Traducción: Deshaciendo el silenciamiento de la revolución haitiana

Traducción de “Undoing the Silencing of the Haitian Revolution” de G. K. Bhambra.

 

Las revoluciones en Francia (1789) y en Estados Unidos (1776) – ampliamente consideradas como las revoluciones clave del mundo moderno – suelen ser presentadas como revoluciones democráticas organizadas alrededor de nuevas interpretaciones de igualdad y de reparación de antiguas formas de jerarquía social y política. No obstante, mientras que el derecho al voto obtenido por dichas revoluciones fue restringido a los hombres blancos propietarios, la desposesión y la esclavización de los pueblos indígenas y de origen africano se constituyeron como elementos clave para ambos estados.

Alrededor del mismo período, otra revolución que fue más radical tanto en sus metas como en su ejecución – la revolución haitiana de 1804 – tuvo lugar. Ésta, sin embargo, ha sido ampliamente ignorada.

Saint-Domingue – como se conocía a Haití antes de la revolución – era una colonia francesa ubicada en la parte occidental de La Española, una isla en el Caribe que había sido reclamada por la corona de España. Esta colonia no era solamente la más productiva del imperio francés – produciendo aproximadamente la mitad del azúcar mundial y una tercera parte del café – sino que era también el mayor mercado de exportación para Francia. Los productos eran cultivados en plantaciones trabajadas por personas africanas esclavizadas que habían sido llevadas allí como consecuencia de la trata europea.

Al cierre del siglo dieciocho, se estima que más de medio millón de personas africanas esclavizadas vivían en Saint-Domingue junto con una cuantiosa población de personas de color libres y liberadas. Durante este periodo, hubo un número de revueltas contra las condiciones de esclavitud en Saint-Domingue que eventualmente culminaron en la revolución de 1804 la cual abolió la esclavitud y estableció una república moderna. Esta revolución fue la primera que se basó en la libertad de toda la población.

A pesar de haber ocurrido casi al mismo tiempo que la francesa y la americana, a la revolución en Saint-Domingue raras veces se le concede un estatus similar, es decir, ser considerada como un evento fundacional en la historia del mundo. Ha habido trabajos historiográficos significativos al respecto – siendo The Black Jacobins de C.L.R. James (1899 [1963, 1938]) tal vez el más notable – sin embargo, pocos trabajos generales del tipo “La era de las revoluciones” la han incluido como haciendo parte de cómo entender ese época. Incluso trabajos históricos acerca del “origen del mundo moderno” que se pretenden “globales” – por ejemplo, The Birth of the Modern World (2004) de Christopher Bayly o Transformation of the World (2014) de Jürgen Osterhammel – dedican considerablemente más atención a las narrativas históricas estándares alrededor de las revoluciones francesa y estadounidense en lugar de abordar la revolución haitiana.

El libro de Bayly (2004) dedica a lo sumo un par de frases y esto a pesar de que la cubierta muestra un retrato llamativo de Jean-Baptiste Belley, revolucionario haitiano quien, como representante de Saint-Domingue, hizo parte de la delegación que viajó a París para dirigirse a la Asamblea Constituyente. Balley – quien habría sido esclavizado – compró su libertad con trabajo, y argumentó persuasiva y exitosamente (aunque en retrospectiva sólo de manera temporal) por la abolición de la esclavitud dentro del Imperio Francés (Dubois 2005: 169-70). Fue sólo como consecuencia del viaje de esta delegación (de Haití a Francia) que la cláusula aboliendo la esclavitud fue incluida en la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano.

Esto significa que el elemento político más radical de la Revolución Francesa, es decir, aquel con mayor potencial universal, llegó de Haití. Aún así, este evento no es incluido en la mayoría de las narrativas acerca del origen del mundo moderno lo cual conlleva a que no se reconsideren las aserciones más amplias acerca de la modernidad europea que usualmente se hacen. Las formas dominantes de entender la modernidad como un proceso endógeno a Europa y abstraído de las implicaciones del colonialismo y del Imperio siguen intactas. Otros eventos, en la medida en la que se mencionan, le dan simplemente un toque descriptivo a las narrativas estándares sin transformarlas.

Cuando la revolución haitiana se discute, el debate – tal y como lo señala Sala-Molins – suele articularse en torno a la siguiente pregunta: “¿Hizo Haití su propia revolución o la revolución francesa se extendió a las colonias?” (2006: 122). La conclusión inevitable a la que se llega siguiendo esta línea de razonamiento es que “no hubo revolución haitiana: sólo hubo un episodio de la revolución francesa en Saint-Domingue” (2006: 123). Sin embargo, de acuerdo con Sala-Molins, si los libertadores haitianos negros han de ser convertidos en discípulos de la Ilustración, “la lógica demanda esclarecimiento: estos libertadores subvirtieron el lenguaje de la Ilustración resignificándolo” (2006: 124). Esta nueva significación sería ulteriormente rescindida por los supuestos iniciadores de la Ilustración pues Napoleón prontamente derrocó la abolición y reintrodujo la esclavitud en las colonias francesas.

¿Qué se puede aprender entonces acerca del origen y de la transformación del mundo moderno (y más generalmente acerca de las políticas de producción del conocimiento) si se toma la revolución Haitiana de manera seria?

Primero, se aprendería acerca de las maneras como – al alcanzar la libertad y la independencia – aquellos que fueron esclavizados honraron los pueblos que los precedieron en esas tierras. El cambio del nombre Saint-Domingue (francés) por Haití honra el nombre que el pueblo Taino Arawak – eliminado por la colonización española y francesa (ver Geggus 2002: 207-220) – había dado a la isla.

Segundo, se aprendería que al alcanzar la libertad y establecer la independencia de Haití, el desarrollo de la constitución haitiana fue predicado a partir de un entendimiento de la ciudadanía con una aplicabilidad más universal que la de nociones similares desarrolladas con las revoluciones francesas y estadounidenses. Tanto Francia como los Estados Unidos, por ejemplo, mantuvieron una concepción racializada de la esfera política en la cual el derecho al voto fue otorgado sólo a los hombres blancos propietarios. Haití, en contraste, no puso límites de color a la participación política.

La constitución declaró que toda persona negra podía votar. Pero la negritud no estaba definida en función de la epidermis, es decir, en función del color de la piel, sino en términos del compromiso político de una población que se oponía a la colonización. Aquellos trabajadores alemanes y polacos no remunerados quienes también habían sido traídos a Haití por los franceses eran considerados como negros, como también lo eran los/as niño/as de mujeres blancas nacida/os en la isla. Como sostiene Fischer (2004: 266), haciendo de la liberación de la esclavitud y de la discriminación racial la base de entendimientos políticos y desvinculando el concepto de ciudadanía de la raza, la constitución haitiana radicalizó y universalizó la idea de igualdad.

En el momento en el que los líderes revolucionarios haitianos estaban demandando la abolición inmediata de la esclavitud, en la última década del siglo dieciocho, esto no pasaba en ningún otro lugar del mundo Atlántico. Más aún, esto ocurre al mismo tiempo que la revolución estadounidense mantenía la esclavitud como elemento central y constitutivo de su propia sociedad mientras que Francia ejercía un dominio imperial en sociedades que estaban organizadas como sociedades esclavizadas. Teniendo esto en cuenta, no es de sorprender que Trouillot (1995) sugiera que la revolución haitiana sea la más radical de su era y que ha sido silenciada, precisamente, por su naturaleza radical.

El silenciamiento ocurre casi inmediatamente en el momento en que Francia establece el bloqueo económico total de la isla, un bloqueo que constituye no sólo un acto punitivo a Haití por su propia emancipación, sino que también busca controlar el “contagio” de revolución y de emancipación a otras sociedades esclavizadas en el Caribe y en las Américas. El bloqueo llevó a Haití a la quiebra en veinte años y fue sólo levantado en 1825 cuando Haití acepta pagarle a Francia una compensación por pérdida de propiedad. La compensación fue efectivamente pagada por la pérdida de propiedad encarnada en aquellos seres humanos que habían sido esclavizados y habían tenido la insolencia de emanciparse a sí mismos. Ellos, en cambio, no fueron a su vez compensados por haber sido esclavizados y desposeídos.

La compensación fue establecida a 150 millones de francos franceses. Para poner esto en contexto: alrededor del mismo periodo, Francia vendió el total del territorio de Louisiana a los Estados Unidos nacientes por 80 millones de francos franceses. Viéndose en la incapacidad de pagar tal indemnización, “el gobierno de Haití hizo préstamos a bancos franceses, empezando así un ciclo que habría de durar hasta el siglo veinte” (Dubois 2005: 304). Esta deuda coercitiva no fue pagada sino hasta la mitad del siglo veinte cuando se estima que Francia extrajo de Haití, la parte occidental de la isla de la Española, el equivalente de 17 mil millones de dólares estadounidenses actuales. Tal extracción determinó la pobreza futura de Haití al mismo tiempo que fue significativa para el establecimiento de la prosperidad de Francia.

Los silencios de la historia son muchos y las consecuencias de su perpetuación son duras. En el tiempo presente sólo podemos trabajar en aras de la justicia si tomamos en cuenta los procesos históricos que son responsables por las configuraciones actuales de nuestros mundos compartidos. Las historias restaurativas son sólo un aspecto de las reparaciones más amplias que son requeridas.

 

Traducción autorizada por Gurminder K. Bhambra

 

[Publicado por primera vez en traducción danesa como ‘Et opgør med fortielsen af Den Haitianske Revolution’ Marronage Mar 31, 2017 pp36-41]

 

Blibliografía y lecturas suplementarias

  • Bayly, Christopher A. 2004. The Birth of the Modern World. Oxford: Blackwell.
  • Bhambra, Gurminder K. 2016. ‘Undoing the Epistemic Disavowal of the Haitian Revolution: A Contribution to Global Social Thought’ Journal of Intercultural Studies 37 (1): 1-16.
  • Cooper, Anna Julia 1925. L’Attitude de la France à l’égard de l’esclavage pendant la Révolution. Paris: Impr. de la cour d’appel, L. Maretheux.
  • Cooper, Anna Julia 2006. Slavery and the French and Haitian Revolutionists. Edited and translated by Frances Richardson Keller. Lanham: Rowman Littlefield.
  • Dubois, Laurent 2004. A Colony of Citizens: Revolution & Slave Emancipation in the French Caribbean, 1787–1804. Chapel Hill: University of North Carolina Press.
  • Dubois, Laurent 2005. Avengers of the New World: The Story of the Haitian Revolution. Cambridge: Harvard University Press.
  • Fischer, Sibylle 2004. Modernity Disavowed: Haiti and the Cultures of Slavery in the Age of Revolution. Durham: Duke University Press.
  • Geggus, David P. (ed.) 2001. The Impact of the Haitian Revolution in the Atlantic World. Columbia: University of South Carolina Press
  • Geggus, David P. 2002. Haitian Revolutionary Studies. Bloomington: Indiana University Press.
  • Jackson, Maurice 2008. ‘“Friends of the Negro! Fly with me, The path is open to the sea”: Remembering the Haitian Revolution in the History, Music, and Culture of the African American People,’ Early American Studies: An Interdisciplinary Journal, 6 (1): 59-103.
  • Jackson, Maurice and Jacqueline Bacon (eds) 2010. African Americans and the Haitian Revolution: Selected Essays and Historical Documents. New York: Routledge.
  • James, C. L. R. 1989 [1963, 1938]. The Black Jacobins: Toussaint L’Ouverture and the San Domingo Revolution. Second Edition. New York: Vintage Books.
  • May, Vivian M. 2008. ‘“It is Never a Question of the Slaves”: Anna Julia Cooper’s Challenge to History’s Silences in Her 1925 Sorbonne Thesis,’ Callaloo 31 (3): 903–918.
  • Osterhammel, Jürgen 2014. The Transformation of the World: A Global History of the Nineteenth Century. Translated by Patrick Camiller. Princeton: Princeton University Press.
  • Sala-Molins, Louis 2006. Dark Side of the Light: Slavery and the French Enlightenment. Translated and with an Introduction by John Conteh-Morgan. Minneapolis: University of Minnesota Press.
  • Shilliam, Robbie 2017. ‘Race and Revolution at Bwa Kayiman,’ Millennium: Journal of International Studies TBA.
  • Trouillot, Michel-Rolph 1995. Silencing the Past: Power and the Production of History. Boston: Beacon Press.

El caso de Carolina Sanín, la ola antifeminista y la libertad de expresión

Carolina Sanín termina esta columna premonitoria publicada en 2011 con una secuencia de preguntas retóricas que, no sabía ella cuando la escribió, su propio caso habría de responder contundentemente cinco años más tarde.

La columna relata la ola de indignación que causó en las redes y en la radio la paliza que el entonces director técnico de la selección Colombia, Hernán Darío ‘El Bolillo’ Gómez, le propinó a una mujer. Inicialmente Sanín, como yo y muchas otras feministas en su momento, se sorprendió positivamente de ver que finalmente la gente parecía estar reaccionando ante la violencia contra la mujer. Sin embargo, al pasar de los días, cuenta, empieza a ver que tal vez “no es cierto que la masa tuitera y radiera haya empezado a preocuparse por las problemáticas de género” y que más bien muchos vieron que el caso de Gómez era “simplemente la oportunidad de ganarse una presea caballeresca por defender a una presa invisible”.

Se pregunta entonces Sanín cuánto “cantarían —o callarían— estos gallos si la víctima hubiera denunciado por sí sola a su agresor; si afirmara su libertad y quisiera defenderse”, si fuera fea, o bella, o sobresaliente en su profesión, si fuera empleada doméstica, si viviera su sexualidad libremente, libertinamente, y abiertamente, si, para no ir tan lejos, dice, “tuviera una cara y un nombre y un dedo para señalar.”

Ella, Sanín, tiene cara, nombre y un dedo para señalar. Pero no sólo se defiende a sí misma. También critica al sistema, con voz fuerte, sin dejar callarse, haciendo uso de insultos que se apoyan en analogías escatológicas, es decir, de una forma que destroza en mil pedazos el guión que en Colombia deben seguir las mujeres en general, y aquellas de su clase social y nivel formación, en particular, para poder hablar. Como la feminista de excelente formación crítica y capacidad de análisis que es, Sanín critica el machismo dominante estructural, pero también el machismo (y clasismo y racismo) ejercido por agentes, hombres (y mujeres), muchos de éstos poderosos y a quienes designa con nombre propio, como Samper Ospina. Esto lo hace sin compromiso y no posando para SoHo mientras tanto. Esta posición combativa – cualquiera que tenga dos neuronas conectadas en el cerebro bien sabrá que nadie va a lograr cambios de ningún tipo mientras se queda sentada en su silla cruzando las piernas y respondiendo “sí señor” a cada pregunta – ha convertido a Sanín en un blanco perfecto para el tsunami de antifeminismo que está flagelando a Colombia (y al mundo) en estos últimos años. Una especie de autoetnografía accidental ha hecho que las respuestas negativas implícitas en sus preguntas retóricas a las que me refiero en la apertura de este texto, le hayan explotado a Sanín en la cara en este último año en su pelea (vital, pero dolorosa para ella) contra el matoneo sistemático y repugnante que ha sufrido a manos del grupo anónimo de los semi-criminales – orgullosos de serlo – de los Chompos quienes están siendo, además, apoyados plenamente por la Universidad de los Andes.

El caso de Sanín prueba no sólo que en Colombia el avance en el ámbito cotidiano de la perspectiva de género es mínimo, sino también que las mujeres que hablan duro para denunciar, como ella y como Piedad Córdoba (en especial como Córdoba quien además es negra y de izquierda), son maltratadas y perseguidas en los foros de internet, en los ámbitos universitarios y por las instituciones con toda impunidad y bajo la mirada beneplácita de una gran mayoría de ciudadano/as.

No conozco a Sanín personalmente y dado que no tengo Facebook sólo tengo acceso a algunas de las columnas que ha escrito en uno que otro medio dominante estos últimos años. A través de Twitter, red a la que sí pertenezco, he visto extractos de ciertas cosas que pone en Facebook que algunos tuiteros comparten, seguí un poco lo que pasó en la feria del libro de Bogotá en 2016, y he seguido como he podido el caso horripilante de los Chompos. Es desde este panorama de información incompleto desde el cual escribo.

Los eventos de abril de 2016 en la feria del libro – un tipo la quiere callar quejándose porque nadie había dicho que el tema de la charla era el “feminismo trasnochado” de Sanín y el debate que se arma a partir de ese hecho – son sólo el abrebocas de lo que le espera a Sanín con los Chompos y con la Universidad de los Andes. En aquella ocasión presencié en Twitter la baja aceptación de Sanín en esa red y cuánta bilis generaba en mucha gente (en su momento escribí un hilo al respecto). Si bien todas las feministas sufren de acoso cirbernético en Colombia y en el mundo, el contraste entre la percepción de Sanín respecto al de otra feminista, que sí hace compromisos con el patriarcado a pesar de su performance de ser vocalmente crítica, y quien es una de las figuras que más domina los espacios de debate feminista en los medios colombianos es enorme. (No pretendo minimizar por un segundo los insultos y amenazas que esta otra feminista recibe, y es precisamente por esta razón que prefiero no nombrarla).

Cuando la historia de los Chompos estalló me quedé aún más aturdida al ver que para mucha gente Sanín se merece tanto el maltrato como el despido porque, argumentan, ella también insulta a través de su cuenta de Facebook. Pongo el termino “también” en itálicas porque en ninguno de los insultos que se le atribuyen (que muchos usuarios comparten fuera de contexto por Twitter) he visto que ella esté insultando a sus estudiantes o llamando a la violencia directa, cosa que los Chompos sí han hecho, por ejemplo, con la famosa foto de ella misma con un ojo negro y el mensaje “When el heteropatriarcado opresor te pone en tu lugar”.

El insulto que más parece haber marcado a los críticos de Sanín es el de decirle a alguien – muchos piensan que fue a Héctor Abad pero ella lo desmintió en una entrevista en la Blu Radio – que había sido “parido por el ano”. Que critique a Abad (lo llama Babad según la misma entrevista o Héctor A-Bad Writer según Twitter) es una de las cosas que más parece dolerle a mucha gente. Abad, como dije recientemente en otro texto, ha adquirido un aura de semi-dios en Colombia y que una mujer con cierto poder social, además feminista, venga a criticarlo con semejantes insultos parecería que es imperdonable. Esa fue la sensación que me dejó esa entrevista que le hicieron en la Blu Radio en la cual el periodista insistía, a pesar de que ella repetía incontables veces que no era a Abad a quién lo había dirigido, en preguntarle por qué insultaba así a Abad con el fin evidente de sacarla de casillas y “probar” que ella es “conflictiva”. Valdría la pena analizar la entrevista pues es un excelente ejemplo de cómo y por qué ésta parece concebida para dar un espacio de palabra a Sanín y acto seguido minarlo para que ella se autodestruya. La entrevista es un ejemplo más de por qué hablar como feminista y criticar al sistema, en un contexto tan hostil como el colombiano, acarrea un costo emocional enorme. Esta era la primera vez que yo oía a Sanín y la imagen que me dejó es que en realidad tiene mucha paciencia (y que el periodista que la entrevistó es un idiota profundo).

Los eventos del annus horribilis que fue 2016 para Sanín – lo de la Feria del Libro, el enfrentamiento cibernético con los Chompos y el matoneo de éstos hacia ella que se traduce en un enfrentamiento con la universidad de los Andes y culmina en su despido – epitomizan precisamente el tema que quiero tratar en este texto: cómo el antifeminismo actualmente rampante en Colombia se articula con el debate sobre la libertad de expresión defendido a capa y espada por la derecha (conservadora y liberal) y tan a la orden del día en el mundo contemporáneo.

La ola antifeminista actual no es exclusiva del contexto colombiano. Sin embargo, y a diferencia de contextos como el norteamericano y el europeo, ésta se incrusta en Colombia en estructuras sexistas que nunca han sido realmente puestas en jaque (ni siquiera medianamente sacudidas) pues, a diferencia de los contextos propiamente occidentales, el feminismo en Colombia nunca ha alcanzado una expansión suficiente para que permee los discursos cotidianos y la cultura mainstream urbana. Basta con echar un vistazo a la producción de columnas de opinión, de literatura, de cultura popular, de cine desde una perspectiva feminista para constatar la extensión de su precariedad (oxímoron intencional) en el contexto colombiano. Basta con observar cuántas mujeres comentan en Twitter Colombia que prefieren hablar de humanismo en vez de feminismo – como si las víctimas de los asesinatos de Juárez o las de violación del paramilitar Ramón Isaza fueran seleccionadas por ser humanas y no por ser mujeres – y cuán exitosos son esos comentarios. Esto implica que el backlash antifeminista emerge en Colombia con una virulencia particular.

El telón de fondo de la confrontación entre Sanín, de un lado, y los Chompos y la Universidad de los Andes, del otro, es el debate de la libertad de expresión que cobró una fuerza inusitada en el mundo occidental (en el que mal que bien la Colombia urbana se inscribe parcialmente) con los ataques a Charlie Hebdo en enero de 2015. En aquel entonces las voces liberales (y las conservadoras) de Colombia y el mundo se unieron en un coro uniforme que condonaba el matoneo cotidiano (por todos los posibles canales) a las comunidades musulmanas de la Francia contemporánea – comunidades estas provenientes de los mismos países ocupados, saqueados y doblegados por la Francia colonial, y que se han convertido en el chivo expiatorio de todos los males del país – en nombre de la libertad de expresión. Justo después de los ataques de París en enero de 2015, un chico francés de 16 años hizo una meta-sátira (una sátira de una sátira del mismo Charlie Hebdo) de los ataques y el resultado fue que lo arrestaron.

Una situación similar es lo que el caso de Sanín pone en evidencia. A los Chompos, cuyo matoneo es – como hasta Revista Semana ha reportado – clasista, sexista, racista, etcétera, la Universidad de los Andes les da carta blanca en nombre de la libertad de expresión, pero a Sanín, quien critica la violencia simbólica de los Chompos y el modelo de negocio (entre otras cosas) de la misma universidad, se le despide so-pretexto de que ella “afecta [supone uno que negativamente] la convivencia” (ver). Tal afirmación – notoria por su vaguedad y que no constituye prueba alguna – contrasta con el hecho confirmado de que la cuenta de los Chompos sí trae efectos negativos para la convivencia universitaria. Esto pone el dedo en el punto que está en juego y respecto al cuál escribí en el momento de los ataques a Charlie Hebdo en París: la falsa idea martillada por los intelectuales del corte de Abad de que la libertad de expresión es un valor absoluto y por tanto independiente de los contextos históricos, sociales, culturales, políticos y económicos en los que se define.

Lo que el caso de Sanín versus los Chompos y Andes prueba es que formular una crítica del statu quo – la violencia simbólica, el sexismo, el racismo, el clasismo, el neoliberalismo, la lógica de la rentabilidad como esquema educativo en un país donde los niveles de educación son vergonzosamente bajos – y que esto lo haga una mujer que habla duro, reclama sus derechos, grita, exagera, patalea, dice palabrotas para no dejarse aplastar, sobrepasa los límites de la libertad de expresión tal y como se entiende en la Colombia contemporánea. En contraste, la cuenta de los Chompos que perpetúa la violencia simbólica – que no sólo es violencia en sí misma sino que funciona como un mecanismo que busca (y termina por conseguir) un consenso general que legitima la violencia física, sexual, económica que sufren las mujeres (todas las clases sociales confundidas), los negros, los indígenas, los pobres, los minusválidos, los campesinos, los líderes sociales – sí tiene espacio para producirse y reproducirse sin ningún límite. En otras palabras la libertad de expresión tal y como está aceptada por consenso en la Colombia urbana contemporánea indica que los valores que hay que defender y a los cuales se les abre espacios son aquellos que perpetúan esa violencia simbólica y por ende todas las violencias. Es ésta la razón por la cuál el apogeo antifeminista va actualmente a todo vapor.

Concluyo – abruptamente, porque esta entrada ya está muy larga – con un mensaje de apoyo para Carolina Sanín (y lo extiendo a todas las feministas en Colombia, incluso a aquellas que defienden un feminismo liberal y que hacen compromisos con el patriarcado), pues enfrentar esa ola de misoginia tiene un costo emocional brutal y exige mucho coraje.

Miremos la paja en el ojo propio

Hace poco más de un año escribí una respuesta a un lamentable artículo de Héctor Abad Faciolince acerca del machismo de la maternidad. Hoy en este 8 de marzo de 2017 quiero compartir nuevamente ese artículo, no para provocar a Abad, sino para anotar que, como le dije antes a alguien que entendió un tuit que envié al respecto desde esa perspectiva, es importante llevar a cabo el debate acerca de cómo el machismo es reforzado por aquellos que viven de (les pagan por) pensar y explicar el mundo a los otros, es decir, aquellos quienes juegan el rol del “intelectual universal” en la Colombia contemporánea. Estas personas no solamente tienen el poder de formar la opinión sino que en el caso colombiano, donde los niveles de formación son considerablemente bajos (como las pruebas PISA lo han dejado muy en claro), terminan erigiéndose casi que en semi-dioses que todo lo saben y cuya palabra es prácticamente divina e irrefutable.

Abad y yo hemos tenido unas cuantas diferencias a través de Twitter y cuando respondí a su texto sobre la maternidad machista se lo envié directamente con la esperanza de que se tomara el tiempo de leer y de responderme por escrito, así yo sea un perfecto cero a la izquierda en el ámbito de la opinión pública en Colombia. Pero nunca lo hizo. Lo más probable es que no lo haya leído porque confrontarse a la crítica informada no es tarea fácil y los intelectuales, los políticos y los formadores de opinión en Colombia no quieren ser confrontados con argumentos sino que lo que buscan es un “comité de aplausos” (para usar una expresión que aprendí en Twitter Colombia y que me encanta porque encapsula perfectamente el asunto en cuestión).

Esta incapacidad de muchos y muchas (no es un problema único de los intelectuales hombres) de querer interrogar sus propias certitudes, de tomar distancia respecto a sus propios argumentos y de  aceptar la crítica para avanzar en el pensamiento es en parte alimentado por la pequeñez del círculo de letrados que domina ese espacio de producción intelectual en la Colombia contemporánea.

Invito entonces a quienes les interese, y nuevamente a Héctor Abad, a leer esa crítica mía en respuesta a su columna profundamente machista a ver si en vez de seguir viendo la paja en el ojo ajeno — como cuando tuitea “Preparando el 8 de marzo. El machismo en el deporte internacional” en vísperas de los eventos del Día Internacional de la Mujer — los intelectuales en general, y él en particular, empiezan a reflexionar acerca de cómo ellos mismos desde sus posiciones de poder perpetúan cotidianamente el machismo que salen a criticar todos los ochos de marzo.

El credo secular

Hace unos días por medio de Twitter osé decirle al caricaturista colombiano Vladdo que en uno de sus dibujos sobre los recientes ataques de Charlie Hebdo había atribuido erróneamente una cita a Voltaire. Adicioné un consejo que siempre les doy a mis estudiantes: uno sólo cita a quien ha leído. Verificar las fuentes es algo que, estoy segura, un periodista también aprende en su primer semestre de universidad.

La cita en cuestión es “no estoy de acuerdo con lo que dices, pero defenderé hasta la muerte tu derecho a decirlo”, palabras de Evelyn Beatrice Hall, la biógrafa inglesa de Voltaire. Aunque debo admitir que me divertí mucho, mi objetivo no era ensañarme con Vladdo, pues no es mi costumbre burlarme de la gente y mucho menos hacerlo en la palestra pública. Me lo permití precisamente por la vehemencia con la cual él y el círculo de letrados al que pertenece han defendido el derecho inalienable de cada individuo de burlarse de lo que le apetezca, sin consideración alguna por la persona –o comunidad– hacia quien esté dirigida la burla, y sin tener en cuenta las posibles consecuencias –personales, políticas, sociales, económicas, etc.– de la burla para sí mismos, la comunidad o el resto del mundo. A Vladdo no le gustó mi tuit, y le gustó aún menos que nueve personas lo hayan retuiteado, y otras once lo hayan marcado como favorito.

Esta anécdota es interesante porque me sirve como punto de partida para los temas que quiero abordar. En primer lugar encapsula la hipocresía detrás del discurso de aquellos que en Occidente –la Colombia urbana, ciertas partes de Europa, ciertas facciones de Estados Unidos– defienden a capa y espada la llamada “libertad de expresión”. En segundo lugar, es una mise en abyme del proceso de sacralización de esa misma libertad de expresión, proceso a través del cual ésta se convierte en dogma central de lo que llamo aquí “el credo secular”.

La cita de Hall dentro del contexto de la composición completa de Vladdo –que incluye otra de Camus y el dibujo de un lápiz empuñado en gesto de protesta ocupando la parte central del recuadro– implica un posicionamiento claro del autor con respecto a la misma. A través de la voz de Hall, que él atribuyó a Voltaire, Vladdo está diciendo que la libertad de expresión es un valor tan fundamental que está dispuesto “a morir” por el derecho de otros a decir lo que piensen, así no esté de acuerdo con lo que digan. Éste es el sentido literal de las palabras de Hall; y aunque Vladdo quizás diga ahora que deben entenderse en sentido figurado, lo figurado no cabe en el contexto de los recientes ataques a Charlie Hebdo porque los muertos son reales. Contrariamente a su “promesa” de defender el derecho de los otros a decir lo que quieran, así a él no le guste lo que los otros digan, Vladdo bloqueó mi cuenta de Twitter negándome toda posibilidad de interpelación.

Vladdo no es el único en enarbolar la libertad de expresión de forma hipócrita, lo que quedó claramente probado en la marcha del pasado 11 de enero en París. Como la gran mayoría de la comunidad tuitera lo notó, la comitiva estatal a la cabeza de dicha marcha contaba con la presencia de personajes de reputación planetaria en lo que se refiere precisamente a la violencia política legitimada por el Estado y a la restricción del derecho a la palabra. Un ejemplo es Benjamin Netanyahu, primer ministro de Israel que, como todo el mundo sabe, el pasado verano en respuesta a las chispitas mariposa lanzadas desde Gaza lanzó una de las operaciones más brutales de la historia del conflicto Israelo-Palestino en las últimas décadas: más de 2000 palestinos muertos y 77 israelitas. El número de niños –todos Palestinos, por supuesto– fue enorme, y cuando un clip radial Israelí nombró a algunos de ellos, fue de inmediato suspendido.

Quedémonos en los confines de Europa y tomemos el caso de Dieudonné, comediante infamoso en el mundo de la francofonía precisamente por sus chistes racistas anti-semitas. Días después del ataque, Dieudonné dijo a través de su cuenta de Facebook que él era más bien Charlie Coulibaly, apropiándose del apellido del hombre que secuestró y mató a cuatro judíos en la toma del supermercado que tuvo lugar un par de días después de la masacre en la revista. El resultado es que fue arrestado, y sus shows en Estrasburgo y Suiza fueron inmediatamente suspendidos. Yo no conozco a Dieudonné, nunca iría a uno de sus shows porque soy anti-racista, sé de cosas que ha dicho que efectivamente son anti-semitas, y a mí el racismo no sólo no me parece chistoso, sino que me parece inaceptable. Más aún, pienso que las representaciones racistas –en Francia, en Inglaterra, en Colombia, o donde quiera que sea– constituyen estrategias muy efectivas de abyección social.

Tal vez Dieudonné use sus remarcas como táctica para señalar que el llamado discurso de odio en Francia, que es ilegal, es sólo aplicable cuando está dirigido a la comunidad judía, pero no a la musulmana. No lo sé. Lo que sí sé es que su caso es uno de tantos que demuestran que la libertad de expresión no es el valor absoluto y universal que ahora, debido a los acontecimientos recientes, muchas personas quieren hacer creer. Cada país tiene marcos legales respecto a lo que puede o no ser dicho. En otras palabras: el gobierno de turno de cada Nación-Estado se otorga el derecho de ponerle límites a la tal “libertad de expresión”, y esto pasa no sólo en los regímenes dictatoriales de África o del Medio Oriente, sino en el pleno corazón del mundo occidental, como Francia, Alemania, y todos los otros países europeos. En Alemania y Francia, por ejemplo, el negacionismo es delito. Fox News va a ser demandado por la alcaldesa de París por haber dicho una sarta de sandeces mentirosas respecto a la ciudad. Y el ejemplo supremo del cinismo y la absurdidad es el caso de un adolescente de 16 años en Nantes que fue arrestado por parodiar una de las portadas de Charlie Hebdo porque supuestamente es apología al terrorismo. En fin, ejemplos hay millones. Entonces, ¿de qué libertad de expresión en términos absolutos habla Vladdo (y Hector Abad Faciolince y Felix de Bedout y Daniel Samper Ospina y etcétera)? ¿Viven este señor y sus congéneres en una dimensión paralela? ¿O es que sólo leen las noticias y columnas de opinión que producen ellos mismos?

La vehemencia con la cual los Vladdos del mundo –en particular los de Colombia– se han lanzado al ruedo para defender lo que ya está casi que convirtiéndose en la esencia misma de Occidente, apunta a la evidente sacralización de la laicidad y a la transformación de la idea de la libertad de expresión en dogma. Lo que me lleva al segundo punto: cómo la cita de Hall atribuida a Voltaire en la composición de Vladdo es una mise en abyme de este proceso sacralizador del secularlismo y de la idea de libertad de expresión.

Partamos de la religión, y lo haré de manera esquemática. Las tres grandes religiones monoteístas se basan en ciertos dogmas que pueden ser entendidos dentro de cada una como verdades absolutas y universales, y que son legitimados por entenderse como la palabra revelada al profeta –Moisés en el Judaísmo, Jesucristo en el Cristianismo, Mahoma en el Islam– y corporeizada en la Torah, la Biblia y el Corán, respectivamente. Es así como el hombre “elegido” es transformado en profeta, es decir, en ente legitimador por excelencia dentro de cada religión. La referencia de Vladdo pone en juego estos mismos elementos dentro del sistema de representación derivado de la Ilustración, de quien Voltaire es uno de sus principales exponentes (perfectamente comparable a uno de los profetas de las religiones monoteístas). Si Vladdo hubiera sabido que la cita no era de Voltaire sino de su biógrafa –lo habría sabido si hubiera leído a Voltaire– probablemente no la habría incluido en su dibujo, pues claramente Evelyn Beatrice Hall no tiene la misma legitimidad dentro de este sistema de representación que Voltaire.

Por otro lado, la parte central de la cita de Hall, “defenderé hasta la muerte tu derecho a decirlo”, resalta que la idea de libertad de expresión está jerárquicamente ubicada más arriba que la materialidad de la propia vida, que es precisamente lo que define el martyrdom en ciertos sistemas religiosos e ideologías políticas que instrumentalizan la religión para legitimarse a sí mismas. Al integrar esta cita a su dibujo, Vladdo está implícitamente avalando el sacrificio propio en nombre de una idea, una idea que para los fundamentalistas islámicos se llama “Allah”, y para los seguidores del credo secular “libertad de expresión”, lo que convierte a esta última en verdad universal y en elemento sagrado del sistema de referencia en el que opera. Esta sacralización de la “libertad de expresión” por medio del martirio se evidencia cuando una semana después de los ataques, Charlie Hebdo publica una nueva caricatura en un tono aún más provocador. No voy a hacer el análisis aquí, aunque valdría la pena. El gesto en sí señala que efectivamente los periodistas de la revista siguen dispuestos a morir por una idea, porque los comandos centrales de Al-Qaeda y sus fieles –soldados evidentemente entrenados– acaban de mostrarle al mundo, por enésima vez, que llevan a cabo sus amenazas, y que están preparados para esperar el tiempo que sea necesario para hacerlo. No hay que ser de izquierda ni de derecha para ver esto.

La cuestión de la instrumentalización de la religión que mencioné anteriormente me lleva al último punto: la simplificación excesiva de las causas y consecuencias, por un lado, del cambio en la línea editorial de Charlie Hebdo que se dio a partir del 2000 en el contexto de Francia y, por otro, del ataque a la revista que resultó en 12 periodistas muertos.

Un tuit de Vladdo –“¿Qué importa más: el respeto a un credo o el respeto a la vida? ¿Hay algún pretexto para matar a alguien por opinar? Yo no creo”– engloba las tres líneas de simplificación alrededor de las cuales se ha organizado el debate en los medios y las redes sociales en Colombia: la primera, la cuestión de la libertad de expresión –aquí llamada opinión– tratada previamente; la segunda, la reducción de las caricaturas de Charlie Hebdo y el subsecuente ataque a una cuestión de credo; y la tercera, la prohibición de querer entender los eventos so pena de ser tildado de cómplice del terrorismo.

Un ejemplo paradigmático de la reducción de todo este asunto a la cuestión religiosa lo ofrece Héctor Abad Faciolince en dos columnas: en la primera de ellas, titulada “Contra la sumisión”, es tan extrema su simplificación que el mismo autor lo reconoce en una segunda columna en la cual, respondiendo a comentarios del Papa sobre el ataque, admite que aplicó “una aritmética barata al Islam”. Lastimosamente estas palabras de auto-crítica sólo sirven de antesala para más simplificación y repetición, lo que se evidencia en la síntesis del mismo texto en uno de sus propios tuits: “Usted puede creer lo que quiera, pero yo puedo criticar sus creencias”.

Las cosas son muchísimo más complejas. Tanto las caricaturas de Charlie Hebdo como el ataque y las consecuencias del mismo se derivan e intervienen en las arenas política, cultural, y social, además de la religiosa. Todo esto es de vital importancia como para dejarlo fuera del debate. La reducción a la cuestión de credo parte de confundir dos cosas que deben ser entendidas separadamente: por un lado, las visiones religiosas del mundo y, por el otro, el rol que dichas visiones del mundo pueden jugar en la legitimación de sistemas específicos de dominación y explotación. No voy a entrar en detalles, pero al que le interese, un artículo escrito a finales de 2013 por un periodista que trabajó en Charlie Hebdo durante los años noventa da una idea de la historia de la revista, de los cambios en la línea editorial a partir de los eventos del 11 de Septiembre en Nueva York y del contexto francés contemporáneo. Este artículo, aunque no toma en cuenta el aspecto colonial que es igual de importante, ofrece una mirada desde adentro y tiene la ventaja de haber sido escrito antes de los ataques (para los que no leen francés aquí hay una traducción al inglés).

La tercera línea se deriva del proceso de sacralización de la tal libertad de expresión: el asesinato de los periodistas los convierte en mártires y esto a su vez los vuelve inmunes a la crítica. Así como para los musulmanes es un irrespeto –herejía sancionable con la muerte para los fundamentalistas islámicos– representar a su profeta Mahoma, para los seguidores del credo secular —La République en tête— cuestionar la línea editorial de Charlie Hebdo de la última década en el contexto contemporáneo francés se traduce ya en enlodar el honor de los mártires y, peor aún, justificar los atentados. (Nótese la diferencia importante entre justificación y explicación, y nótese también que el debate sobre la revista es de larga data.) Esta falacia ha sido también fustigada incesantemente por periodistas colombianos con enorme poder mediático. Vean por ejemplo el tuit de Felix de Bedout, que Sandra Borda acertadamente cuestiona.

El hecho de no entender la denominada libertad de expresión como un valor universal y absoluto NO implica que se condonen los eventos de París. Ésta es una de las argucias discursivas de los fanáticos del credo secular, una estrategia para forzar la voz disonante a adherir a un discurso al que no adhiere. Es una forma pseudo-astuta de hacer coerción para imponer en el otro la visión del mundo que ellos tienen, es decir, una forma moderna de estampar la bota colonial que sigue la lógica Bushiana de “si no estás conmigo estás contra mí”. Muchas personas (como yo misma) que entienden que la libertad de expresión depende de los contextos históricos, políticos y culturales y por ende no es universal ni absoluta, tampoco están de acuerdo con el castigo a muerte para los transgresores de ciertos límites –y aquí entran asesinos en serie, violadores, pedófilos, descuartizadores, fanáticos políticos, fanáticos religiosos– tome éste la forma del asesinato fuera de los marcos legales o de la pena de muerte legitimada por el Estado. Adentrarse entonces en las causas y consecuencias de ataques como el de París no es justificarlos, y cualquier adulto con una compresión de lectura razonable debería entenderlo.

La simplificación de los hechos de París a la cuestión religiosa y la sacralización de la “libertad de expresión” son líneas no solamente insostenibles desde el punto de vista argumentativo y político, sino que son peligrosas, pues por un lado cierran el debate y por el otro obligan a la sociedad civil y a los Estados a matricularse en uno de los dos únicos bandos posibles: los #JeSuisCharlie versus los #JeNeSuisPasCharlie. Como dije en una entrada anterior, esta polarización alimenta la tesis del Choque de civilizaciones vaticinado por Samuel Huntington, tesis ésta sobre la cual reposan los proyectos políticos de la extrema derecha de la Europa actual y de grupos como Al-Qaeda y el autodenominado Estado Islámico.

Así es que a los Vladdos y a los Abades colombianos les queda decidir si salen del camino desinformado y estrecho que han elegido hasta ahora para hacer algo útil con el enorme poder mediático que tienen, o si continúan contribuyendo con su granito de arena a que se desate una guerra de enormes proporciones. Vean noticias, lean sobre Nigeria y los efectos reales de la última caricatura de Charlie Hebdo allí, sobre cómo esta nueva provocación está sirviendo de apoyo a Boko Haram para construir consenso entre la población, y sobre qué posibles consecuencias tiene esto para el mundo. El mundo en el que ustedes también viven.

Charlie Hebdo, libertad de expresión e islamofobia

Ya van dos días desde los horribles sucesos de París en los que dos hombres asesinaron a sangre fría a dos policías y a diez periodistas en las oficinas de Charlie Hebdo. El mundo occidental ha estallado en un grito de horror y condolencia por tan estremecedor suceso, y es que no hay para menos, pues es un hecho abominable. Las cosas no paran ahí. Horas después del ataque en la revista, una mujer policía fue asesinada por otro sospechoso que hace poco se confirma está relacionado con la red de Al-Qaeda a la que –todo parece indicar– pertenencen los asesinos. En el momento en el que escribo, un hombre detiene a seis personas en un supermercado kosher en la periferia de París, donde al parecer ya han muerto dos personas. Francia está en alerta máxima, Europa está de luto, y por ahora ningún grupo revindica oficialmente los hechos.

Las implicaciones de todo esto en el corto y largo plazo son serias y pueden ser fatales si no se abre un espacio para que, parafraseando a Judith Butler, se reflexione acerca de qué se puede hacer políticamente con el dolor (grief) en lugar de un llamado a la guerra.* Desafortunadamente la discusión en los medios occidentales y en las redes sociales está tomando un tono monocromático que busca reducir la complejidad de la cuestión fundamentalista islámica a un simple “quieren acabar con la libertad de expresión”.

Yo me atrevo a opinar diferentemente. A los fundamentalistas islamistas les importa un soberano pito la libertad de expresión que es, entre otras cosas, un valor occidental. Lo que sí les interesa, en cambio, es tomar el control de lo que en términos decoloniales se conoce como “la matriz colonial del poder”. En otras palabras, Al-Qaeda, el autodenominado Estado Islámico, y todos los grupos fundamentalistas islámicos, quieren tomar el poder que durante tanto tiempo ha sido hegemónicamente detenido por Occidente. Pero para lograrlo necesitan una guerra, y para llevar a cabo esa guerra necesitan soldados. ¿Y qué mejor terreno para encontrar soldados que la Francia contemporánea que cuenta con la proporción más elevada de Musulmanes en Europa y que ha llevado por décadas políticas de estado que marginalizan sistemáticamente a esas mismas comunidades al interior del territorio nacional? Sin embargo, soldados para la guerra no se consiguen haciendo peticiones a través de Twitter o de Facebook. Se consiguen forzando el consenso, y una manera de forzar el consenso en ese pool de individuos es aumentando su vulnerabilidad y su desafección al Estado francés. Atizar la islamofobia sirve claramente la causa fundamentalista porque ubica a la comunidad musulmana entre dos fuegos: el xenófobo que los persigue, criminaliza, abusa, e incluso mata, y los islamistas mismos que pregonan y se ofrecen como únicos defensores de sus intereses. Como lo dice Juan Cole en su excelente artículo “Sharpening Contradictions”: “Al-Qaeda quiere colonizar mentalmente a los musulmanes franceses”.

Así es que centrar el debate en una fetichización de la “libertad de expresión” no sirve más que para oscurecerlo. Tampoco se puede creer que estos grupos están conformados por personas idiotas. Si lo fueran el 9/11 nunca habría ocurrido. Ni el ataque de Madrid. Ni el de Londres. Ni este último de París. Esos ataques son planeados por gente con formación, inteligencia, y estrategia militar. Grupos organizados que saben dónde y cómo atacar para obtener los resultados que quieren. Pensar que lo que buscan es que atestar un golpe mortal a la libertad de expresión es simplista además de ingenuo. Así es que no, los comandos centrales de Al-Qaeda –o quien quiera que sea que esté detrás de este último ataque– no están en este momento dándose golpes en la cabeza contra el muro porque en vez de silenciar a los caricaturistas de Charlie Hebdo lo que se logró fue darlos a conocer al mundo y que por ende el atentado fue un fracaso, como algunos han sugerido en redes sociales. Ellos saben perfectamente el tipo de reacción que un ataque así genera en Occidente, no sólo en los medios, sino en los Gobiernos, y en la sociedad civil. Tanto a los fundamentalistas islamistas como a muchos otros partidos y asociaciones políticas de extrema-derecha –desde el Front National de Marine Le Pen, la UDC en Suiza, UKIP en el Reino Unido, y el PVV en Holanda, entre otros, hasta organizaciones tan peligrosas como PEGIDA (Patriotische Europäer gegen die Islamisierung des Abendlandes)– les conviene atizar la islamofobia, pues ésta alimenta la nociva narrativa del Clash of Civilisations sobre la cual reposan sus respectivos proyectos políticos.

Es entonces a la sociedad civil de tomar cartas en el asunto y no dejar que el horror y el dolor nublen la capacidad para reflexionar sobre este evento teniendo en cuenta las complejidades que involucra. De otro modo se caería en dicotomías peligrosas que servirían solamente a desatar una guerra.

Vale la pena echarle un ojo a varios artículos en inglés que salen de este enfrascamiento del debate alrededor de la libertad de expresión y que abordan la cuestión desde un punto de vista crítico:

*Butler, Judith (2004). Precarious Life: The Powers of Mourning and Violence. London & New York: Verso.

Nota: En el momento de publicación de este texto los sospechosos ya han sido dados de baja por la policía francesa. Varios rehenes también son reportados como muertos.

David Cameron o el cinismo en todo su esplendor

El 19 de enero de 2012 un artículo en The Guardian reportó el tercer discurso del año del primer ministro Británico, David Cameron, en el que defiende un tal “capitalismo popular”. El cinismo de este individuo es de apoteósicas dimensiones.

Entre las sandeces proferidas por este personaje está la afirmación de que el Nuevo Partido Laborista, según él impulsor del “turbo capitalismo” contemporáneo, es el culpable de los excesos de los últimos años de los cuales el Reino Unido es ahora víctima. A pesar de su impecable pedigrí académico (Eton College y Oxford) el señor Cameron parece haber olvidado sus cursos básicos de historia, pues fue precisamente Margaret Thatcher, otra joya Oxfordiana miembro del partido conservador, una de las arquitectas del neoliberalismo en occidente e impulsora de justamente lo que él mismo acaba de bautizar como “el turbo capitalismo”. No es que el partido laborista sea el parangón de la justicia social o del progresismo, pues es evidente que las políticas de Blair (y luego Brown) eran abiertamente neoliberales en lo ecónomico y seriamente conservadoras en lo social, pero de ahí a decir que fueron los laboristas quienes impulsaron el frenesí neoliberal en medio del cual se encuentra el Reino Unido – e incidentalemente todo el planeta – es un tanto descabellado. Pero las sandeces Cameronianas no paran ahí. Según él, es por culpa de los laboristas que hay desequilibrios en la economía, desequilibrios entre el norte y el sur, y desequilibrios entre aquellos que estando en la cima obtienen enormes ganancias y aquellos que estando en la sima dependen del estado providencia. Lo que pasó, explica Cameron con toda la carota, es que los laboristas en realidad hicieron un pacto “Faustiano” con la City de Londres y ahora es el pueblo quien paga. Cabe anotar que  este discurso llega apenas unas semanas después de que este mismo individuo haya “vetado” un paquete de medidas de control financiero propuestas por la Unión Europea porque precisamente su prioridad era defender los intereses de la City y para ello era necesario bloquear cualquier vestigio de regulación por parte de Bruselas.

Este iluminado continúa su discurso afirmando que él “cree que los mercados abiertos y la empresa libre (= sin regulación del Estado) son la mejor fuerza imaginable para mejorar la riqueza y la felicidad de la humanidad”. Ahora bien, siempre ha sido evidente para cualquiera que quiera reflexionar un poco más allá de lo que martillan los medios de comunicación al unísono en múltiples lenguas a lo largo y ancho de la tierra, que los mercados abiertos y la empresa libre benefician a una ínfima porción de lo que generalmente se entiende por humanidad: ese conjunto de individuos que poseen el capital. Nos queda entonces suponer que para Cameron, que de tonto no tiene sino la cara y sabe perfectamente que esto es así, el sustantivo “humanidad” se refiere única y exclusivamente al grupo social al que él pertenece, es decir, a aquellos que pueden pagar hasta ≈ £31,000 anuales (matrícula en Eton en 2010) en la educación de sus hijos entre los 13 y los 18 años. Los otros individuos que integran la sociedad, es decir aquellos pobres miserables cuyos padres no se esforzaron lo suficiente como para poder adquirir el capital para invertir y además educar a sus hijos como se debe y donde se debe, son tan bajos que no merecen ser cobijados por el término y por ende no pueden aspirar ni a la riqueza ni a la felicidad que brinda el neoliberalismo, y mucho menos reclamar que este señor los defienda. Estos individuos a Cameron no le importan, pues él sólo defiende los intereses de su selecta “humanidad” haciendolos pasar por los intereses de toda la sociedad.

Pero el esplendor de su cinismo aún está por llegar y se advierte cuando afirma que “los mercados abiertos y la empresa libre, cuando funcionan, pueden de hecho promover la moral pues crean un vínculo directo entre contribución y recompensa, entre esfuerzo y ganancia”. Exactamente! Sino veámoslo a él que es el vivo ejemplo de la moral promovida por el sistema neoliberal. El quien se encuentra en el punto exacto donde lo merece, en el punto a donde sus esfuerzos propios y los de su abolengo lo llevaron. El pudo ir a Eton y luego a Oxford y llegar a ser Primer Ministro Británico porque él – y su ascendencia – se esforzó y ganó, contribuyó con su trabajo y obtuvo la recompensa. Nunca gracias a su privilegio, pues muy a pesar de la excelencia académica de Eton y Oxford, todo parece indicar que la noción de “privilegio” no tiene espacio en el sistema de representaciones de David Cameron. Tal vez ni siquiera conozca la palabra, no por nada una de las críticas que más ha recibido en sus casi dos años de gobierno es justamente que el tipo está “out of touch” con el pueblo.

Como uno de los indignadísimos lectores del artículo en The Guardian comentó, “Orwell, Kafka and Hunter S. Thomson combined couldn’t come up with something as far fetched as this cynical nonsense”.