Entre orgasmo múltiple y eventual impotencia, escojo el primero

Leí la columna de Héctor Abad publicada el 30 de enero en El Espectador cuyo título  –“¿Es machista la maternidad?”– asume falsamente que el machismo es algo natural, y no social; y parte de la también falsa premisa de que la “maternidad” se limita al periodo de gestación, es decir, que empieza con la fecundación y termina con el parto. El contenido, por su lado, está plagado de definiciones erróneas, de ideas trilladas que no deberían tener cabida en un artículo de opinión escrito por uno de los intelectuales más respetados del país, de conclusiones ilógicas que siguen el mismo derrotero sobre el cual se han justificado y mantenido relaciones de dominación masculina que están lejos de extinguirse.

Abad aborda en esta columna dos temas conectados. El primero parece surgir de un desacuerdo entre él y Florence Thomas sobre la baja representación de mujeres en los concursos literarios. No voy a adentrarme en esa discusión, que a juzgar por lo que Abad relata, estaría más alineada con la postura de él que con la de ella. Lo que me interesa abordar aquí es el segundo tema, la explicación biológica de la superioridad de los hombres respecto a las mujeres en lo que concierne el “éxito profesional” y la conexión de este argumento con el asunto de la maternidad.

Abad afirma que “hay menos mujeres escritoras que hombres, […] menos matemáticas, menos ajedrecistas […] menos premios Nobel de literatura [y] de física” y pregunta a modo retórico y con tinte socarrón “¿Por qué será?”. La pregunta es retórica porque él tiene una respuesta, y el tinte es socarrón porque implica que si hay “menos mujeres” en las áreas que él denota es porque en realidad hay una relación causa-efecto entre diferencia sexual (que él parece asumir incontestablemente binaria) y capacidades intelectuales.

De manera simplista y conveniente, Abad ignora o escoge ignorar los efectos de la acumulación histórica del privilegio y de la exclusión. También ignora los trabajos que desde enfoques académicos informados han explicado las exclusiones históricas a las cuales han sido sometidas las mujeres, no por “los hombres”, como él falsamente dice que las feministas argumentan, sino por un sistema de sexo/género que ha estructurado a las sociedades jerárquicamente y que ubica a los hombres en la posición dominante y a las mujeres en la posición subordinada — el patriarcado del cual se desprende el machismo — y que es perpetuado tanto por hombres como por mujeres. No pienso entrar en detalles de estos trabajos históricos porque hay innumerables personas que ya lo han hecho y muy bien. Un buen ejemplo es este artículo de Estefanía Vela Barba, que @jeinzu compartió conmigo y con Abad, pero del cual este último no pareció haber acusado recibo y sobre el cual tampoco parece haber querido comentar.

Ignorar esta historia permite a Abad responderse a sí mismo su pregunta de la manera que le conviene. La respuesta que propone, sin embargo, no la formula como afirmación contundente sino que recurre nuevamente a la ironía socarrona para (dizque) desmontar el argumento feminista de que la explicación se encuentra en los procesos socio-culturales y no en una fatalidad biologista. Responde entonces diciendo que “lo curioso es que incluso donde esos prejuicios [los machistas] parecen haber cedido bastante, hasta el punto de que la escolaridad femenina llega a ser más alta que la masculina, la cuota femenina de “éxito profesional” (llamémoslo así) siga siendo más baja” (énfasis mio). El problema es que esta respuesta, que él presenta como argumento contundente, no es argumento ni es contundente. El modo deliberadamente vago de redacción –usar “donde” como elipsis genérica que el lector tiene que completar con algún país del llamado “primer mundo”; el “parecen” que ubica la desigualdad entre los sexos en ese cualquier lugar al que se refiere el “donde” del lado del rumor y no del hecho confirmado; las comillas de “éxito profesional” y la aclaración parentética que acompaña la expresión que implican que ni él mismo sabe a qué se refiere específicamente– le permite hacer generalizaciones burdas sin comprometerse a dar cifras precisas a las que no tiene acceso o que complicarían el argumento. Más aún, el hecho de no hablar de ningún país en particular le permite sacar la discusión del ámbito socio-cultural y extenderla a la humanidad entera, la cual separa en función de la diferencia sexual.

Pero la pregunta queda y es pertinente: ¿con base en cuáles datos afirma Abad que en lugares donde el acceso a la escolaridad es más alto para las niñas/mujeres que para los niños/hombres, ellas tienen menor “éxito profesional”? ¿Cómo se atreve a afirmar que una variable que ni siquiera está definiendo –“éxito profesional”– puede ser mensurable y estratificada en función del sexo? Nótese además que a pesar de que su pregunta era algo similar a “por qué hay menos mujeres matemáticas, físicas, o premios nobel de literatura”, la respuesta mágicamente se convirtió en algo así como “aunque hay más mujeres que van a la universidad ellas tienen menos “éxito profesional” que ellos”.

Ahora bien, cifras del número de estudiantes estratificados por sexo suelen existir en las universidades y cualquiera que las vea sabrá que hay diferencias en función de las áreas de estudio. Sin embargo, esas diferencias también varían entre países, porque cada país hace una valoración distinta de las formaciones universitarias en función de ideologías dominantes (respecto al género, a la nación, y al tipo de ciudadano/as que necesita), y esto, por supuesto, determinará un mayor o menor número de estudiantes hombres y mujeres en una área u otra. Es por esta razón que en Colombia, donde la ideología dominante está completamente permeada por la cuestión de la modernidad (de allí la obsesión con la ideas de “emprendimiento” e “innovación”), las ingenierías, la administración, y las áreas técnicas han sido por lo general más valoradas que las áreas humanas. La Universidad EAFIT de Medellín es el ejemplo perfecto: una “Escuela de Administración Finanzas y Tecnologías” que hasta finales de los noventa no tenía ninguna formación en ciencias humanas y que siempre ha atraído tanto a hombres como mujeres. Este no ha sido el caso de una institución del mismo tipo que EAFIT (en orientación), como la Escuela Politécnica Federal de Lausana, en pleno corazón europeo.

Pero si Abad no está usando cifras reales para sustentar sus afirmaciones, queda entonces asumir que está haciendo uso de observaciones personales y de su propia experiencia social, y que a partir de allí está sacando conclusiones que extiende a la humanidad entera. Abad empieza su columna con la intención de demostrar que sus creencias respecto a las cuestiones de la diferencia sexual no son creencias sino observaciones cuasi-científicas de la realidad, una realidad que existiría más allá de él mismo y que no tendría nada que ver con la manera como él la interpreta. Es así que inserta en el párrafo con el que cierra la columna la conclusión a la que siempre quiso llegar: “si notamos que hasta en Europa, en Estados Unidos o en Japón las mujeres científicas o escritoras son menos que los hombres, quizá las explicaciones biológicas no sean desdeñables.” Cabe anotar aquí que la cultura japonesa es reputada por la intensidad de su sexismo, lo cual va en contra del argumento de Abad. Esta conclusión se extiende por supuesto a la calidad del trabajo de estas mujeres: no sólo son menos numerosas sino que también son menos buenas (menos “éxito profesional”, menos premios Nobel de literatura).

Desde el modelo de Abad entonces —que habla en términos de la humanidad entera y en el cual el material biológico tiene un poder explicativo más grande (e incluso total) que el social– si yo tomo una escritora estadounidense de manera aleatoria y la comparo con un escritor colombiano, también escogido de manera aleatoria, la probabilidad de que él sea mejor que ella sería más elevada. Yo me atrevo a dudarlo. De la misma manera que me atrevo a dudar que si comparamos a mujeres que escriben en inglés con hombres que lo hacen en español tengamos una razón (ratio) donde los hombres son más y mejores que las mujeres. Pero este es un tema mucho más complejo que nuevamente trae a colación cuestiones de poder y conocimiento (Foucault), de los imbalances de poder entre Norte y Sur, que afectan no sólo la misma producción del conocimiento sino su circulación (el trabajo de Walter Mignolo en este respecto es invaluable). Lo hago a manera de provocación (sin estar necesariamente completamente convencida) para poner la argumentación al nivel que la pone el texto de Abad. El debate acerca de la “inferioridad” de las mujeres en la escritura es viejo en el mundo anglo-americano y no hace falta entrar en más detalles.

Lo que es importante es que, con su explicación de fatalidad biológica, Abad se desentiende completamente del hecho confirmado históricamente de que el género/sexo de un escritor sí facilita o dificulta la aceptación de un manuscrito por parte de un agente literario, y la difusión del mismo en la sociedad. Por ejemplo, George Eliot (née Mary Ann Evans), escritora inglesa del siglo diecinueve y autora Middlemarch (considerada por muchos como una de las más grandes novelas de lengua inglesa), usaba un nombre masculino para ser tomada en serio. O los más recientes casos de J. K. Rowling –Harry Potter– y E. L. James –50 Shades of Grey— a quienes se les sugirió usar iniciales en vez de sus nombres completos para contrarrestar el sesgo de sexo/género que tienen las audiencias. Un caso aún más flagrante y más reciente lo narra una joven novelista quien cuenta cómo cuando envió su propuesta de novela con un nombre de mujer a 50 agentes literarios diferentes recibió 2 respuestas expresando interés en el manuscrito, y cuando envió la misma propuesta a otros 50 pero usando nombre de hombre recibió 17.

Pero comparar la calidad de escritores es una tarea compleja que depende de miles de factores, así es que volvamos al tema de la maternidad que es con el que Abad termina su columna. Vale la pena poner la cita completa desde la mitad del párrafo hasta la frase que cierra el texto:

“Podría pensarse también en el tiempo que las mujeres suelen dedicar a la crianza, al amor, al acicalamiento de sí mismas o al cuidado de la familia. Creo que el embarazo y la lactancia no fueron decididas por la cultura machista (quizá por un dios machista, sí). Pero ¿es machista decir que el embarazo y la crianza hacen que las mujeres, en su mejor edad, tengan menos tiempo para dedicarse a un ejercicio intelectual exigente? La maternidad no es un destino, pero tampoco es un rol cultural.”

Si bien es claro que el período de gestación tiene un costo físico enorme para quien porta el bebé (y sabemos que las condiciones de desigualdad global están reestructurando las relaciones de dependencia económica y transformando los roles humanos de manera que las mujeres ricas del norte pueden ir a alquilar vientres a Tailandia y así no incurrir en los costos elevados que trae la gestación), también es claro que las nuevas generaciones (de hombres y mujeres), influenciadas por las luchas feministas, consideran que la crianza es asunto de las dos personas que establecen relaciones de co-parentalidad (esta anotación también la hizo Nina Chaparro respecto al texto de Abad). Esto también abarca a las madres que deciden lactar. En mi caso, el padre de mi hijo y yo hemos tenido una repartición equitativa en lo que concierne la crianza de nuestro hijo –incluso en el momento actual en el que no existimos más como pareja– desde la hora de salida del hospital, cuatro días después del parto. Y esto incluye el hecho que durante la lactancia nocturna era él quien se levantaba a traerme al bebé para que yo lo alimentara en la cama, y él quien volvía a llevarlo a su cuna después de que hubiera terminado de lactar. Él también incurrió en un gasto físico enorme asociado a la falta de sueño, al exceso de los quehaceres del hogar, al profundo cansancio general que acarrea para la mujer y el hombre (o para la mujer gestante y la no gestante en el caso de una pareja lesbiana) la llegada de un bebé al núcleo familiar. Más que la gestación y el parto, lo más difícil de la maternidad (parentalidad) es la crianza.

Entonces reproducirse y asumir el rol social de madre/padre no deriva de un sistema de dominación masculina per se, aunque los costos de gestación y parto –que son de duración determinada– sean mayores para las mujeres. Sin embargo pensar, como Abad, que la crianza –que sí es a largo plazo– es responsabilidad única de la mujer (o del cuerpo gestante), y que eso tiene una explicación de orden biológico y no socio-cultural, sí es fruto de un modo machista de interpretar y operar en el mundo.

Ahora, si el objetivo es discutir cuál de los cuerpos sexuados salió “ganador” en lo que respecta a las consecuencias de las diferencias sexuales –dentro del modelo de oposición sexual binaria en el que el argumento de Abad se inscribe– yo, como sujeto que habita un cuerpo con experiencia de primera en mano en gestación, parto, y lactancia, afirmo que aunque el costo físico de estas tres tareas es elevado, también ocurre pocas veces en la vida. En cambio hay otro par de diferencias que claramente posicionarían al cuerpo con clítoris en posición de ventaja innegable respecto al cuerpo con pene (para ponerlo en términos biológico-genitales bien reduccionistas). La ventaja es que las mujeres tenemos el placer inextinguible y perdurable en el tiempo del orgasmo múltiple, mientras que los hombres el problemita de la eventual impotencia. Para ponerlo en el lenguaje inepto de la columna: la naturaleza (o el dios que menciona) no es machista, si tuviera que ser algo, sería feminista. El machismo vino después, porque el machismo es social, no natural.

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Le chef Benoît Violier est mort

La Suisse Romande a été bouleversée ce matin par la nouvelle du suicide du chef le plus prestigieux du pays, récemment couronné comme le meilleur chef du monde par La Liste. Je n’ai jamais eu le plaisir de goûter à la cuisine de Violier, ni de manger à l’hôtel de ville de Crissier, mais la proximité et l’ampleur de l’événement, ainsi que ma passion pour la bonne cuisine m’on fait réfléchir à la question au centre des rapports dans la presse Suisse (et aussi celle du monde): pourquoi une personne qui semble avoir tout conquis décide de se tuer?

En écrivant ces lignes, je découvre que Le Temps a fait paraître un article de presse qui est apparu au cours de la journée où, dans un court entretien, Koorosh Massoud, enseignant en psychologie à l’université de Lausanne, signale que malgré le fait qu’on “associe systématiquement le suicide à l’échec, il peut aussi découler du succès”. C’est sur cette remarque-ci que je souhaite particulièrement me pencher, car c’est précisément la conclusion à laquelle je suis arrivée en fin de matinée.

Nous vivons à une époque où la réussite individuelle, marquée par la reconnaissance sociale, devient le but même la vie. La montée en puissance du culte de la célébrité associée à une visibilité exacerbée par une hyper-connexion virtuelle, accentue l’ampleur de la réussite et l’extension d’une telle reconnaissance. Bien que nous soyons tous affectés par ce régime, certaines professions semblent plus vulnérables que d’autres. Opérant moi même dans un métier de concurrence globale et de mesure de l’excellence constante et pressante –le milieu académique–, je suis familiarisée avec ce type de problème: le besoin de pousser ses propres limites et une sensation d’insatisfaction constante et perturbatrice, même (et surtout) après chaque petit (ou grand) succès.

Aujourd’hui j’ai longuement réfléchis au métier de chef de cuisine. J’aime cuisiner et cuisine presque tous les jours. Bien manger et bien faire à manger sont des choses auxquelles je donne une certaine importance. Je me suis aperçue qu’à la différence du métier académique, ce que l’on produit en cuisine est éphémère. Un article publié dans une bonne revue internationale restera toujours un article publié. Les générations à venir pourront le lire, le citer, le critiquer, s’en servir d’une manière ou d’une autre. Ce n’est pas le cas d’un plat de cuisine. Ce qui reste d’un bon plat c’est les critiques –écrites, visuelles, orales– du travail du chef, une sorte de ligne de transmission témoignant de sa grandeur, de l’excellence de son oeuvre. Mais ces rapports ne sont que des médiations de l’objet en question –la cuisine– qui ne peuvent que décevoir, car les mots, les métaphores, même les plus aptes et réussies, ne sont pas des saveurs ni des odeurs, elles ne sont que des mots.

Je peux imaginer la pression qu’un chef de la taille de Violier peut ressentir; que le chemin vers la reconnaissance qui légitime le métier –les étoiles Michelin– n’est jamais facile (pour les femmes il semblerait que ce soit bien pire). C’est fort probable qu’avoir son restaurant placé au premier rang d’une liste établie et légitimée par l’establishment gastronomique français (et même d’ailleurs) lui a donné de la satisfaction. Mais je peux également imaginer qu’au-delà de la satisfaction il y a eu de l’angoisse, de l’angoisse de ne pas vivre à la hauteur des expectatives qu’une telle distinction génère, certes, chez ceux/celles qui ont la légitimité de couronner –et découronner– un chef de cuisine. Car c’est une chose d’arriver au sommet, et une autre bien différente de pouvoir y rester. Surtout dans un métier où il faut assurer au jour le jour, tout au long de l’année, et pour le reste de sa carrière.

David Bushnell’s The Making of Modern Colombia

I don’t intend this to be a proper review but a short comment on David Bushnell’s The Making of Modern Colombia: A Nation in Spite of Itself (1993), which I just finished reading.

The book, the first of the kind to have been published in English, although outdated now, is a good introduction to the history of Colombia from colonial times (first chapter), the period just before and after Independence (chapter two),  the three stages of Gran Colombia (chapter three), New Granada (chapter four) and, finally, Colombia (from chapter five to eleven). Its chronological organisation helps framing events although many of them obviously overlap.

The author shows a good outstanding and vast knowledge of the country and its history, and its style makes the text easily accessible for any type of reader. This last point, though a quality, also hints at a shortcoming from the point of view of those readers in need of a fully referenced academic book. Though the author provides some references to certain claims in endnotes, many other (quite important) remain largely unreferenced.

My main critique to The Making of Modern Colombia is that it is a somewhat ‘sanitised’ version of the history of the country which, firstly, starts from the premise of modernisation as the unique desired goal of any social organisation, while paying only marginal attention to its nefarious effects; secondly, it presents every single government in the history of Colombia as a Nation-State in a far too positive light. Although, Bushnell  notes some negative traits of successive administrations, he seems to relegate the worst to the margins in a way that minimises them. His narrative seems thus framed as to leave in the reader the idea that although there have been problems of many kinds with the political class that has always ruled Colombia, the successive administrations have mostly done all they could have so as to finally bring Colombia into modernity.

There are some problematic phrasings which evidence that the author seems to put the emphasis on the goal –making of Colombia a modern nation– without caring too much about the means. On page 267, for instance, when reporting on the reduction of cocaine business in Colombia, he expresses himself in the following terms: ‘Thanks in part to the Colombian government’s efforts at repression, Colombia’s relative share of the [cocaine] business had been slipping vis-à-vis’ neighbouring countries, where ‘repression’ seems to stand as being a good measure (emphasis mine). Another euphemism that seems employed to cast a not too damning light upon the State is found on page 253 when referring to the theft of arms from a military installation in Bogotá in 1979 by members of the left-wing urban guerrilla M-19: ‘The army succeeded in recapturing the arms and seizing a large number of M-19 activists and left-wing sympathisers, many of whom were very roughly handled in the crackdown’ (Bushnell, 253) (emphasis mine).

That state violence has been a constant along the history of Colombia is just hinted at but not given much importance. Morever, it is practically never mentioned in the book. One of the rare occasions the book mentions this comes on page 257 where state violence during Turbay Ayala administration is referred to only to be instantly downgraded by comparing it to the abuses under the military governments of Argentina or Chile. According to Bushnell, in contrast to these dictatorships, under Turbay’s (democratic) rule abuses were discussed in open fora ‘(though not without danger at times to the denouncer) [!]’ (Bushnell, 257). Yet, he seems to complain, ‘by the early 1980s Colombia was receiving much unfavourable attention from international human rights organizations such as Amnesty International’ (Bushnell, 257).

Finally, terms such as displacement, rape, enforced disappearance, and torture appear seldom, if ever. Which is striking given the context. For instance, by 2012 the International Committee of the Red Cross (ICRC) had already been established in Colombia for 40 years, Colombia is indeed their largest operation in the Americas). Nothing is said of paramilitaries and their early links with the state and public figures, thought it is also true the peak of paramilitary violence came after the publication of the book.

 

 

Translation: In praise of the black woman

The following is the (unauthorised) translation of “Elogio de la mujer negra”, a text by Jaime Jaramillo Escobar published in Colombian magazine SoHo for Edition 143 (March, 2012). This edition was marketed by SoHo as an ‘ironic’ ‘anti-racist’ response to the central photograph accompanying an article about the Zarzur women (a powerful family in Cali, Colombia), published in December 2011 by the Latin edition of Spanish magazine ¡Hola!. The original photograph caused outrage in Colombia and launched a debate about race, racism, and classism in diverse media. The original text in Spanish (easily found through Google) is badly structured, poorly written, and confusing. I will translate whenever possible, and interpret when necessary. The translation corresponds to the online text available in the SoHo website.

I am providing this translation as reference for my research work, which is entirely in English, and mostly destined to an English speaking audience.

In praise of the black woman

by Jaime Jaramillo Escobar

[N.T. This first paragraph appears in the online version, and not in the paper one]

In ¡Hola!’s edition, the doña posed all in white with her daughter, Sonia Zarzur de Daccach, her grand-daughter Royi, and her great-grand-daughter Rosa, in her ‘Hollywoodian mansion’ in Cali while a couple of black maids carried — in perfect symmetric decoration — exquisite silver trays. SoHo decided to rise to the challenge of continuing Hola!’s legacy and with this aim in mind invited Belky Arizala, Yésica [sic] Paola Montoya, Diana Mina and Vanessa Parra — four spectacular Colombian models — to pose all in black in a powerful Hollywoodian mansion.

Returning of attentions with some photographs taken in the formidable Cundiboyacense Beverly Hills.

[N.T. Here begins the text by Jaramillo Escobar as published in the print version]

The colour of humankind is the one called black. We are all black and African. Humankind was not born in the fertile valley between the Tigris and the Euphrates, it was not created by a blond and haughty god, as the religious tale goes. Humankind was born in today’s disreputed Horn of Africa (Unesco. History of Humankind).

As nomad groups moved nothernwards, finding less warm lands, people started losing melaline, which protects against the damaging effects of the sun. So we are discoloured and pretentious blacks. [N.T. The shift in grammatical subject here is of course problematic. The reader is also left to guess who that ‘we’ stands for.] The white man looks down on the black man, and the black man looks down on the white man, yet [N.T. There is a conjuntion here in the original text] both are the same animal that disavows and despises himself. Long before the end of the Stone Age — Sir Leonard Wooley signals — the main branches of human race were already differentiated physically and also, to a certain extent, mentally.

The first men of the black race — states Jacketta Hawkes — appeared in the north of Ecuador — in Asselar, around 300 kilometres to the north of Timbuctú — at the end of the Pleistocene, or sometime later. In Blaise Cendrars’s Anthologie nègre, Nzamé created everything and called Mebere and Nkwa to show them his work. [N.T. there is no way of knowing from the text whether Nzamé is male or female, but it’s highly probable it is male.]  A work completed with groups of enemies that, up to today, keep pleasing themselves in destroying each other. As a means to moderate his own excess, he gave them laws as these: you won’t steal within your own tribe. You won’t kill those who have not hurt you. You won’t eat others at night.

Centuries later [N.T. it is impossible to know what is the point of reference for this ‘later’], black populations begin arriving to this continent [N.T. Again, it is impossible to know what continent he is referring to by ‘this’. From the reference to Borges one can infer it is South America, yet, this contradicts the statement supposedly taken from Hawkes in the paragraph just above], in the well known manner registered by Borges in his Historia universal de la infamia: in 1571, Bartolomé de las Casas felt sorry for the Indians who were extenuating themselves in the working hell that were Antillean gold mines and suggested to the Emperor Charles V he replace them with blacks who will extenuate themselves in the working hell that were Antillean gold mines.

Genetic crossings and geographic and cultural reasons make physiognomy and skin colour change so that a notable variety of [racial types] called yellow and morenos have been created. Yet, these manage to ignore each other. [N.T. This sentence here is particularly problematic because the grammatical subject changes in the middle of the sentence. There are also semantical issues. How what’s said here connects with what is to come is also unclear]. Thus we have the splendid and lustful presence of the models who are embellishing this edition with the grace and finesse with which photography outpowers words.

How the people euphemistically called of colour have survived to adverse circumstances [N.T. rather than ‘people of colour’ the euphemism here is ‘adverse circumstances’], so that they [N.T. again, grammatical subject issues. He starts with ‘black people’ which suddenly becomes ‘the four black models of this edition’] arrive to the exclusive pages of SoHo is an interesting story. Such beautiful women are the product of amazing transformations. They are proof of the existence of God, says the poet Verano Brisas.

Such beauty is this way [N.T. Not clear what ‘this way’ exactly means] because it is backed up by the strength which allowed the race to resist. It was because slaves had so much own life [N.T. ‘tanta vida propia’, I don’t know what this means] –writes Ramón Gómez de la Serna– that they managed being slaves. Slavery would have absorbed and diminished the white man. The black man dances as if possessed by the great original beast, sings Luis Palés Matos.

Time passes and results are astonishing [N.T. I don’t know what this means]. The influence of Africa on Europe and America renews the arts with unsuspected force.

In 2010, the [Colombian] Ministry of Culture published the collection Biblioteca de literatura afrocolombiana ‘Library of afrocolombian literature’, in 19 volumes, with 74 representative authors: 16 men and 58 women. Which means that not only beauty and festive sensuality are displayed. [N.T. again, it is not clear who is displaying what or where. Nor the previous neither the following sentence implies it is the displaying of the models in SoHo’s edition what he’s referring to.] The admired woman [N.T. we don’t know which woman in the singular he is referring to] is also backed up by a solid artistic tradition, a tradition solidified in sternness, which makes it significant and of everlasting importance for national memory.

Literature and arts have dwelled on praises of the morena woman since the famous verses of “Cantar de los cantares” [“Song of Songs”]: Black I am, but gracious./ don’t pay attention to my blackness: it is because the sun burnt my skin [N.T. ‘No os fijéis que soy morena’. He uses ‘morena’ as an euphemism for black].

Or what Luis Palés Matos evokes: the black woman is the one who sings / and her sensual singing extends / as a clear air of happiness / below the coconut tree.

And not only voluptuous memories. Let’s be sensible: also the wet nurse, lady of milk, the most important of all, the one no artist forgot, the one everybody cried when she died, remembering the beloved days of childhood. And this way sings Ciro Mendía: ¡Ay, Rosa, brave Rosa, / Ay, how much I liked how she beat me / if I didn’t run to the well / to bring poems of water.

The scandal aroused recently in [Colombian] written media because of a photograph of some women from Cali, with their maidservants carrying some tableware, is an excellent example of social hypocrisy and of how easy it is for a magazine like ¡Hola! to manipulate it for marketing ends [N.T. No idea what he means by ‘hypocrisy’ or how ¡Hola! is manipulating it]. It should be noted that [we live in a place and time] where you get the stick whatever you do [N.T. now he is siding with the Zarzur]. If you offer work to the morenos it’s exploitation, if you don’t it’s injustice. But those very same people who defend them call them pejoratively negros. Negros who with their work, their music, their songs, their admirable art, are the complement of a culture [N.T. not clear which culture blacks are complementing and influencing] which they infuse with vigour, joy, and generosity, ignoring their own history of being mistreated and marginalised. This is why [N.T. not really sure what’s the ‘why’] we are doing this parody in SoHo, as a sort of negative of the original photograph. A tongue-in-cheek but friendly critique, not of the Spanish magazine [¡Hola!], but of the social hypocrisy that makes an out of proportion fuzz from such an insignificant, wrongly or rightly calculated, event given that there are so many really important issues demanding serious and informed public attention.

What is the point of academic writing?

I’m fed up with this chapter I have been “on the verge of finishing” for the last three months. I’m fed up with the corpus the chapter deals with, a semi-pornographic magazine I loath and yet think is worth writing 30000 words about. I have become so damn familiar with my tools and objects of study that I no longer see the point. I am depressed of knowing once all this is written only those already agreeing with me will agree. Worse: only those already agreeing with me will be reading it. What is the point of academic writing? When I decided to move out of literary criticism I did it because I wanted to have a closer connexion with the real world. I was tired of that strain of intellectual elitism that idealises literature. I no longer agreed with putting the written word on a pedestal. I wanted to do research that had a certain impact, research that could lead to improve people’s life, for instance, the lives of those who, unlike myself, did not go to university. I discovered Critical Discourse Analysis (CDA) and Deborah Cameron’s work and thought that studying linguistics would imply a move towards an area that had more serious involvement with everyday life. I saw it as an excellent opportunity to bridge the gap between academia and the real world. How wrong I was. Once enrolled in the university and settled in the country this university was based it appeared that CDA was not even considered linguistics proper, so I found myself writing, among other unwanted essays, a seriously-difficult-to-conceive essay (in Syntax) on the universality of the grammatical subject. Apparently, “real impact” would have to wait. Once I finished my MPhil in Linguistics I started my (funded) PhD in Cultural Studies, Feminist Theory, and Postcolonial Studies. Finally, I naively thought, my work is going to be moving out of the ivory tour of intellectual masturbation towards the terrain of the quotidian. If the object of study concerns the lives of so many people, I argued with myself, studying it would obviously have some impact, right? Once again, wrong. My work won’t have any impact. What seems obvious and is dear to me is clearly still miles away from being grasped by the vast majority of the people I wish would care. Nobody will care, apart again, by those who already care and already agree with me. Though I work on mass media and culture, and how these intersect with the political arena –the fields virtually everybody is concerned with– what I write will remain forever out of  reach. The language, the scope, the theoretical underpinnings, everything. So, again, what is the point of academic writing?

 

La suspensión de @ensayista

Esta entrada es diferente de las que suelo escribir en este blog respecto a dos cosas. Primero, no concierne los temas usuales (análisis de medios, cultura y política) sino que trata de la muy reciente suspensión de la cuenta de Elsy Rosas Crespo (@ensayista), famosa pero aparentemente impopular en Colombia. Segundo, está escrita a cuatro manos con un invitado especial: Homo antonymum (@heterosinonimo).

Ayer (12 de mayo de 2015) la cuenta de la tuitera colombiana Elsy Rosas Crespo (@ensayista) fue suspendida. Después de la suspensión, @ensayista utilizó otra cuenta (@diganmeandres_, rebautizada temporalmente @suensayista) para explicar el asunto y decir adiós. Nos habría gustado participar en el debate que se armó, pero era tarde para nosotros. Esta mañana la discusión había llegado a su fin.

No es nuestro objetivo montar una defensa incondicional de @ensayista, pues no conocemos suficientemente ni la cuenta ni la persona detrás de ella. En efecto, a pesar de saber de su existencia desde hace más de un año, apenas la empezamos a seguir hace algunos días. Hay ciertas cosas que hemos leído que definitivamente nos molestan: los comentarios sexistas, misóginos, anti-feministas y clasistas son recurrentes, y el uso del insulto es desmedido. (Por cierto, cuentas así pululan en Colombia y no por ello son reportadas). A pesar de lo anterior, la cuenta sobresale en su diferencia en un país donde la opiniones son normalizadas y uniformes. Ciertas entradas del blog de Elsy ponen el dedo en la llaga porque la autora osa decir cosas que nadie más dice en Colombia, y aunque muchas veces la burla desdibuja la crítica, ésta no deja de ser válida. En efecto, criticar a través de la burla y el insulto personal hace parte de la cultura hegemónica colombiana. La prueba es que un Daniel Samper Ospina (@DanielSamperO) ha hecho de ella su profesión, con la diferencia que en la crítica de Samper Ospina –burda, sexista y clasista– no hay nada ni de original ni de profundo. Cabe anotar que, contrariamente a Daniel Samper, Elsy Rosas no tiene un ápice de poder.

Pasemos a la cuestión de los mecanismos para la suspensión en Twitter. Leyendo las reglas de uso de la red vemos que cuando se reporta una cuenta hay que señalar la razón. Suponemos que ésta fue la última de las opciones listadas (“Están siendo abusivos o perjudiciales”). Sin embargo, observando la dinámica tuitera colombiana se puede fácilmente llegar a la conclusión de que muchas de las cuentas son abusivas y perjudiciales. Basta ver las cosas que escribe María Fernanda Cabal (@MariaFdaCabal), el abuso que recibe Piedad Córdoba (@piedadcordoba), o las barbaridades de tanta macabra cuenta uribista que no nombramos por puro miedo. Entonces ¿por qué se hace suspender la cuenta de @ensayista? ¿No basta simplemente con bloquearla? Esto muestra una vez más que en Colombia la idea de callar a la gente que nos fastidia –sean cuales sean las razones al origen del fastidio– sigue siendo vigente. Lo curioso es que, como lo hizo notar @jalexanderg, muchos de los defensores de la libertad de expresión en el contexto de los ataques a Charlie Hebdo probablemente están detrás de la masa de tuiteros que decidieron callarla.

A pesar de que no compartimos muchos de sus puntos de vista, nos parece una lástima su suspensión. Gracias a esa cuenta conocimos joyas de la sátira, como la entrada de blog “Emprendedores colombianos en la red — El caso Catalina Alba” y esa frase clave de la cultura económica colombiana (“No nos dan plata pero nos dan cositas”) con las cuales estuvimos a punto, literalmente, de estallarnos de la risa.

Framing terror

Europe is in turmoil since Tuesday when a Germanwings plane crashed in the French Alps killing the 150 people on board.  Two days after the accident the turmoil is far from abating because French investigators reported the recordings from the cockpit provide evidence that the plane was deliberately crashed by the co-pilot. Such a piece of news is more surprising and scary than any other because human actions are more difficult to control than technical failures. It actually made me think that every time you take a plane you are placing your life in the hands of those piloting it, not a thought that will calm the anxiety about flying I have been recently developing.

This piece of news –and how it is reported around the world– is quickly becoming an excellent corpus for exploring the politics of race at work in the Western world.  Andreas Lubitz, the co-pilot, was a white male German citizen and this fact has entirely shaped the terms and frame of the news. After a few hours of investigation the French prosecutor had already ruled out that this was a terror attack. Newspapers were quick at speaking of ‘suicide’, The Guardian spoke of ‘killing’, while The Independent of ‘suicide and mass murder’. How to refer to what happened has been one of the main issues. Had the guy been a German citizen of Turkish descent journalists, aeronautics personnel, government officials, and plain citizens would be speaking of ‘terror’ even before the beginning of the investigation. Things would have actually been easier to handle in terms of how to frame the debate because this is indeed the point: race in its specific connexion to Islam is what allows for ‘terror’ to take place.

But as Lubitz was white and German the consequences are entirely different. This is not a terror attack so his family is not under police surveillance and airports are not in a high state of alert. One easily gets the picture: when the agent of a wicked act is a brown and Muslim-related man, that man is the embodiment of ‘evil’, nothing more than the antithesis of humanity, and the attack is a terror attack; otherwise there has to be a sort of psychological explanation for somebody ‘essentially’ good carrying out an isolated evil act.

The investigation and reports are thus turning now to Lubitz’s state of mind and his apparent history of depression, and some outlets have even speculated that he was going through a romantic split. People in Twitter have pointed –rightfully– that it is not depression what kills and that there is no intrinsic link between suffering from depression and being a potential mass murderer. Although I couldn’t agree more with the points raised in this respect I have to say that being granted the possibility of having a mental health issue, of acknowledging that psychological or emotional issues could eventually affect your social behaviour can also be read as one of the manifestations of white privilege. Thus when a white man –and yes, I think this is also articulated around the gender axe– crosses a gross line, the West  –media, police, government, civil society– is willing to ask the question of ‘how an “essentially” good man can do something so atrocious’ *. Conversely, when the man is non-white, and on top of it, he is a Muslim, that question will be never asked because the answer is taken for granted: he will be the personification of evil.

* I don’t believe in ‘essences’ and actually challenge them, I am just reporting this from within a Western frame of representation. See my last post about Angelina Jolie’s ovaries and the question of ‘feminine essence’.