el ojo propio

Hace poco más de un año escribí una respuesta a un lamentable artículo de Héctor Abad Faciolince acerca del machismo de la maternidad. Hoy en este 8 de marzo de 2017 quiero compartir nuevamente ese artículo, no para provocar a Abad, sino para anotar que, como le dije antes a alguien que entendió un tuit que envié al respecto desde esa perspectiva, es importante llevar a cabo el debate acerca de cómo el machismo es reforzado por aquellos que viven de (les pagan por) pensar y explicar el mundo a los otros, es decir, aquellos quienes juegan el rol del “intelectual universal” en la Colombia contemporánea. Estas personas no solamente tienen el poder de formar la opinión sino que en el caso colombiano, donde los niveles de formación son considerablemente bajos (como las pruebas PISA lo han dejado muy en claro), terminan erigiéndose casi que en semi-dioses que todo lo saben y cuya palabra es prácticamente divina e irrefutable.

Abad y yo hemos tenido unas cuantas diferencias a través de Twitter y cuando respondí a su texto sobre la maternidad machista se lo envié directamente con la esperanza de que se tomara el tiempo de leer y de responderme por escrito, así yo sea un perfecto cero a la izquierda en el ámbito de la opinión pública en Colombia. Pero nunca lo hizo. Lo más probable es que no lo haya leído porque confrontarse a la crítica informada no es tarea fácil y los intelectuales, los políticos y los formadores de opinión en Colombia no quieren ser confrontados con argumentos sino que lo que buscan es un “comité de aplausos” (para usar una expresión que aprendí en Twitter Colombia y que me encanta porque encapsula perfectamente el asunto en cuestión).

Esta incapacidad de muchos y muchas (no es un problema único de los intelectuales hombres) de querer interrogar sus propias certitudes, de tomar distancia respecto a sus propios argumentos y de  aceptar la crítica para avanzar en el pensamiento es en parte alimentado por la pequeñez del círculo de letrados que domina ese espacio de producción intelectual en la Colombia contemporánea.

Invito entonces a quienes les interese, y nuevamente a Héctor Abad, a leer esa crítica mía en respuesta a su columna profundamente machista a ver si en vez de seguir viendo la paja en el ojo ajeno — como cuando tuitea “Preparando el 8 de marzo. El machismo en el deporte internacional” en vísperas de los eventos del Día Internacional de la Mujer — los intelectuales en general, y él en particular, empiezan a reflexionar acerca de cómo ellos mismos desde sus posiciones de poder perpetúan cotidianamente el machismo que salen a criticar todos los ochos de marzo.

Reafirmando la dominación masculina

En mi última entrada traté los temas de ideología, género y sexualidad a la luz del debate álgido y la protesta ofensiva en contra de quienes viven por fuera de las normas sexuales dominantes que tuvo lugar la semana pasada en Colombia. Hoy La Blu Radio me da la oportunidad de mostrar cómo las ideologías hegemónicas — en este caso la ideología de dominación masculina y heterosexual — son reforzadas cotidianamente y de forma sutil — en contraste con la manera frontal y, sí, violenta de la semana pasada — en el terreno de la cultura.

La historia es la siguiente. Un niño brasilero, fan de fútbol, es entrevistado mientras se encuentra en un evento deportivo en Río 2016. El niño habla de Marta (considerada como una de las mejores jugadoras de fútbol femenino del mundo), de la pasión con la que ella juega fútbol, de cómo ella sí, “más que Neymar”, merece llevar la camiseta de Brásil, y de cómo la selección femenina de fútbol de Brasil es el símbolo del feminismo en ese país. El niño además lleva una camiseta de Brasil donde el nombre de Neymar aparece tachado y reemplazado por Marta con un corazoncito al lado (aquí se puede ver el video).

Reportando la noticia La Blue Radio envía un tuit en el cual el potente mensaje feminista que el niño con su gesto (en la camiseta) y sus palabras (en el video) transmite es desmantelado. Vale la pena analizar brevemente la composición textual y visual el tuit en cuestión. El texto dice “#Video Niño tachó el nombre de Neymar y puso en su lugar el de una mujer”, mientras que la foto es una de Neymar acostado en el césped luego de sufrir una falta durante un partido. A pesar de que el foco del video y el gesto del niño es Marta, el tuit recuadra la historia de manera que el foco es Neymar. Adicionalmente el nombre de “Marta”, que es propio, específico, referente de la mejor jugadora de fútbol de la selección femenina de Brasil (e incidentalmente una de las mejores del mundo), es remplazado por el sustantivo genérico “mujer”, un gesto que no sólo desestima el hecho de que el niño admira a Marta por su proezas futbolísticas en la cancha, sino que recuadra a Marta en un rol de mujer anónima que hace soñar a un ser de sexo masculino sólo por el hecho de ser mujer. Que este reenfoque refuerza la heterosexualidad es innegable.

Lo que @BluRadioCo hace con este tuit, entonces, es intervenir en el terreno de la cultura para restaurar la estructura de dominación masculina que el niño esta contestando. Es una manera sutil de reafirmar el status quo frente a pequeños (o grandes) gestos que buscan desestabilizarlo. La dominación masculina (y heterosexual) tiene maneras violentas y sutiles de actuar, mantenerse y reproducirse. Esta es una manera sutil de hacerlo, pero es también más perniciosa y más cotidiana que las formas violentas como las de la marcha de la semana pasada.

Postcript:

Gracias a Julián Ortega Martínez (@julian_ortega_m) quien me explicó que la afirmación inicial contenida en este texto, que Marta era considerada “incontestablemente” como la mejor jugadora del mundo, era incorrecta.

Entre orgasmo múltiple y eventual impotencia, escojo el primero

Leí la columna de Héctor Abad publicada el 30 de enero en El Espectador cuyo título  –“¿Es machista la maternidad?”– asume falsamente que el machismo es algo natural, y no social; y parte de la también falsa premisa de que la “maternidad” se limita al periodo de gestación, es decir, que empieza con la fecundación y termina con el parto. El contenido, por su lado, está plagado de definiciones erróneas, de ideas trilladas que no deberían tener cabida en un artículo de opinión escrito por uno de los intelectuales más respetados del país, de conclusiones ilógicas que siguen el mismo derrotero sobre el cual se han justificado y mantenido relaciones de dominación masculina que están lejos de extinguirse.

Dos temas conectados son abordados en la columna. El primero parece surgir de un desacuerdo entre su autor y Florence Thomas sobre la baja representación de mujeres en los concursos literarios. No voy a adentrarme en esa discusión, que a juzgar por lo que él relata, estaría más alineada con su postura que con la de ella. Lo que me interesa abordar aquí es el segundo tema, la explicación biológica de la superioridad de los hombres respecto a las mujeres en lo que concierne el “éxito profesional” y la conexión de este argumento con el asunto de la maternidad.

Abad afirma que “hay menos mujeres escritoras que hombres, […] menos matemáticas, menos ajedrecistas […] menos premios Nobel de literatura [y] de física” y pregunta a modo retórico y con tinte socarrón “¿Por qué será?”. La pregunta es retórica porque él tiene una respuesta, y el tinte es socarrón porque implica que si hay “menos mujeres” en las áreas que él denota es porque en realidad hay una relación causa-efecto entre diferencia sexual (que él parece asumir incontestablemente binaria) y capacidades intelectuales.

De manera simplista y conveniente, ignora o escoge ignorar los efectos de la acumulación histórica del privilegio y de la exclusión. También ignora los trabajos que desde enfoques académicos informados han explicado las exclusiones históricas a las cuales han sido sometidas las mujeres, no por “los hombres”, como él falsamente dice que las feministas argumentan, sino por un sistema de sexo/género que ha estructurado a las sociedades jerárquicamente y que ubica a los hombres en la posición dominante y a las mujeres en la posición subordinada — el patriarcado del cual se desprende el machismo — y que es perpetuado tanto por hombres como por mujeres. No pienso entrar en detalles de estos trabajos históricos porque hay innumerables personas que ya lo han hecho y muy bien. Un buen ejemplo es este artículo de Estefanía Vela Barba, que @jeinzu compartió conmigo y con Abad, pero del cual este último no pareció haber acusado recibo y sobre el cual tampoco parece haber querido comentar.

Ignorar esta historia permite a Abad responderse a sí mismo su pregunta de la manera que le conviene. La respuesta que propone, sin embargo, no la formula como afirmación contundente sino que recurre nuevamente a la ironía socarrona para (dizque) desmontar el argumento feminista de que la explicación se encuentra en los procesos socio-culturales y no en una fatalidad biologista. Responde entonces diciendo que “lo curioso es que incluso donde esos prejuicios [los machistas] parecen haber cedido bastante, hasta el punto de que la escolaridad femenina llega a ser más alta que la masculina, la cuota femenina de “éxito profesional” (llamémoslo así) siga siendo más baja” (énfasis mio). El problema es que esta respuesta, que él presenta como argumento contundente, no es argumento ni es contundente. El modo deliberadamente vago de redacción –usar “donde” como elipsis genérica que el lector tiene que completar con algún país del llamado “primer mundo”; el “parecen” que ubica la desigualdad entre los sexos en ese cualquier lugar al que se refiere el “donde” del lado del rumor y no del hecho confirmado; las comillas de “éxito profesional” y la aclaración parentética que acompaña la expresión que implican que ni él mismo sabe a qué se refiere específicamente– le permite hacer generalizaciones burdas sin comprometerse a dar cifras precisas a las que no tiene acceso o que complicarían el argumento. Más aún, el hecho de no hablar de ningún país en particular le permite sacar la discusión del ámbito socio-cultural y extenderla a la humanidad entera, la cual separa en función de la diferencia sexual.

Pero la pregunta queda y es pertinente: ¿con base en cuáles datos afirma Abad que en lugares donde el acceso a la escolaridad es más alto para las niñas/mujeres que para los niños/hombres, ellas tienen menor “éxito profesional”? ¿Cómo se atreve a afirmar que una variable que ni siquiera está definiendo –“éxito profesional”– puede ser mensurable y estratificada en función del sexo? Nótese además que a pesar de que su pregunta era algo similar a “por qué hay menos mujeres matemáticas, físicas, o premios nobel de literatura”, la respuesta mágicamente se convirtió en algo así como “aunque hay más mujeres que van a la universidad ellas tienen menos “éxito profesional” que ellos”.

Ahora bien, cifras del número de estudiantes estratificados por sexo suelen existir en las universidades y cualquiera que las vea sabrá que hay diferencias en función de las áreas de estudio. Sin embargo, esas diferencias también varían entre países, porque cada país hace una valoración distinta de las formaciones universitarias en función de ideologías dominantes (respecto al género, a la nación, y al tipo de ciudadano/as que necesita), y esto, por supuesto, determinará un mayor o menor número de estudiantes hombres y mujeres en una área u otra. Es por esta razón que en Colombia, donde la ideología dominante está completamente permeada por la cuestión de la modernidad (de allí la obsesión con la ideas de “emprendimiento” e “innovación”), las ingenierías, la administración, y las áreas técnicas han sido por lo general más valoradas que las áreas humanas. La Universidad EAFIT de Medellín es el ejemplo perfecto: una “Escuela de Administración Finanzas y Tecnologías” que hasta finales de los noventa no tenía ninguna formación en ciencias humanas y que siempre ha atraído tanto a hombres como mujeres. Este no ha sido el caso de una institución del mismo tipo que EAFIT (en orientación), como la Escuela Politécnica Federal de Lausana, en pleno corazón europeo.

Pero si Abad no está usando cifras reales para sustentar sus afirmaciones, queda entonces asumir que está haciendo uso de observaciones personales y de su propia experiencia social, y que a partir de allí está sacando conclusiones que extiende a la humanidad entera. Abad empieza su columna con la intención de demostrar que sus creencias respecto a las cuestiones de la diferencia sexual no son creencias sino observaciones cuasi-científicas de la realidad, una realidad que existiría más allá de él mismo y que no tendría nada que ver con la manera como él la interpreta. Es así que inserta en el párrafo con el que cierra la columna la conclusión a la que siempre quiso llegar: “si notamos que hasta en Europa, en Estados Unidos o en Japón las mujeres científicas o escritoras son menos que los hombres, quizá las explicaciones biológicas no sean desdeñables.” Cabe anotar aquí que la cultura japonesa es reputada por la intensidad de su sexismo, lo cual va en contra de su argumento. Esta conclusión se extiende por supuesto a la calidad del trabajo de estas mujeres: no sólo son menos numerosas sino que también son menos buenas (menos “éxito profesional”, menos premios Nobel de literatura).

Desde el modelo de Abad entonces —que habla en términos de la humanidad entera y en el cual el material biológico tiene un poder explicativo más grande (e incluso total) que el social– si yo tomo una escritora estadounidense de manera aleatoria y la comparo con un escritor colombiano, también escogido de manera aleatoria, la probabilidad de que él sea mejor que ella sería más elevada. Yo me atrevo a dudarlo. De la misma manera que me atrevo a dudar que si comparamos a mujeres que escriben en inglés con hombres que lo hacen en español tengamos una razón (ratio) donde los hombres son más y mejores que las mujeres. Pero este es un tema mucho más complejo que nuevamente trae a colación cuestiones de poder y conocimiento (Foucault), de los imbalances de poder entre Norte y Sur, que afectan no sólo la misma producción del conocimiento sino su circulación (el trabajo de Walter Mignolo en este respecto es invaluable). Lo hago a manera de provocación para poner la argumentación al nivel que la pone el texto de Abad. El debate acerca de la “inferioridad” de las mujeres en la escritura es viejo en el mundo anglo-americano y no hace falta entrar en más detalles.

Lo que es importante es que, con su explicación de fatalidad biológica, Abad se desentiende completamente del hecho confirmado históricamente de que el género/sexo de un escritor sí facilita o dificulta la aceptación de un manuscrito por parte de un agente literario, y la difusión del mismo en la sociedad. Por ejemplo, George Eliot (née Mary Ann Evans), escritora inglesa del siglo diecinueve y autora Middlemarch (considerada por muchos como una de las más grandes novelas de lengua inglesa), usaba un nombre masculino para ser tomada en serio. O los más recientes casos de J. K. Rowling –Harry Potter– y E. L. James –50 Shades of Grey— a quienes se les sugirió usar iniciales en vez de sus nombres completos para contrarrestar el sesgo de sexo/género que tienen las audiencias. Un caso aún más flagrante y más reciente lo narra una joven novelista quien cuenta cómo cuando envió su propuesta de novela con un nombre de mujer a 50 agentes literarios diferentes recibió 2 respuestas expresando interés en el manuscrito, y cuando envió la misma propuesta a otros 50 pero usando nombre de hombre recibió 17.

Pero comparar la calidad de escritores es una tarea compleja que depende de miles de factores, así es que volvamos al tema de la maternidad que es con el que Abad termina su columna. Vale la pena poner la cita completa desde la mitad del párrafo hasta la frase que cierra el texto:

“Podría pensarse también en el tiempo que las mujeres suelen dedicar a la crianza, al amor, al acicalamiento de sí mismas o al cuidado de la familia. Creo que el embarazo y la lactancia no fueron decididas por la cultura machista (quizá por un dios machista, sí). Pero ¿es machista decir que el embarazo y la crianza hacen que las mujeres, en su mejor edad, tengan menos tiempo para dedicarse a un ejercicio intelectual exigente? La maternidad no es un destino, pero tampoco es un rol cultural.”

Si bien es claro que el período de gestación tiene un costo físico enorme para quien porta el bebé (y sabemos que las condiciones de desigualdad global están reestructurando las relaciones de dependencia económica y transformando los roles humanos de manera que las mujeres ricas del norte pueden ir a alquilar vientres a Tailandia y así no incurrir en los costos elevados que trae la gestación), también es claro que las nuevas generaciones (de hombres y mujeres), influenciadas por las luchas feministas, consideran que la crianza es asunto de las dos personas que establecen relaciones de co-parentalidad (esta anotación también la hizo Nina Chaparro respecto al texto de Abad). Esto también abarca a las madres que deciden lactar. En mi caso, el padre de mi hijo y yo hemos tenido una repartición equitativa en lo que concierne la crianza de nuestro hijo –incluso en el momento actual en el que no existimos más como pareja– desde la hora de salida del hospital, cuatro días después del parto. Y esto incluye el hecho que durante la lactancia nocturna era él quien se levantaba a traerme al bebé para que yo lo alimentara en la cama, y él quien volvía a llevarlo a su cuna después de que hubiera terminado de lactar. Él también incurrió en un gasto físico enorme asociado a la falta de sueño, al exceso de los quehaceres del hogar, al profundo cansancio general que acarrea para la mujer y el hombre (o para la mujer gestante y la no gestante en el caso de una pareja lesbiana) la llegada de un bebé al núcleo familiar. Más que la gestación y el parto, lo más difícil de la maternidad (parentalidad) es la crianza.

Entonces reproducirse y asumir el rol social de madre/padre no deriva de un sistema de dominación masculina per se, aunque los costos de gestación y parto –que son de duración determinada– sean mayores para las mujeres. Sin embargo pensar, como Abad, que la crianza –que sí es a largo plazo– es responsabilidad única de la mujer (o del cuerpo gestante), y que eso tiene una explicación de orden biológico y no socio-cultural, sí es fruto de un modo machista de interpretar y operar en el mundo.

Ahora, si el objetivo es discutir cuál de los cuerpos sexuados salió “ganador” en lo que respecta a las consecuencias de las diferencias sexuales –dentro del modelo de oposición sexual binaria en el que el argumento de Abad se inscribe– yo, como sujeto que habita un cuerpo con experiencia de primera en mano en gestación, parto, y lactancia, afirmo que aunque el costo físico de estas tres tareas es elevado, también ocurre pocas veces en la vida. En cambio hay otro par de diferencias que claramente posicionarían al cuerpo con clítoris en posición de ventaja innegable respecto al cuerpo con pene (para ponerlo en términos biológico-genitales bien reduccionistas). La ventaja es que las mujeres tenemos el placer inextinguible y perdurable en el tiempo del orgasmo múltiple, mientras que los hombres el problemita de la eventual impotencia. Para ponerlo en el lenguaje inepto de la columna: la naturaleza (o el dios que menciona) no es machista, si tuviera que ser algo, sería feminista. El machismo vino después, porque el machismo es social, no natural.

La suspensión de @ensayista

Esta entrada es diferente de las que suelo escribir en este blog respecto a dos cosas. Primero, no concierne los temas usuales (análisis de medios, cultura y política) sino que trata de la muy reciente suspensión de la cuenta de Elsy Rosas Crespo (@ensayista), famosa pero aparentemente impopular en Colombia. Segundo, está escrita a cuatro manos con un invitado especial: Homo antonymum (@heterosinonimo).

Ayer (12 de mayo de 2015) la cuenta de la tuitera colombiana Elsy Rosas Crespo (@ensayista) fue suspendida. Después de la suspensión, @ensayista utilizó otra cuenta (@diganmeandres_, rebautizada temporalmente @suensayista) para explicar el asunto y decir adiós. Nos habría gustado participar en el debate que se armó, pero era tarde para nosotros. Esta mañana la discusión había llegado a su fin.

No es nuestro objetivo montar una defensa incondicional de @ensayista, pues no conocemos suficientemente ni la cuenta ni la persona detrás de ella. En efecto, a pesar de saber de su existencia desde hace más de un año, apenas la empezamos a seguir hace algunos días. Hay ciertas cosas que hemos leído que definitivamente nos molestan: los comentarios sexistas, misóginos, anti-feministas y clasistas son recurrentes, y el uso del insulto es desmedido. (Por cierto, cuentas así pululan en Colombia y no por ello son reportadas). A pesar de lo anterior, la cuenta sobresale en su diferencia en un país donde la opiniones son normalizadas y uniformes. Ciertas entradas del blog de Elsy ponen el dedo en la llaga porque la autora osa decir cosas que nadie más dice en Colombia, y aunque muchas veces la burla desdibuja la crítica, ésta no deja de ser válida. En efecto, criticar a través de la burla y el insulto personal hace parte de la cultura hegemónica colombiana. La prueba es que un Daniel Samper Ospina (@DanielSamperO) ha hecho de ella su profesión, con la diferencia que en la crítica de Samper Ospina –burda, sexista y clasista– no hay nada ni de original ni de profundo. Cabe anotar que, contrariamente a Daniel Samper, Elsy Rosas no tiene un ápice de poder.

Pasemos a la cuestión de los mecanismos para la suspensión en Twitter. Leyendo las reglas de uso de la red vemos que cuando se reporta una cuenta hay que señalar la razón. Suponemos que ésta fue la última de las opciones listadas (“Están siendo abusivos o perjudiciales”). Sin embargo, observando la dinámica tuitera colombiana se puede fácilmente llegar a la conclusión de que muchas de las cuentas son abusivas y perjudiciales. Basta ver las cosas que escribe María Fernanda Cabal (@MariaFdaCabal), el abuso que recibe Piedad Córdoba (@piedadcordoba), o las barbaridades de tanta macabra cuenta uribista que no nombramos por puro miedo. Entonces ¿por qué se hace suspender la cuenta de @ensayista? ¿No basta simplemente con bloquearla? Esto muestra una vez más que en Colombia la idea de callar a la gente que nos fastidia –sean cuales sean las razones al origen del fastidio– sigue siendo vigente. Lo curioso es que, como lo hizo notar @jalexanderg, muchos de los defensores de la libertad de expresión en el contexto de los ataques a Charlie Hebdo probablemente están detrás de la masa de tuiteros que decidieron callarla.

A pesar de que no compartimos muchos de sus puntos de vista, nos parece una lástima su suspensión. Gracias a esa cuenta conocimos joyas de la sátira, como la entrada de blog “Emprendedores colombianos en la red — El caso Catalina Alba” y esa frase clave de la cultura económica colombiana (“No nos dan plata pero nos dan cositas”) con las cuales estuvimos a punto, literalmente, de estallarnos de la risa.

El credo secular

Hace unos días por medio de Twitter osé decirle al caricaturista colombiano Vladdo que en uno de sus dibujos sobre los recientes ataques de Charlie Hebdo había atribuido erróneamente una cita a Voltaire. Adicioné un consejo que siempre doy a mis estudiantes: uno sólo cita a quien ha leído. Verificar las fuentes es algo que, estoy segura, un periodista también aprende en su primer semestre de universidad.

La cita en cuestión es “no estoy de acuerdo con lo que dices, pero defenderé hasta la muerte tu derecho a decirlo”, palabras de Evelyn Beatrice Hall, la biógrafa inglesa de Voltaire. Aunque debo admitir que me divertí mucho, mi objetivo no era ensañarme con Vladdo, pues no es mi costumbre burlarme de la gente y mucho menos hacerlo en la palestra pública. Me lo permití precisamente por la vehemencia con la cual él y el círculo de letrados al que pertenece han defendido el derecho inalienable de cada individuo de burlarse de lo que le apetezca, sin consideración alguna por la persona –o comunidad– hacia quien esté dirigida la burla, y sin tener en cuenta las posibles consecuencias –personales, políticas, sociales, económicas, etc.– de la burla para sí mismos, la comunidad o el resto del mundo. A Vladdo no le gustó mi tuit, y le gustó aún menos que nueve personas lo hayan retuiteado, y otras once lo hayan marcado como favorito.

Esta anécdota es interesante porque me sirve como punto de partida para los temas que quiero abordar. En primer lugar encapsula la hipocresía detrás del discurso de aquellos que en Occidente –la Colombia urbana, ciertas partes de Europa, ciertas facciones de Estados Unidos– defienden a capa y espada la llamada “libertad de expresión”. En segundo lugar, es una mise en abyme del proceso de sacralización de esa misma libertad de expresión, proceso a través del cual ésta se convierte en dogma central de lo que llamo aquí “el credo secular”.

La cita de Hall dentro del contexto de la composición completa de Vladdo –que incluye otra de Camus y el dibujo de un lápiz empuñado en gesto de protesta ocupando la parte central del recuadro– implica un posicionamiento claro del autor con respecto a la misma. A través de la voz de Hall, que él atribuyó a Voltaire, Vladdo está diciendo que la libertad de expresión es un valor tan fundamental que está dispuesto “a morir” por el derecho de otros a decir lo que piensen, así no esté de acuerdo con lo que digan. Éste es el sentido literal de las palabras de Hall; y aunque Vladdo quizás diga ahora que deben entenderse en sentido figurado, lo figurado no cabe en el contexto de los recientes ataques a Charlie Hebdo porque los muertos son reales. Contrariamente a su “promesa” de defender el derecho de los otros a decir lo que quieran, así a él no le guste lo que los otros digan, Vladdo bloqueó mi cuenta de Twitter negándome toda posibilidad de interpelación.

Vladdo no es el único en enarbolar la libertad de expresión de forma hipócrita, lo que quedó claramente probado en la marcha del pasado 11 de enero en París. Como la gran mayoría de la comunidad tuitera lo notó, la comitiva estatal a la cabeza de dicha marcha contaba con la presencia de personajes de reputación planetaria en lo que se refiere precisamente a la violencia política legitimada por el Estado y a la restricción del derecho a la palabra. Un ejemplo es Benjamin Netanyahu, primer ministro de Israel que, como todo el mundo sabe, el pasado verano en respuesta a las chispitas mariposa lanzadas desde Gaza lanzó una de las operaciones más brutales de la historia del conflicto Israelo-Palestino en las últimas décadas: más de 2000 palestinos muertos y 77 israelitas. El número de niños –todos Palestinos, por supuesto– fue enorme, y cuando un clip radial Israelí nombró a algunos de ellos, fue de inmediato suspendido.

Quedémonos en los confines de Europa y tomemos el caso de Dieudonné, comediante infamoso en el mundo de la francofonía precisamente por sus chistes racistas anti-semitas. Días después del ataque, Dieudonné dijo a través de su cuenta de Facebook que él era más bien Charlie Coulibaly, apropiándose del apellido del hombre que secuestró y mató a cuatro judíos en la toma del supermercado que tuvo lugar un par de días después de la masacre en la revista. El resultado es que fue arrestado, y sus shows en Estrasburgo y Suiza fueron inmediatamente suspendidos. Yo no conozco a Dieudonné, nunca iría a uno de sus shows porque soy anti-racista, sé de cosas que ha dicho que efectivamente son anti-semitas, y a mí el racismo no sólo no me parece chistoso, sino que me parece inaceptable. Más aún, pienso que las representaciones racistas –en Francia, en Inglaterra, en Colombia, o donde quiera que sea– constituyen estrategias muy efectivas de abyección social.

Tal vez Dieudonné use sus remarcas como táctica para señalar que el llamado discurso de odio en Francia, que es ilegal, es sólo aplicable cuando está dirigido a la comunidad judía, pero no a la musulmana. No lo sé. Lo que sí sé es que su caso es uno de tantos que demuestran que la libertad de expresión no es el valor absoluto y universal que ahora, debido a los acontecimientos recientes, muchas personas quieren hacer creer. Cada país tiene marcos legales respecto a lo que puede o no ser dicho. En otras palabras: el gobierno de turno de cada Nación-Estado se otorga el derecho de ponerle límites a la tal “libertad de expresión”, y esto pasa no sólo en los regímenes dictatoriales de África o del Medio Oriente, sino en el pleno corazón del mundo occidental, como Francia, Alemania, y todos los otros países europeos. En Alemania y Francia, por ejemplo, el negacionismo es delito. Fox News va a ser demandado por la alcaldesa de París por haber dicho una sarta de sandeces mentirosas respecto a la ciudad. Y el ejemplo supremo del cinismo y la absurdidad es el caso de un adolescente de 16 años en Nantes que fue arrestado por parodiar una de las portadas de Charlie Hebdo porque supuestamente es apología al terrorismo. En fin, ejemplos hay millones. Entonces, ¿de qué libertad de expresión en términos absolutos habla Vladdo (y Hector Abad Faciolince y Felix de Bedout y Daniel Samper Ospina y etcétera)? ¿Viven este señor y sus congéneres en una dimensión paralela? ¿O es que sólo leen las noticias y columnas de opinión que producen ellos mismos?

La vehemencia con la cual los Vladdos del mundo –en particular los de Colombia– se han lanzado al ruedo para defender lo que ya está casi que convirtiéndose en la esencia misma de Occidente, apunta a la evidente sacralización de la laicidad y a la transformación de la idea de la libertad de expresión en dogma. Lo que me lleva al segundo punto: cómo la cita de Hall atribuida a Voltaire en la composición de Vladdo es una mise en abyme de este proceso sacralizador del secularlismo y de la idea de libertad de expresión.

Partamos de la religión, y lo haré de manera esquemática. Las tres grandes religiones monoteístas se basan en ciertos dogmas que pueden ser entendidos dentro de cada una como verdades absolutas y universales, y que son legitimados por entenderse como la palabra revelada al profeta –Moisés en el Judaísmo, Jesucristo en el Cristianismo, Mahoma en el Islam– y corporeizada en la Torah, la Biblia y el Corán, respectivamente. Es así como el hombre “elegido” es transformado en profeta, es decir, en ente legitimador por excelencia dentro de cada religión. La referencia de Vladdo pone en juego estos mismos elementos dentro del sistema de representación derivado de la Ilustración, de quien Voltaire es uno de sus principales exponentes (perfectamente comparable a uno de los profetas de las religiones monoteístas). Si Vladdo hubiera sabido que la cita no era de Voltaire sino de su biógrafa –lo habría sabido si hubiera leído a Voltaire– probablemente no la habría incluido en su dibujo, pues claramente Evelyn Beatrice Hall no tiene la misma legitimidad dentro de este sistema de representación que Voltaire.

Por otro lado, la parte central de la cita de Hall, “defenderé hasta la muerte tu derecho a decirlo”, resalta que la idea de libertad de expresión está jerárquicamente ubicada más arriba que la materialidad de la propia vida, que es precisamente lo que define el martyrdom en ciertos sistemas religiosos e ideologías políticas que instrumentalizan la religión para legitimarse a sí mismas. Al integrar esta cita a su dibujo, Vladdo está implícitamente avalando el sacrificio propio en nombre de una idea, una idea que para los fundamentalistas islámicos se llama “Allah”, y para los seguidores del credo secular “libertad de expresión”, lo que convierte a esta última en verdad universal y en elemento sagrado del sistema de referencia en el que opera. Esta sacralización de la “libertad de expresión” por medio del martirio se evidencia cuando una semana después de los ataques, Charlie Hebdo publica una nueva caricatura en un tono aún más provocador. No voy a hacer el análisis aquí, aunque valdría la pena. El gesto en sí señala que efectivamente los periodistas de la revista siguen dispuestos a morir por una idea, porque los comandos centrales de Al-Qaeda y sus fieles –soldados evidentemente entrenados– acaban de mostrarle al mundo, por enésima vez, que llevan a cabo sus amenazas, y que están preparados para esperar el tiempo que sea necesario para hacerlo. No hay que ser de izquierda ni de derecha para ver esto.

La cuestión de la instrumentalización de la religión que mencioné anteriormente me lleva al último punto: la simplificación excesiva de las causas y consecuencias, por un lado, del cambio en la línea editorial de Charlie Hebdo que se dio a partir del 2000 en el contexto de Francia y, por otro, del ataque a la revista que resultó en 12 periodistas muertos.

Un tuit de Vladdo –“¿Qué importa más: el respeto a un credo o el respeto a la vida? ¿Hay algún pretexto para matar a alguien por opinar? Yo no creo”– engloba las tres líneas de simplificación alrededor de las cuales se ha organizado el debate en los medios y las redes sociales en Colombia: la primera, la cuestión de la libertad de expresión –aquí llamada opinión– tratada previamente; la segunda, la reducción de las caricaturas de Charlie Hebdo y el subsecuente ataque a una cuestión de credo; y la tercera, la prohibición de querer entender los eventos so pena de ser tildado de cómplice del terrorismo.

Un ejemplo paradigmático de la reducción de todo este asunto a la cuestión religiosa lo ofrece Héctor Abad Faciolince en dos columnas: en la primera de ellas, titulada “Contra la sumisión”, es tan extrema su simplificación que el mismo autor lo reconoce en una segunda columna en la cual, respondiendo a comentarios del Papa sobre el ataque, admite que aplicó “una aritmética barata al Islam”. Lastimosamente estas palabras de auto-crítica sólo sirven de antesala para más simplificación y repetición, lo que se evidencia en la síntesis del mismo texto en uno de sus propios tuits: “Usted puede creer lo que quiera, pero yo puedo criticar sus creencias”.

Las cosas son muchísimo más complejas. Tanto las caricaturas de Charlie Hebdo como el ataque y las consecuencias del mismo se derivan e intervienen en las arenas política, cultural, y social, además de la religiosa. Todo esto es de vital importancia como para dejarlo fuera del debate. La reducción a la cuestión de credo parte de confundir dos cosas que deben ser entendidas separadamente: por un lado, las visiones religiosas del mundo y, por el otro, el rol que dichas visiones del mundo pueden jugar en la legitimación de sistemas específicos de dominación y explotación. No voy a entrar en detalles, pero al que le interese, un artículo escrito a finales de 2013 por un periodista que trabajó en Charlie Hebdo durante los años noventa da una idea de la historia de la revista, de los cambios en la línea editorial a partir de los eventos del 11 de Septiembre en Nueva York y del contexto francés contemporáneo. Este artículo, aunque no toma en cuenta el aspecto colonial que es igual de importante, ofrece una mirada desde adentro y tiene la ventaja de haber sido escrito antes de los ataques (para los que no leen francés aquí hay una traducción al inglés).

La tercera línea se deriva del proceso de sacralización de la tal libertad de expresión: el asesinato de los periodistas los convierte en mártires y esto a su vez los vuelve inmunes a la crítica. Así como para los musulmanes es un irrespeto –herejía sancionable con la muerte para los fundamentalistas islámicos– representar a su profeta Mahoma, para los seguidores del credo secular —La République en tête— cuestionar la línea editorial de Charlie Hebdo de la última década en el contexto contemporáneo francés se traduce ya en enlodar el honor de los mártires y, peor aún, justificar los atentados. (Nótese la diferencia importante entre justificación y explicación, y nótese también que el debate sobre la revista es de larga data.) Esta falacia ha sido también fustigada incesantemente por periodistas colombianos con enorme poder mediático. Vean por ejemplo el tuit de Felix de Bedout, que Sandra Borda acertadamente cuestiona.

El hecho de no entender la denominada libertad de expresión como un valor universal y absoluto NO implica que se condonen los eventos de París. Ésta es una de las argucias discursivas de los fanáticos del credo secular, una estrategia para forzar la voz disonante a adherir a un discurso al que no adhiere. Es una forma pseudo-astuta de hacer coerción para imponer en el otro la visión del mundo que ellos tienen, es decir, una forma moderna de estampar la bota colonial que sigue la lógica Bushiana de “si no estás conmigo estás contra mí”. Muchas personas (como yo misma) que entienden que la libertad de expresión depende de los contextos históricos, políticos y culturales y por ende no es universal ni absoluta, tampoco están de acuerdo con el castigo a muerte para los transgresores de ciertos límites –y aquí entran asesinos en serie, violadores, pedófilos, descuartizadores, fanáticos políticos, fanáticos religiosos– tome éste la forma del asesinato fuera de los marcos legales o de la pena de muerte legitimada por el Estado. Adentrarse entonces en las causas y consecuencias de ataques como el de París no es justificarlos, y cualquier adulto con una compresión de lectura razonable debería entenderlo.

La simplificación de los hechos de París a la cuestión religiosa y la sacralización de la “libertad de expresión” son líneas no solamente insostenibles desde el punto de vista argumentativo y político, sino que son peligrosas, pues por un lado cierran el debate y por el otro obligan a la sociedad civil y a los Estados a matricularse en uno de los dos únicos bandos posibles: los #JeSuisCharlie versus los #JeNeSuisPasCharlie. Como dije en una entrada anterior, esta polarización alimenta la tesis del Choque de civilizaciones vaticinado por Samuel Huntington, tesis ésta sobre la cual reposan los proyectos políticos de la extrema derecha de la Europa actual y de grupos como Al-Qaeda y el autodenominado Estado Islámico.

Así es que a los Vladdos y a los Abades colombianos les queda decidir si salen del camino desinformado y estrecho que han elegido hasta ahora para hacer algo útil con el enorme poder mediático que tienen, o si continúan contribuyendo con su granito de arena a que se desate una guerra de enormes proporciones. Vean noticias, lean sobre Nigeria y los efectos reales de la última caricatura de Charlie Hebdo allí, sobre cómo esta nueva provocación está sirviendo de apoyo a Boko Haram para construir consenso entre la población, y sobre qué posibles consecuencias tiene esto para el mundo. El mundo en el que ustedes también viven.

Charlie Hebdo, libertad de expresión e islamofobia

Ya van dos días desde los horribles sucesos de París en los que dos hombres asesinaron a sangre fría a dos policías y a diez periodistas en las oficinas de Charlie Hebdo. El mundo occidental ha estallado en un grito de horror y condolencia por tan estremecedor suceso, y es que no hay para menos, pues es un hecho abominable. Las cosas no paran ahí. Horas después del ataque en la revista, una mujer policía fue asesinada por otro sospechoso que hace poco se confirma está relacionado con la red de Al-Qaeda a la que –todo parece indicar– pertenencen los asesinos. En el momento en el que escribo, un hombre detiene a seis personas en un supermercado kosher en la periferia de París, donde al parecer ya han muerto dos personas. Francia está en alerta máxima, Europa está de luto, y por ahora ningún grupo revindica oficialmente los hechos.

Las implicaciones de todo esto en el corto y largo plazo son serias y pueden ser fatales si no se abre un espacio para que, parafraseando a Judith Butler, se reflexione acerca de qué se puede hacer políticamente con el dolor (grief) en lugar de un llamado a la guerra.* Desafortunadamente la discusión en los medios occidentales y en las redes sociales está tomando un tono monocromático que busca reducir la complejidad de la cuestión fundamentalista islámica a un simple “quieren acabar con la libertad de expresión”.

Yo me atrevo a opinar diferentemente. A los fundamentalistas islamistas les importa un soberano pito la libertad de expresión que es, entre otras cosas, un valor occidental. Lo que sí les interesa, en cambio, es tomar el control de lo que en términos decoloniales se conoce como “la matriz colonial del poder”. En otras palabras, Al-Qaeda, el autodenominado Estado Islámico, y todos los grupos fundamentalistas islámicos, quieren tomar el poder que durante tanto tiempo ha sido hegemónicamente detenido por Occidente. Pero para lograrlo necesitan una guerra, y para llevar a cabo esa guerra necesitan soldados. ¿Y qué mejor terreno para encontrar soldados que la Francia contemporánea que cuenta con la proporción más elevada de Musulmanes en Europa y que ha llevado por décadas políticas de estado que marginalizan sistemáticamente a esas mismas comunidades al interior del territorio nacional? Sin embargo, soldados para la guerra no se consiguen haciendo peticiones a través de Twitter o de Facebook. Se consiguen forzando el consenso, y una manera de forzar el consenso en ese pool de individuos es aumentando su vulnerabilidad y su desafección al Estado francés. Atizar la islamofobia sirve claramente la causa fundamentalista porque ubica a la comunidad musulmana entre dos fuegos: el xenófobo que los persigue, criminaliza, abusa, e incluso mata, y los islamistas mismos que pregonan y se ofrecen como únicos defensores de sus intereses. Como lo dice Juan Cole en su excelente artículo “Sharpening Contradictions”: “Al-Qaeda quiere colonizar mentalmente a los musulmanes franceses”.

Así es que centrar el debate en una fetichización de la “libertad de expresión” no sirve más que para oscurecerlo. Tampoco se puede creer que estos grupos están conformados por personas idiotas. Si lo fueran el 9/11 nunca habría ocurrido. Ni el ataque de Madrid. Ni el de Londres. Ni este último de París. Esos ataques son planeados por gente con formación, inteligencia, y estrategia militar. Grupos organizados que saben dónde y cómo atacar para obtener los resultados que quieren. Pensar que lo que buscan es que atestar un golpe mortal a la libertad de expresión es simplista además de ingenuo. Así es que no, los comandos centrales de Al-Qaeda –o quien quiera que sea que esté detrás de este último ataque– no están en este momento dándose golpes en la cabeza contra el muro porque en vez de silenciar a los caricaturistas de Charlie Hebdo lo que se logró fue darlos a conocer al mundo y que por ende el atentado fue un fracaso, como algunos han sugerido en redes sociales. Ellos saben perfectamente el tipo de reacción que un ataque así genera en Occidente, no sólo en los medios, sino en los Gobiernos, y en la sociedad civil. Tanto a los fundamentalistas islamistas como a muchos otros partidos y asociaciones políticas de extrema-derecha –desde el Front National de Marine Le Pen, la UDC en Suiza, UKIP en el Reino Unido, y el PVV en Holanda, entre otros, hasta organizaciones tan peligrosas como PEGIDA (Patriotische Europäer gegen die Islamisierung des Abendlandes)– les conviene atizar la islamofobia, pues ésta alimenta la nociva narrativa del Clash of Civilisations sobre la cual reposan sus respectivos proyectos políticos.

Es entonces a la sociedad civil de tomar cartas en el asunto y no dejar que el horror y el dolor nublen la capacidad para reflexionar sobre este evento teniendo en cuenta las complejidades que involucra. De otro modo se caería en dicotomías peligrosas que servirían solamente a desatar una guerra.

Vale la pena echarle un ojo a varios artículos en inglés que salen de este enfrascamiento del debate alrededor de la libertad de expresión y que abordan la cuestión desde un punto de vista crítico:

*Butler, Judith (2004). Precarious Life: The Powers of Mourning and Violence. London & New York: Verso.

Nota: En el momento de publicación de este texto los sospechosos ya han sido dados de baja por la policía francesa. Varios rehenes también son reportados como muertos.